Quinto centenario de San Francisco Javier: un nuevo estilo de evangelización

Análisis de actualidad - Enero 2006 (III)

Durante el año 2006 se celebra el quinto centenario del nacimiento de San Francisco Javier. Puesto que Francisco de Javier es el Patrón de las misiones católicas, este aniversario es una buena oportunidad para reflexionar sobre la situación de las mismas.

No son pocos los cristianos que piensan que en la Iglesia se ha debilitado el tradicional empuje misionero. Según esa manera de ver las cosas, la Iglesia, tras el Concilio Vaticano II, al valorar positivamente el resto de religiones y su contribución a la salvación de la humanidad, habría relativizado su propio mensaje perdiendo así su capacidad de convicción e incluso el entusiasmo misionero que llevó en siglos anteriores a la extensión de la Iglesia a todos los continentes.

No parece que este punto de vista haga justicia a la entrega de tantas y tantas personas que siguiendo a Jesús entregan su vida al servicio de los demás en todos los rincones del planeta.

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro y renovar la misma humanidad. El centro de esta misión no es la Iglesia, como estructura histórica, sino el Reino de Dios. La Iglesia es necesaria, pero como servidora del Reino, para el cambio del mundo. De ahí la necesidad del diálogo interreligioso como camino de todos hacia el Reino, es decir como desafío a la conversión más profunda al Dios único, a la que el Espíritu llama a todos los pueblos.

Por eso, la misión es evangelización mutua. No se trata del proselitismo típico de los grupos que quieren acumular poder. En ese sentido no buscamos que se conviertan “ellos” a “nosotros”, sino que “todos” nos convirtamos al Misterio que a todos nos desborda. Por lo tanto, el agente principal de esta misión es el propio Espíritu de Dios que anima el corazón de todas las personas y nos invita a estar abiertas a la escucha de la verdad que se susurra a través de la cultura y la lengua de cada una.

En este contexto recogemos el testimonio de dos jesuitas que han experimentado la presencia de Dios en otras culturas y tradiciones y que, a través del contacto con ellas, han tenido que releer su propia experiencia de Dios y de la misión de la Iglesia.

El primero de los testimonios pertenece a
José María Ellacuría Beascoechea. José María ha vivido durante más de 40 años en Extremo Oriente, especialmente en Taiwan. Allí tuvo el arte de conciliar el trabajo social, sobre todo a través de su apoyo a los sindicatos, con el arte del acompañamiento espiritual.

El segundo de los documentos ha sido escrito por
Carlos Diharce Aguirre. Carlos lleva más de treinta años viviendo con el pueblo aguaruna-huambisa (awuajum-wampis) en la selva del Alto Marañón (Perú). Al igual que José María, Carlos ha conseguido aunar en su misión el trabajo social a través de SAIPE (Servicio Agropecuario para la Investigación y Promoción Económica) con una rica experiencia en el descubrimiento de la espiritualidad indígena y el acompañamiento de jóvenes nativos.





¿Qué “buena noticia” he recibido de la cultura oriental? 

José María Ellacuría, sj


¿Qué “buena noticia” de Dios he recibido de la cultura oriental? Pues, muchísimas: pero voy a señalar sólo una, que me parece fundamental y un poco distinta de la cultura occidental nuestra.

Otoño de 1956, tres jóvenes jesuitas llegamos a Taiwán. Calor tropical, humedad infinita, mosquitos como “elefantes” hambrientos de piel blanca… y sin un ventilador para poder dormir por la noche. Al cabo de unos meses cogí un catarro serio, con fiebre alta. Creía que era el tributo que todos teníamos que pagar al clima.

Fui donde mi superior, un jesuita chino, a pedirle alguna medicina. Él me preguntó: ¿Cuáles el problema interior que te preocupa? ¿Cuándo ha sido la última vez que has cogido un descanso?. Entonces no entendí lo que me decía y no era cuestión de lengua.







Me estaba diciendo que mi gripe no era contaminación del medio ambiente, ni de la vida insalubre, sino que, principalmente, yo era mi propio verdugo. El consideraba que la gripe, en este caso, era sólo un síntoma externo, una manifestación física de conflictos interiores. Que la solución no era suprimir el síntoma con una pastilla, sino ir a la causa. Que las enfermedades vienen más de dentro a fuera que de fuera a dentro.

Cuentan de S. Francisco Javier, que estando en Japón, y siguiendo la teología de entonces (fuera de la Iglesia no hay salvación), predicaba la necesidad del bautismo para entrar en la Vida Eterna. Aquellos japoneses le preguntaron: ¿Y nuestros antepasados, que no conocieron el bautismo, esos no podrán ir al Cielo y habrán ido al infierno? Pues así es, respondió Javier. Las crónicas dicen que uno tras otro le abandonaron diciendo que ellos preferían estar con los antepasados.

Recién ordenado de sacerdote, me pidieron una charla sobre Jesucristo. Fui a la biblioteca del teologado, para consultar las últimas publicaciones sobre cristología. Me topé con otro jesuita, ya entrado en años. Al compartir mi problema, me respondió: “Un occidental, cuando quiere hablar en el área fe-religión va a asesorarse a la biblioteca. Un oriental, en cambio, trata de hacer el silencio de la mente y de los afectos y, conseguido esto, escucha lo que no oye y percibe lo que no se ve. Conecta con ese “cacho de Dios” que todos tenemos dentro y por el que estamos conectados con El y con todo el cosmos. El resultado es que uno comunica vida, el otro ciencia”.

En los tres ejemplos encontramos algo distinto de un comportamiento típicamente occidental. Estamos acostumbrados a conocer, utilizando los sentidos y la mente. Y lo hacemos siguiendo a nuestros filósofos griegos, basados en análisis, divisiones y comparaciones.

Pero, sólo con la mente y los sentidos no podemos ir muy lejos. La mente es comparada a un pasajero en un barco; sólo ve el horizonte. Pero, lo que hay más allá es mucho mayor y grandioso que lo anterior. La magnitud de lo que hay más allá de esa capacidad de conocimiento es inimaginable. Hay una metaexperiencia, que abarca mucho más de lo que es posible comprender con la mente y los sentidos.

La “iluminación” que llaman los orientales o la experiencia de Dios en nuestro lenguaje, nos enseña que nuestro modo ordinario de identificarnos a nosotros mismos es un error porque no nos tomamos por lo que somos. Nos vemos como individuos separados, dentro de un mundo construido por una multitud de seres.

Sin la experiencia de Dios se mantiene la impresión de que la única consciencia que podemos tener de nosotros mismos es la de la irrevocable separación entre nuestro yo y el de los demás.

Este tipo de autoidentificación va acompañado de una fortísima tendencia a la autoconservación, la autodefensa y el autodesarrollo. Nuestro mundo interior de miedos e inquietudes… brota de esta consciencia del yo como individuo separado y amenazado.

El mismo proceso tiene lugar a nivel social. Los nacionalismos agresivos, las tensiones y confrontaciones brotan del mismo tipo de consciencia que divide a los individuos. Es la consecuencia de la separatividad. De aquí el origen de las injusticias.

La liberación tiene como meta la justicia. El fin de la experiencia de Dios –iluminación- es la unidad. La liberación consiste en “cargar con la realidad”, “encargarse de la realidad” y “hacerse cargo de la realidad”. La experiencia de Dios incluye todo esto, pero ha de ir encaminado al descubrimiento de la verdadera naturaleza de las cosas.

El ser humano es capaz de transcender su consciencia personal, hacer la vivencia de una unidad cósmica que en terminología religiosa se llama Dios. Existe esta Vida que lo penetra todo y que denominamos Dios, lo Absoluto, Vacío, la Ultima realidad… Este verdadero Ser es la profundidad de nuestra existencia. Es el Ser, a partir del cual vivimos, nos movemos y somos. Mejor dicho, es el Ser que vive en y a través de nosotros. Somos su forma de manifestarse.

De aquí procede la razón última del trabajo por la justicia: En la experiencia de nuestra naturaleza divina así como la de todos los seres. La ola no está fuera del océano, la ola es el océano, pero a la vez no lo es. Para expresar este hecho, la mística oriental utiliza la palabra No-dos. No somos uno con Dios, con la naturaleza, con los demás… pero tampoco somos dos.

Si tenemos esta experiencia de iluminación, trabajaremos eficazmente por la justicia cuando tengamos la experiencia de que somos con todos y con todo un No-dos y seamos capaces de comunicarlo a los demás.

Todo esto nos lo dijeron nuestros místicos de todos los tiempos. Desgraciadamente, sus experiencias han sido siempre vistas con recelo y silenciadas por la jerarquía católica.

Esta ha sido la principal y fundamental buena noticia que aprendí en el Oriente y la que más está influyendo en mi vida. 





Mis reflexiones sobre la Buena Noticia entre los Awajun y Wampis: luces y sombras 

Carlos Diharce, sj

Me fijaré en las luces que nos alumbran. Y lo primero que debo reconocer es que la mayoría de esas luces ya estaban desde mucho antes que llegáramos nosotros.

¿Cómo impregnaron esta cultura? ¿Las podemos considerar como Buena Noticia, ya de por sí suficiente? Si es así, ¿qué sentido tiene evangelizar? Y si son solo parte, ¿qué falta para llegar a la integralidad de la Buena Noticia de Jesús Cristo?

Recuerdo a X, un joven aguaruna lleno de vitalidad, buen estudiante, buen deportista, generoso, muy enamoradizo, ya iniciado en la doctrina y sacramentos cristianos, asiduo a nuestras celebraciones y buen colaborador en nuestra pastoral social… Y, naturalmente, como todo el mundo, tenía sus tropiezos morales e incluso físicos, a veces alguna desgracia familiar grave… Esto lo sacudía por entero. Y se derrumbaba… 








Entonces, humildemente, X desaparecía una temporada. Semanas, meses. ¿Dónde? Se iba donde sus viejos familiares, se internaba en el bosque…

Al parecer, ni nuestros consejos, ni oraciones, ni Biblia ni sacramentos le ayudaban mucho.
Pero X volvía y volvía renovado física y moralmente. Reía, bromeaba, jugaba, participaba en todo. Para nosotros, el mismo amigo y colaborador generoso y eficaz.

Pero yo me preguntaba: ¿qué hizo X para reencontrarse consigo mismo y con los demás? ¿por qué tuvo que distanciarse para resurgir? ¿qué pasa con nuestra evangelización? ¿no es vehículo de salvación?

Bueno, ciertamente no tuvimos que llegar los misioneros para que ellos supieran encontrarse, a través del ayuno, rituales y plantas maestras, con toda una pléyade de espíritus protectores; sin nosotros, ya supieron practicar la limpieza del cuerpo y alma que acompaña toda reconciliación salvadora, y, sin nosotros, conocieron la alegría de vivir a tope, y eso tan terrible de dar y quitar la vida cuando lo piden las visiones…

Impresiona la vitalidad que minimiza necesidades y carencias. Porque no es fácil seguir en la trocha si nos abandonan nuestros mochilones atiborrados de sucedáneos. Sin embargo, ellos permanecen activos y desafiantes…

Me impresiona también la centralidad de sus cuerpos: alimentos y sexo son dos querencias perseguidas y disfrutadas con exquisita liberalidad. Y claro que hay ética y más que eso: un misticismo arcano que preña todo su vibrante materialismo.

¿Trascendencia? ¿Pura inmanencia? ¡Qué más da, si los frutos son del Reino!

Quizás deberíamos escudriñar más las Escrituras no desde nuestras bancadas, sino desde estos milenarios bosques pletóricos de agua y vida.

Hay fogones bíblicos que anuncian quizás fuertes tormentas teológicas en la Iglesia, pero que puede que nos ayuden también a comprendernos mejor como hijos de un mismo Padre y, por ende, a comprender mejor la espiritualidad indígena.  

Desde los comienzos de la humanidad hasta su juicio final:

“Y creó Dios al hombre a su imagen: macho y hembra los creó” (Gén.1, 27)
“Al principio Dios hizo al hombre y lo dejó en manos de su propia conciencia” (Sir.15, 14)
“Verbo-Vida-Luz que brilla en las tinieblas y que ilumina a todo hombre”
“Vengan benditos de mi Padre porque…” (Mt.25, 31-46) (Jn.1, 1-13)
¡Ciertamente, lo anónimo y lo distinto no quita la BUENA NOTICIA impresa en los corazones de nuestros hermanos aguarunas y huambisas!