Análisis de actualidad - Mayo 2005
El fracaso, el dolor, la culpa siempre nos saben mal. No conseguimos librarnos fácilmente de ellos; al contrario, cuanto más intensos, regresan una y otra vez a la memoria y hacen supurar nuevamente las heridas. Hay lesiones que parecen no sanar nunca. Basta un leve roce para que una vez más el sufrimiento se haga presente, tan intenso como el primer día. El consuelo de las personas queridas nos ayuda a ver otros aspectos de la realidad que de otro modo permanecen ocultos, pero no cura.
Todos atravesamos episodios de dificultad en nuestras biografías. Son inherentes a la vida. Algunos pasan rápidos, son fugaces; otros se instalan con intensidad en nuestro interior y caminan largo trecho con nosotros; en algunas personas, por desgracia, se acomodan en su corazón para siempre. En ocasiones la causa del dolor es objetiva, pues está motivada por acontecimientos reales que truncan nuestras vidas; otras veces no es así, es pura subjetividad, percepción de una realidad incapaz de cubrir nuestras expectativas.
|
Sin embargo, hay personas que surgen de las cenizas de la prueba alentando a los demás, comunicando esperanza, manteniendo luchas donde otros lo ven todo perdido, sonriendo sin sombra de resentimiento o mostrando aspectos nuevos de la realidad donde dejan entrever una profunda sabiduría. Da gusto conocer a personas así. En su interior ha tenido lugar el milagro de la reconciliación. |
![]() |
1. Aspectos de nuestra realidad personal necesitados de reconciliación
En nuestras sociedades aseguradas, donde todo parece tener arreglo, cada vez se nos hacen más insoportables los límites de la vida, de modo especial la vejez y la enfermedad. No aceptamos enfermar y no ser curados por los médicos. Lo achacamos a su negligencia o ineptitud. Tampoco nos tragamos la muerte cuando llega. Se nos abre un abismo bajo los pies. Hay personas de fe que, llegada la muerte de un ser querido y anciano, entran en una crisis sin consuelo: ¿qué Dios es éste que se lleva a personas así? Estos sentimientos se extienden cada vez más en nuestras latitudes. No así en los países del Sur, donde saben convivir mejor con el dolor que la vida conlleva.
La cantidad brutal de anuncios a la que nos somete el mercado nos introyecta perfiles de éxito, belleza y juventud que tratamos de emular de modo consciente o inconsciente, y genera en nosotros un sutil narcisismo. Nos miramos continuamente para ver si alcanzamos los brillantes modelos que nos prometen. Tarde o temprano la vida nos devuelve nuestra verdadera imagen mucho más arrugada y pobre y experimentamos el desengaño. No somos lo que desearíamos. No alcanzamos las cumbres que nos imaginábamos.
También nos cuesta reconocer nuestro propio mal moral, nuestro pecado. Las “ayudas técnicas” que nos recomiendan los manuales de autoayuda buscan taponar el sentimiento de culpa para que no nos haga daño y nos permita experimentar la paz. Se banaliza el mal, se le pierde respeto. No es el mal lo que habría que atacar, sino la culpa. Y ésta sólo se transforma cuando pedimos perdón y lo recibimos. Cambia en vida agradecida y comprometida.
En este terreno personal tenemos mucho que mirar y reconocer. Se nos pide un ejercicio de lucidez con nosotros mismos. Cuando nos vamos haciendo mayores es muy difícil que nadie nos diga nada. Si somos un poco arrogantes o mantenemos una posición elevada, prácticamente imposible. Por eso es necesario vernos por dentro, sin miedo a caer en la cuenta de lo que somos: criaturas –y por eso limitados, frágiles y pequeños– y pecadores –y por eso necesitados de perdón y misericordia–. Este es un lugar privilegiado de reconciliación con lo que somos.
2. Aspectos de nuestra realidad eclesial necesitados de reconciliación
A pesar del espejismo de las últimas semanas con las masivas procesiones hacia el Vaticano con ocasión de la muerte de Juan Pablo II y del nombramiento del nuevo Papa, la Iglesia en Europa se vacía lenta e inexorablemente. No hay relevo en la misma cantidad ni calidad. Somos portadores de una buena noticia que, o bien porque no se quiere escuchar, o bien porque no la comunicamos adecuadamente, no encuentra acogida. Hay una pérdida importante de seguidore/as y no menos de relevancia histórica. Esta situación produce dolor, involuciones para buscar fórmulas en un pasado que no regresará, crítica del mundo moderno y desaliento.
Nunca ha sido tan evidente y doloroso como hoy el arrinconamiento de la mujer en la Iglesia, de modo especial el cierre a su presencia en la jerarquía y el consejo. Cuando las instancias civiles hacen un esfuerzo por que puedan ir alcanzando puestos de tanta responsabilidad como los de los hombres, la Iglesia permanece inflexible en este punto. Aprecia a la mujer y, al mismo tiempo, le impide llegar a posiciones de decisión donde podrían aportar desde la complementariedad y la diferencia. Es una pérdida , más aún cuando la mujer, especialmente en la vida religiosa, ha tenido ocasión en la Iglesia de desarrollar muchas de sus potencialidades antes que en otros ámbitos sociales.
Hay también en la actualidad poca apertura al diálogo: a la participación de los laico/as, a recibir la aportación de otras Iglesias cristianas, a dialogar teológicamente con otros credos religiosos y dejarse enriquecer por ellos, a debatir posiciones morales controvertidas... En muchos casos es cerrazón. No somos fieles a aquella convicción eclesial cada vez más confirmada de que el Espíritu Santo no está confinado tras las fronteras eclesiales, sino que habita en todo ser humano y en sus expresiones. Damos muchas veces la impresión de que el Espíritu Santo nos produce miedo.
En este terreno eclesial tenemos muchas cosas que cambiar. La reconciliación en ocasiones requiere sobre todo de arrepentimiento y conversión, volvernos al Señor para llorar nuestro pecado y regresar a la vida deseosos de mostrar un nuevo rostro.
3. Aspectos de nuestra realidad social necesitados de reconciliación
Por desgracia, los seres humanos seguimos siendo una fábrica de diferencias. Continuamos dividiendo entre “nosotros” y “ellos” y gestionando esa distancia, siempre que podemos, en nuestro beneficio. Nos sentimos víctimas de los “otros”, los insultamos, menospreciamos y agredimos y si somos más les imponemos nuestra razón con la supuesta legitimidad de la democracia. Nos falta mucho para sentirnos hermanos y reconocer de una vez que los otros seres humanos lo son tanto como nosotros mismos y también merecedores de tanto bien y bondad como nosotros. Igualmente tenemos contraída como sociedades una deuda con quienes han sufrido inocentemente la violencia. En casos de tortura o muerte, ésta sólo puede repararse simbólicamente, pues el mal causado no puede ya pagarse.
En nuestra querida Euskadi esta realidad adquiere proporciones desmedidas. Vivimos agónicamente nuestras pertenencias y sentimos al otro como enemigo que no nos quiere entender, pisotea nuestros derechos y nos agrede. Esta tierra nuestra es un terreno propicio para la evangelización de nuestras identificaciones y nuestra incapacidad de diálogo.
![]() |
Aumentan los inmigrantes en nuestras sociedades europeas envejecidas. Ocupan los puestos de trabajo que necesitamos cubrir y que no deseamos, llenan nuestras escuelas de niños y de riqueza de lenguas y colores, aumentan las arcas de nuestra seguridad social y ni se quejan. A cambio, los recibimos con miedo o desprecio. Queremos mano de obra barata, pero no los queremos a ellos. En el proceso de regularización al que estamos asistiendo muchos empresarios que se han beneficiado de extranjeros sin papeles los despiden ahora para no comprometerse en su contratación y muchas familias no se avienen a regularizar su situación para no enfrentarse a un despido improcedente en caso de no necesitar más sus servicios. ¿Cómo entenderemos el lenguaje de los derechos? |
Tal vez en este terreno social necesitemos todos los recursos de nuestra tradición cristiana para aspirar a un futuro reconciliado: lucidez –examen de conciencia– para reconocer la verdad, sensibilidad con el sufrimiento causado –dolor de los pecados–, arrepentimiento –acto de contrición–, pedir perdón –decir los pecados al confesor– y comprometernos en construcción de otro mundo –cumplir la penitencia–.
No hay duda que este mundo nuestro está muy necesitado de reconciliación, de reconocer la realidad, abrirse y pedir el perdón del corazón herido del Padre y comprometerse con él en la tarea de reconstrucción de este mundo.
4. Aportaciones cristianas a la reconciliación
No somos los cristianos mejores que otras personas a la hora de vivir la reconciliación. Es un regalo de la misericordia divina al que nos cuesta mucho abrirnos. En el Evangelio, junto al resucitado, podemos encontrar algunas aportaciones especialmente valiosas para esta tarea.
Reconstruir la verdad
Los discípulos de Emaús narraban una y otra vez la historia del fracaso de Jesús sin comprenderla. Necesitaron del caminante anónimo para escuchar de su boca la verdad de lo acontecido. Esto supone asumir lo que ha sucedido. No engañarse. Mirar la realidad tal cual es. Caer en la cuenta de que hemos proyectado muchas expectativas sobre la realidad que no pueden cumplirse. Reconocer que el amor de Dios en nuestra historia sigue alcanzando mayores proporciones. Las historias de dolor, sufrimiento y muerte llevan encerradas en su interior el germen de una nueva vida. Están esperando a ser abiertas y sacadas a la luz.
Perdonar
Pedro lloró su pecado de haber abandonado al Señor al sentir sobre él su mirada compasiva. Recordaba que un día le había preguntado cuántas veces había que perdonar y Jesús le había dicho que siempre. Junto al lago de Galilea Jesús le preguntará hasta tres veces si le ama. Y Pedro avergonzado le dirá que sí. Jesús no vino a condenar ni juzgar, sino a perdonar y salvar. Los cristianos estamos llamados a dejarnos inundar por este regalo del perdón de Dios que nos permite vivir reconciliadamente nuestra culpa y comprometidos a perdonar siempre. Con esta confianza el Señor da a la comunidad cristiana el encargo de perdonar los pecados, un ejercicio enormemente liberador.
Construir comunidad humana
El resucitado congregó de nuevo a una comunidad en desbandada ante el escándalo de la cruz. Todo lo que hicieron desde entonces los cristianos lo hicieron como comunidad. Pronto se vería ésta incrementada por muchos gentiles que, sorprendentemente, también eran atraídos por aquella fe. Los cristianos estamos llamados a construir una verdadera comunidad humana sin divisiones ni fronteras, construida sobre encuentros, fidelidades y confianzas mutuas, manejo de los inevitables conflictos humanos y reconocimiento de las innumerables afinidades humanas. Estamos llamados a dialogar y aprender de todos. No somos poseedores de la verdad, sino que sabemos que ésta inunda todo lo real –muy especialmente a los seres humanos, sus culturas y credos– y nos espera allí para salirnos al encuentro.
Implicarse con la realidad rota
El resucitado siempre da una misión, una tarea en la que comprometerse. Las mujeres regresan para anunciar a los hermanos la noticia del resucitado. Son enviados a perdonar los pecados. Los de Emaús son invitados a seguir partiendo el pan. Habrán de bautizar por todo el mundo en su nombre. Es compromiso con una realidad rota que Dios desea reconstruir. No hay verdadera reconciliación si no existe la implicación correspondiente.
Tal vez sean estas algunas de las actitudes que más nos pueden ayudar a convivir con tantas tramas rotas de nuestro mundo, llamadas a ser reconstruidas y convertirse en lugares de gracia.
|
Centro Social Ignacio Ellacuría |
Textos de interés
|
Robert J. Schreiter Ed. Sal Terrae, Santander, 2000 |
|
|
Xabier Etxeberria Rev. Frontera n.33, |
|


