Testimonios

Propuesta para adultos: comunidades cristianas, organizaciones sociales...


Los testimonios que aquí se recogen no muestran gestos heroicos. Más bien nos han interesado las decisiones que se van alcanzando, los gestos que van haciendo visible otra manera de vivir. Y no hemos querido evitar las dudas, las dificultades y la soledad que pueden llegar a sentirse.

Recogen
diferentes experiencias y perspectivas y su lectura puede serviros para que fomuléis vuestros propios relatos personales. Se trata, sin duda, de una dinámica más exigente que la que proponíamos en el apartado Trabajando con citas. Cada grupo verá cuál le resulta más apropiada.

Compartir nuestras búsquedas y dificultades puede animar al grupo a recabar una mayor información sobre iniciativas de consumo responsable, ahorro ético, comercio justo o cualquiera de las propuestas que construyen caminos de solidaridad y justicia. En el apartado Documentación complementaria del cuaderno podréis encontrar algunas referencias para esta tarea.


Caminando hacia un consumo más libre
Cristina, 30 años


Para mí ha sido fundamental realizar una lectura de lo que está sucediendo en el mundo para entender que es necesario y que está en mi mano dar alguna respuesta a nivel personal. Ver los efectos del neoliberalismo en las vidas de las personas -la explotación de lo/as trabajador/as, la contaminación, las desigualdades económicas y sociales, la actitud de quienes lo promueven y lo defienden- me ha hecho objetar a cosas que siento que alimentan este modelo de desarrollo.

Sin embargo consumir libremente me resulta difícil. Veo un montón de condicionantes y presiones que influyen a la hora de consumir: bombardeos publicitarios, presiones sociales, precios.

He decidido no comprar ropa que proceda de multinacionales con fábricas en países donde explotan a sus trabajador/as, pero encuentro pocas tiendas “alternativas” o me cuesta identificar cuáles son las marcas/tiendas que contribuyen a esta situación.

He optado por no tener móvil por objetar al uso desproporcionado que se hace de él, al gasto energético innecesario que supone, a la inmediatez-prisa-estrés que a veces fomenta, pero el entorno me pide un móvil para poder localizarme, para poder mandarme o recibir recados, para “facilitarme” la vida.

Trato de hacer un apuesta por la comida ecológica (contra el uso de pesticidas y alteraciones genéticas de los alimentos) pero sus precios son muy altos.

Tengo mucho camino por andar. Encuentro desafíos pendientes. Se me ocurren varios. Evitar el uso de productos contaminantes en el hogar y controlar mi uso de la electricidad, del automóvil, del agua, de la TV. Consumir la menor cantidad posible de papel (folios, servilletas, envases de alimentos innecesarios). Mejorar el uso que hago del tiempo. Mantener un nivel de vida sencillo, encontrar un equilibrio entre el gasto necesario y el superfluo. Romper con los estereotipos de belleza, de consumo, de “felicidad” que nos venden por todas partes.

En ello ando. A pesar de las dificultades estoy en el camino. Con ilusión y con ganas en este intento de posicionarme en mi día a día ante una situación de injusticia global. Ganando libertad ante las cosas.


Coche versus tren
Rober, 33 años


Llevo aproximadamente dos años y medio viviendo en Balmaseda. Como mi trabajo está en Bilbao, no tengo más remedio que recorrer diariamente los cerca de 28 kilómetros que separan mi casa de mi centro de trabajo. Al principio, no tenía ninguna duda: ir en coche significaba poder dormir treinta minutos más (creo que casi todos sabemos lo que a las seis o siete de la mañana significa media hora más para dormir) en relación al horario de tren, la otra alternativa posible. Además, utilizar el coche implicaba realizar el trayecto en poco más de veinticinco minutos, la mitad de tiempo que exige el tren para cubrir esa misma distancia. ¡Argumentos incontestables!

Sin embargo, en la actualidad voy al trabajo todos los días en tren. Dos, en esencia, han sido las razones que han provocado mi “caída del caballo”. En primer lugar, viajar en tren te ofrece dos seguridades diferentes: la seguridad de llegar y la seguridad de llegar a tiempo. Quiero decir con esto que el tren registra índices mucho menores de siniestralidad que el automóvil y que, aunque evidentemente el servicio que ofrece resulta mejorable, al menos no está sujeto a los imprevistos -cada vez más previsibles- de la carretera, que te pueden tener en punto muerto el tiempo suficiente para que llegues tarde al lugar al que te dirijas.

Pero, como decía en el párrafo anterior, existe una segunda razón para explicar mi “conversión”: viajar en tren es más barato y, sobre todo y esto es lo más importante, más solidario. Puede que haya llegado el momento de ceder un poco de nuestra propia comodidad y tener más presentes las necesidades del mundo en que vivimos. Al final, lo del tren y el coche que os he contado quizá resulte anecdótico para muchos, pero lo cierto es que también puede representar un pequeñísimo aunque valioso paso para recorrer la distancia que separa “lo que a mí me interesa” de “lo que nos interesa a todos”.


Tentaciones y dificultades ante la sociedad de consumo
Salva, 31 años


Me comentaba un alumno hace poco (soy, por tanto profesor), lo difícil que resultaba hacer oídos sordos a los cantos de sirena de la sociedad de consumo, de tal manera que, decía él, estás abocado a ganar mucho dinero y tener un gran sueldo para poder dar a tu familia las mejores cosas, y tener una vida digna. Era difícil, continuaba, mantener la coherencia en el mundo en el que vivimos.

En efecto, las tentaciones de nuestra sociedad occidental en este aspecto son muchas. Ante ellas, a veces no se tiene la presencia de espíritu necesaria como para mantenerse coherente con tus creencias.

Se pueden poner ejemplos de decisiones que tiene que tomar una pareja que se plantea su vida en común y que ponen en jaque la coherencia en la utilización del dinero y los bienes:

1) Parece necesario en la sociedad actual tener un piso para iniciar una vida independiente de adulto. A veces, a esa necesidad se le añade el tener un tamaño determinado, un barrio determinado, ser más o menos nuevo, etc. Si te dejas llevar, todo se convierte en obligatorio. Para paliar esta necesidad, acabas pagando una hipoteca brutal que, todos los meses, se lleva un porcentaje muy alto de los ingresos económicos.

Nosotros (mi mujer y yo) acabamos pagando por el piso más de lo que en principio estábamos dispuestos a pagar (no mucho más). Por suerte, la hipoteca no nos ahoga demasiado la vida. Nos permite disponer del dinero para otra serie de cuestiones que también consideramos necesarias. Nos mantuvimos, dentro de lo que cabe, coherentes.

2) Otra decisión que hay que tomar es la compra de un coche. Parece que toda pareja necesita un coche de alguna manera, o bien para trabajar, o bien para tener más opciones en los momentos de ocio. El primer caso no es el nuestro, ya que, por suerte, disponemos de maneras cómodas de ir a nuestros trabajos sin depender de un coche. No hay, por tanto, problemas de coherencia. Sin embargo, el uso de un coche en los momentos de ocio si nos plantea más problemas, ya que dispondríamos de más libertad a la hora de plantearnos fines de semana y vacaciones. Entonces surge la disyuntiva: ¿primera necesidad? No. ¿Sería útil para disfrutar más de esos momentos de ocio que escasean? Sí. ¿Qué elegir? No sabría decir cuál es la respuesta coherente en este caso. De momento no tenemos coche porque no disponemos del dinero para ello ni lo vemos una necesidad apremiante. En el futuro, no sabemos.

3) El tiempo libre y la vida cotidiana también provocan nuestras peleas internas en el terreno económico, tema coche aparte. ¿Cuánto dinero gastamos en comer, en nuestros vicios, en libros, música, viajes, espectáculos, en salir a tomar algo? Esta claro que son gastos necesarios, pero, ¿hasta qué punto? ¿Es coherente este gasto extra (aparte del de la comida, claro) cuando existe una gran parte de la humanidad que ni siquiera tiene para comer? Hay que llegar a un equilibrio, pero la pelea siempre está ahí, la pelea por ser coherentes.

Nosotros somos unos privilegiados. Considero que ganamos más de lo necesario para vivir bastante cómodos. A pesar de dar un porcentaje de nuestro sueldo a proyectos de desarrollo y asistenciales para quien lo necesite, siempre tenemos al pequeño demonio interior interpelándonos sobre nuestra coherencia en el uso del dinero y en el consumo, gracias a Dios.


Tardes de soledad y dudas
Alvaro y Nieves, 40 años

Son las cuatro y media y nuestros hijos salen de la escuela. El mayor tiene ocho años y el menor cinco. A base de reducciones de jornada y turnos de la madre y el padre conseguimos estar con ellos. Es la hora de recoger las mochilas y repartir meriendas, mientras ellos juegan con sus amigos y estiran todo lo que pueden la hora de volver a casa.

Sin embargo nos hemos quedado solos. Sus amigos se han dirigido rápidamente a la clase de pintura, de música o inglés, al entrenamiento de fútbol o al cursillo de natación. Y nuestros hijos se han quedado solos en el patio, con cara de desconcierto y el bocadillo en la mano.

El ambiente pesa. Se siente lo que pesa, sobre todo, cuando te quedas solo. Y la soledad de los hijos es una soledad que se vive con más intensidad.¿Habremos hecho bien apuntándoles tan sólo a una actividad? ¿Lo que para nosotros resulta una buena decisión es realmente buena si lleva a nuestros hijos a vivir de manera tan diferente al ambiente que les rodea?

Es relativamente fácil hablar de convicciones. Pensar, por ejemplo, que esta vida frenética que llevan algunas niñas y niños generará personas sobreestimuladas, consumidores voraces de experiencias y actividad. Es fácil decirse que no queremos educar así a nuestros hijos, que deseamos que aprendan a valorar las cosas, a disfrutar con sencillez sin la necesidad de tantos objetos, tantos estímulos y tantos artilugios. Que no queremos educar consumidores insaciables. Es fácil esta parte intelectual de la educación.

Lo realmente difícil es volver a casa con ellos e intentar explicar lo que aún no pueden entender. Y a veces estos momentos de soledad y dudas se han convertido en momentos intensos de oración. Un sentimiento de confianza que sostiene nuestra búsqueda.


Es una iniciativa de la Provincia de Loyola de la Compañía de Jesús en colaboración con CVX Bilbao y la Compañía de María
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