Me estaba diciendo que mi gripe no era contaminación del medio ambiente, ni de la vida insalubre, sino que, principalmente, yo era mi propio verdugo. El consideraba que la gripe, en este caso, era sólo un síntoma externo, una manifestación física de conflictos interiores. Que la solución no era suprimir el síntoma con una pastilla, sino ir a la causa. Que las enfermedades vienen más de dentro a fuera que de fuera a dentro.
Cuentan de S. Francisco Javier, que estando en Japón, y siguiendo la teología de entonces (fuera de la Iglesia no hay salvación), predicaba la necesidad del bautismo para entrar en la Vida Eterna. Aquellos japoneses le preguntaron: ¿Y nuestros antepasados, que no conocieron el bautismo, esos no podrán ir al Cielo y habrán ido al infierno? Pues así es, respondió Javier. Las crónicas dicen que uno tras otro le abandonaron diciendo que ellos preferían estar con los antepasados.
Recién ordenado de sacerdote, me pidieron una charla sobre Jesucristo. Fui a la biblioteca del teologado, para consultar las últimas publicaciones sobre cristología. Me topé con otro jesuita, ya entrado en años. Al compartir mi problema, me respondió: “Un occidental, cuando quiere hablar en el área fe-religión va a asesorarse a la biblioteca. Un oriental, en cambio, trata de hacer el silencio de la mente y de los afectos y, conseguido esto, escucha lo que no oye y percibe lo que no se ve. Conecta con ese “cacho de Dios” que todos tenemos dentro y por el que estamos conectados con El y con todo el cosmos. El resultado es que uno comunica vida, el otro ciencia”.
En los tres ejemplos encontramos algo distinto de un comportamiento típicamente occidental. Estamos acostumbrados a conocer, utilizando los sentidos y la mente. Y lo hacemos siguiendo a nuestros filósofos griegos, basados en análisis, divisiones y comparaciones.
Pero, sólo con la mente y los sentidos no podemos ir muy lejos. La mente es comparada a un pasajero en un barco; sólo ve el horizonte. Pero, lo que hay más allá es mucho mayor y grandioso que lo anterior. La magnitud de lo que hay más allá de esa capacidad de conocimiento es inimaginable. Hay una metaexperiencia, que abarca mucho más de lo que es posible comprender con la mente y los sentidos.
La “iluminación” que llaman los orientales o la experiencia de Dios en nuestro lenguaje, nos enseña que nuestro modo ordinario de identificarnos a nosotros mismos es un error porque no nos tomamos por lo que somos. Nos vemos como individuos separados, dentro de un mundo construido por una multitud de seres.
Sin la experiencia de Dios se mantiene la impresión de que la única consciencia que podemos tener de nosotros mismos es la de la irrevocable separación entre nuestro yo y el de los demás.
Este tipo de autoidentificación va acompañado de una fortísima tendencia a la autoconservación, la autodefensa y el autodesarrollo. Nuestro mundo interior de miedos e inquietudes… brota de esta consciencia del yo como individuo separado y amenazado.
El mismo proceso tiene lugar a nivel social. Los nacionalismos agresivos, las tensiones y confrontaciones brotan del mismo tipo de consciencia que divide a los individuos. Es la consecuencia de la separatividad. De aquí el origen de las injusticias.
La liberación tiene como meta la justicia. El fin de la experiencia de Dios –iluminación- es la unidad. La liberación consiste en “cargar con la realidad”, “encargarse de la realidad” y “hacerse cargo de la realidad”. La experiencia de Dios incluye todo esto, pero ha de ir encaminado al descubrimiento de la verdadera naturaleza de las cosas.
El ser humano es capaz de transcender su consciencia personal, hacer la vivencia de una unidad cósmica que en terminología religiosa se llama Dios. Existe esta Vida que lo penetra todo y que denominamos Dios, lo Absoluto, Vacío, la Ultima realidad… Este verdadero Ser es la profundidad de nuestra existencia. Es el Ser, a partir del cual vivimos, nos movemos y somos. Mejor dicho, es el Ser que vive en y a través de nosotros. Somos su forma de manifestarse.
De aquí procede la razón última del trabajo por la justicia: En la experiencia de nuestra naturaleza divina así como la de todos los seres. La ola no está fuera del océano, la ola es el océano, pero a la vez no lo es. Para expresar este hecho, la mística oriental utiliza la palabra No-dos. No somos uno con Dios, con la naturaleza, con los demás… pero tampoco somos dos.
Si tenemos esta experiencia de iluminación, trabajaremos eficazmente por la justicia cuando tengamos la experiencia de que somos con todos y con todo un No-dos y seamos capaces de comunicarlo a los demás.
Todo esto nos lo dijeron nuestros místicos de todos los tiempos. Desgraciadamente, sus experiencias han sido siempre vistas con recelo y silenciadas por la jerarquía católica.
Esta ha sido la principal y fundamental buena noticia que aprendí en el Oriente y la que más está influyendo en mi vida.