|
¿Cómo gestionar la diversidad cultural que configura nuestras sociedades? ¿Cómo vertebrar la convivencia sin acabar fragmentando la ciudad común en barrios de la diferencia? ¿Cómo construir, en definitiva, desde nuestras peculiaridades culturales una ciudadanía compartida? Estas preguntas son persistentes en el debate sobre los modelos de gestión de la diversidad cultural. Y se formulan especialmente en países constituidos desde hace ya tiempo como sociedades de inmigración o que han hecho del pluralismo cultural una de sus señas de identidad.
Los disturbios en las ciudades francesas han traído estas preguntas al primer plano de la actualidad. El problema va más allá del reconocimiento cultural de los hijos e hijas de quienes emigraron a Francia. |

|
Se trata de la privación de oportunidades para toda una juventud que soporta altos índices de fracaso escolar, de paro y precariedad laboral, y deambula por barrios degradados acumulando desorientación y rabia. Cualquier chispa de humillación podía provocar esta reacción desesperada. Venía tiempo diciéndose.
Pero también es verdad que el origen cultural supone una condena añadida. Hemos sabido en estos días de jóvenes que cambiaban su nombre de Mohamed por el de Jean Paul, y dejaban como referencia para demandas de empleo un apartado de correos, y no la dirección de sus barrios malditos. El proceso de marginalización afecta fundamentalmente a estas hijas e hijos de quienes llegaron a Francia a trabajar. La marginalidad toma formas étnicas. Las palabras del presidente -“Vosotros sois también hijos de la República”- ponían en evidencia la percepción que han interiorizado ante una sociedad que les niega cualquier oportunidad.
Una parte de la opinión pública muestra ante estos fenómenos un comportamiento esquizofrénico. Por un lado, compasión ante una vida dura cuajada de fracaso, ante el adolescente desamparado; pero, por otro lado, cuando se interpretan espontáneamente los procesos, asoman las peores simplificaciones de una extrema derecha siempre latente: sobran, complican, estorban... Así están las cosas.
La gestión de la diversidad y sus retos
Ante los climas de opinión que pueden derivar en actitudes de rechazo, parece importante educarnos –y educar– con una cierta perspectiva. En este sentido, proponemos una reflexión sobre los modelos políticos que se han propuesto para gestionar la diversidad en nuestras sociedades. De su análisis podremos extraer los retos principales que hoy en día se plantean. Aunque existen modalidades intermedias, estructuramos la reflexión en torno a los dos modelos más representativos: el asimilacionismo y el denominado multiculturalismo.
a) Asimilacionismo
Francia representa por excelencia el modelo asimilacionista. Desde los primeros movimientos migratorios del XIX, el modelo de integración proponía adoptar la lengua y la cultura francesa e incorporarse mediante la escuela y el trabajo al proyecto nacional. Los valores de la República constituyen los elementos que definen el espacio público. Cualquier peculiaridad cultural o religiosa queda relegada al ámbito privado, y en él ha de tener su espacio de expresión.
En esta tradición es lógico que no haya habido sensibilidad hacia las culturas y tradiciones de origen que traía la población inmigrante. Más bien han sido percibidas como una rémora para la plena integración. El abandono de las identidades culturales se presentaba como la mejor vía para la incorporación a la sociedad y, si no se alcanzaba para los recién llegados, podía al menos ser efectiva en la segunda generación.
Los recientes acontecimientos dejan en evidencia esta política de integración. En los últimos tiempos hemos visto defender el laicismo francés ante la presencia de símbolos religiosos en la escuela pública, pero no puede decirse que el mismo impulso político se haya aplicado a garantizar una sociedad abierta de oportunidades.
La concentración de población de origen inmigrante en los suburbios, conviviendo en escuelas separadas, con altos índices de fracaso escolar y escaso acceso al empleo, ha generado lo que el modelo asimilacionista decía querer evitar: la creación de guetos. Guetos de los que es difícil salir porque la marca cultural supone una penalización añadida a las dificultades iniciales.
El filósofo Mardones indica que podemos estar llegando al límite de lo sostenible: “Un sistema social que se permite tener un 15% de excluidos sociales, la mayoría jóvenes, unos porcentajes muy elevados de precarización en el empleo y un vacío de orientación y tensión ideológica, moral y religiosa es una sociedad entregada a la barbarie. La inhumanidad está a la puerta, si no ha entrado ya dentro de la casa y se ha asentado dentro de ella”
[1].
El panorama francés revela la urgencia por impulsar políticas sociales de integración que ofrezcan oportunidades y una plena participación en la vida pública. El componente étnico añadido a la marginalidad obliga también a repensar la valoración y el papel jugado por las culturas de origen en la sociedad francesa; obliga a reconsiderar un laicismo que ha resultado excluyente.
b) Multiculturalismo
Canadá es considerado uno de los paradigmas del modelo multiculturalista. El contexto de su configuración histórica explica algunas cosas. Cuando la comunidad francófona de Quebec demandó una nueva definición de la identidad canadiense, los grupos etnoculturales surgidos de la inmigración intervinieron para ir más allá de un estado binacional. Así, en 1971, se definió Canadá como una sociedad bilingüe y multicultural y enarboló la diversidad como una de sus señas de identidad. La declaración que hace del multiculturalismo la política oficial establecía los siguientes objetivos: “favorecer la preservación de las culturas minoritarias, facilitar la participación plena de todas las personas en la sociedad canadiense, favorecer el intercambio cultural y asegurar el aprendizaje de al menos una de las dos lenguas oficiales”.
De este modo, el multiculturalismo intenta hacer compatible el espacio público de convivencia con las particularidades culturales que configuran el país. Se fomenta el asociacionismo de los grupos etnoculturales, su presencia en la vida pública y su participación en la sociedad de recepción. Por otra parte, se pone énfasis en los símbolos y valores comunes que posibilitan también una pertenencia compartida. En Canadá, el compromiso con los derechos y responsabilidades que conlleva la ciudadanía toma la forma de un “contrato moral” que realizan las personas que se incorporan a la sociedad.
Pero también los países que han aplicado políticas multiculturalistas reconocen el peligro de la sociedad de guetos. El proceso de la diversidad empuja hacia un modelo de vidas paralelas, en distintas zonas residenciales, con escuelas separadas y el riesgo de creación de servicios diferenciados. Así lo indicaban representantes de observatorios e institutos de países como Canadá y Holanda en las jornadas que la Dirección de Inmigración del Gobierno Vasco organizó hace unos meses. Desde la sensibilidad multiculturalista se formula la urgencia de construir identidades más compartidas –en torno a ciertos valores, lengua común- e impulsar decididamente políticas sociales de integración. Tal parece el principal objetivo.
¿Qué queda entonces del reconocimiento e intercambio cultural que propugnó el multiculturalismo? Si lo planteamos en términos de derechos colectivos, como el derecho a la preservación de la lengua y cultura de origen, la cuestión puede resultar lejana a las necesidades inmediatas. Pero no es tan lejana. El reconocimiento cultural tiene rostro humano. Es ante todo reconocimiento de la persona concreta. Nuestro desarrollo, la creación de nuestra identidad y buena parte de nuestras elecciones vitales se dan en el marco de una tradición que nos explica. No puede hablarse de integración sin este reconocimiento, porque es difícil que una persona se sienta integrada si no es valorada, si se considera que apenas tiene nada que aportar. Una muestra de ello puede ser la necesidad frecuentemente expresada por las asociaciones de inmigrantes de ofrecer su tradición y su cultura a la sociedad receptora. Nos están pidiendo reconocimiento.
Por tanto, si el reto principal es la integración mediante políticas sociales, también lo es la construcción de los elementos que nos unen desde el diálogo y el reconocimiento de todas las tradiciones. El término “interculturalismo” expresa de una manera directa la necesidad de estos procesos de participación, intercambio y enriquecimiento.
Escenarios para la integración y el reconocimiento
Encontramos en la historia de nuestra fe experiencias de búsqueda y encuentro que aportan esperanza en un contexto marcado por la desorientación y la resistencia.
La historia del pueblo de Israel es una historia de movilidad humana, de desarraigos y nuevos encuentros. La historia de un pueblo que tiene como sacramento la Pascua, “el paso” que hace de los creyentes un pueblo de peregrinos, de extranjeros que encuentran en esa experiencia su propia identidad.
También la comunidad cristiana, desde sus comienzos, vivió la experiencia de las identidades plurales. En los Hechos de los Apóstoles, a los primeros cristianos se les denomina “los del camino” (Hech. 9,2; 18,25-26; 19,9). De hecho esta movilidad fue un factor decisivo en la apertura de la Iglesia primitiva al mundo en ebullición de aquella época. Podemos afirmar que las comunidades que no fueron capaces de asumir esa tensión de desarraigo, diálogo, apertura y nuevos encuentros se deslizaron hacia la constitución de sectas cerradas en sí mismas, sin capacidad de interacción con otros grupos religiosos y sociales.
La raíz de nuestra espiritualidad nos impulsa a ensayar este camino de apertura y reconocimiento. Sugerimos algunos escenarios:
a) La escuela
La escuela es un espacio privilegiado para la afirmación de valores compartidos y el reconocimiento de la diversidad que nos constituye. No puede negarse, sin embargo, que el crecimiento relativamente reciente de la población inmigrante y su distribución irregular, orientada en su mayoría hacia la red pública, han generado dificultades de adaptación y de recursos disponibles. Pero no sería responsable quedarse tan sólo con la percepción de la dificultad.
Una educación universal de calidad resulta imprescindible para garantizar la igualdad de oportunidades y la cohesión social. Ofrece un tiempo y un espacio de socialización en el que se encuentran niños y niñas de diferentes orígenes e identidades. Presenta además oportunidades de tiempo libre, actividades deportivas y paraescolares en torno a las cuales participan también las madres y padres... Sin duda, un lugar para el encuentro y el reconocimiento en el que pueden dejar de actuar nuestras relaciones selectivas.
Sin embargo, si la segregación por barrios es la forma en que estamos configurando la “integración” de la diversidad, la escuela pierde buena parte de su capacidad de encuentro. La población inmigrante se concentra en determinados barrios y, por la estructura zonificada de la oferta educativa, acaba concentrándose también en determinadas escuelas. La red de relaciones y los espacios de ocio acaban siendo también diferenciados. Al final, desaparecen las posibilidades para el encuentro y la convivencia.
Resulta urgente repensar los criterios de zonificación escolar y distribuir adecuadamente las necesidades educativas y los tipos de población. Y en este terreno la Iglesia recibe una clara interpelación. Los centros concertados, mayoritariamente ligados en nuestro país a instituciones religiosas, reciben llamativamente un porcentaje menor de población inmigrante que el sistema público. Pueden buscarse causas: los barrios en los que están asentados, su imagen social... Pero sería triste que ampliaran su capacidad de acogida por la imposición de la ley o el condicionamiento de las subvenciones, y no lo hicieran respondiendo al impulso profundo de su identidad cristiana.
b) Las asociaciones de inmigrantes y el espacio público
El movimiento asociativo de las personas inmigrantes está realizando una labor de acogida a quienes llegan de los mismos países, junto con un loable trabajo de defensa de sus derechos y generación de reivindicaciones. A veces muestran una mayor capacidad de participación e iniciativa que la que nosotros exhibimos. Parecidos signos de pujanza y vida se dan en algunas celebraciones religiosas de las comunidades extranjeras...
Se abre aquí un interesante espacio de colaboración con la sociedad civil y la administración pública. Las asociaciones de inmigrantes pueden convertirse en un sujeto significativo que participe activamente en la vida social y política. En el momento actual, muchas de ellas pueden encontrarse fragmentadas y las necesidades urgentes de información y asesoría de recursos marcan su funcionamiento y prioridades. De aquí que colaborar en su fortalecimiento y capacidad de coordinación se convierta en una tarea de reconocimiento en la que pueden participar muchas personas y organizaciones sensibilizadas.
Quedan muchos escenarios: la creatividad que podemos desplegar las comunidades cristianas para articular encuentros y celebraciones con quienes vienen de lejos o profesan otras confesiones; la orientación de la enseñanza de la religión que podría también incorporar la búsqueda de los elementos compartidos con otras tradiciones, en lugar de marcar tanto los límites confesionales... Tantos escenarios como posibilidades de encuentro intercultural y de futuro.
[1] José María Mardones,
Los jóvenes y la desesperanza,
El Correo, 9-11-05
 |
Centro Social Ignacio Ellacuría |
Novimebre de 2005
|
Francisco Torres
De la asimilación al pluralismo. Inmigración y gestión de la diversidad cultural en las sociedades contemporáneas
Arxius de Ciènces Socials, nº 11/ 2005
|
|
El artículo analiza de manera amplia los modelos de gestión de la diversidad. Resulta interesante por el marco histórico en el que se van situando las diferentes propuestas y por la síntesis que ofrece en torno al debate sobre el multiculturalismo. El autor defiende este modelo por ser el que mejor ha combinado la promoción social y el reconocimiento cultural. También porque nuestra sociedades complejas demandan personas con identidades múltiples, capaces de promover solidaridad y creatividad.
|
|
CEAR y Cáritas
Consenso social sobre migración Educación y cultura
|
|
Con esta iniciativa, CEAR y Cáritas convocan a la sociedad civil a un proceso de diálogo y construcción de una estrategia sobre migraciones. El documento recoge de manera pedagógica un análisis de la realidad y formula algunas propuestas para propiciar el debate. Seleccionamos alguno de sus apartados por la relación que guardan con puntos abordados en el artículo. En esta sección dedicada a la educación se plantean cuestiones como: ¿Se ha adaptado el modelo educativo a la nueva realidad? ¿Se distribuye el alumnado inmigrante de manera homogénea en los centros? ¿Están bien repartidos y utilizados los recursos?...
|
|
CEAR y Cáritas
Consenso social sobre migración Interculturalidad y religión
|
|
¿Es la diversidad cultural algo excepcional que han traído los inmigrantes? ¿Qué importancia damos a la religión? ¿Qué responsabilidades deben asumir los diferentes credos? ¿Qué gestión política demanda la construcción de una sociedad intercultural?
|