Análisis de actualidad - Febrero 2006 (I)
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¿Por qué algunas personas que han mostrado en algunos momentos de su vida gran entrega a la causa de la justicia, abandonan todo compromiso con aparente facilidad, aduciendo la fácil excusa de que “nada se puede hacer”? Las causas pueden ser múltiples, pero aquí quiero resaltar dos de ellas: en unos casos, porque no tenían una sólida vida interior dispuesta a afrontar determinadas dificultades y a encontrar referentes de sentido incluso en los fracasos; en otros, porque la aparente entrega a los demás escondía más o menos inconscientemente una actitud egocéntrica. Pues bien, esto nos muestra que un compromiso sin una vida de interioridad que lo sostenga y estimule, será siempre un compromiso frágil y en algunas circunstancias incluso un compromiso tramposo. |
¿Por qué, a su vez, hay personas que dedicándose con intensidad a la meditación y contemplación muestran una clara despreocupación por los problemas de la sociedad, por las injusticias existentes, hasta el punto de ignorarlas? También aquí las causas pueden ser variadas, pero hay una que debe ser tenida particularmente en cuenta: si no integramos en nuestra meditación la totalidad de lo que somos en nosotros mismos y en nuestras relaciones con los demás (es lo que les sucede a esas personas), tal meditación o contemplación resultará parcial respecto a lo que tiene que ser, distorsionada, y en algunos casos, alienante.
Efectivamente, si uno busca en la meditación únicamente su “paz interior”, a menos que haya un cambio radical de actitud en algún momento de su camino, la propia práctica de la meditación se convertirá en él en una forma de actividad egocéntrica, y por tanto en algo divisivo, contrario a lo unitivo que pretende buscar.
Estas dos líneas argumentales nos llevan a la conclusión de que tanto la meditación o contemplación integral como el compromiso auténtico y eficaz se precisan mutuamente para plenificarse, autentificarse y estimularse. Podríamos afirmar mejor que meditación y compromiso auténticos se imbrican mutuamente. Es lo que pretendo mostrar en lo que sigue, a partir de diversas consideraciones.
En principio, puede decirse que la espiritualidad de la meditación no es sino una vida en armonía con el espíritu, en la que uno se abandona por entero a su presencia dinámica. Ahora bien, entregarse a esta presencia significa también dejarse guiar a través de la lectura de los signos de los tiempos, que desemboca en la correspondiente respuesta. Entre esos signos hay que privilegiar ciertamente todos aquellos impulsos hacia la liberación que percibimos a partir de situaciones de injusticia y opresión. Es decir, una meditación abierta al espíritu y al misterio integra estas llamadas a la justicia.
También hay que asignar a la práctica de la meditación, de manera muy relevante, la actitud de desprendimiento, de desapego, de sobriedad, que nos permite estar en disposición receptiva y “dejar hueco” en nosotros a lo divino. Pues bien, ese desasimiento no tiene sólo eficacia de cara a la vida interior. La tiene también en vistas a la solidaridad con los necesitados y excluidos. En efecto, con la crisis ecológica hoy somos muy conscientes: en primer lugar, de que tenemos recursos limitados para satisfacer nuestras necesidades; en segundo lugar, de que esos recursos están siendo monopolizados y dilapidados por una minoría de la población –los que estamos bien situados económicamente- que busca con ello satisfacer sus deseos ilimitados (que nunca se sacian).
Es aquí donde la dinámica presente en la meditación puede ayudar: al hacernos personas sobrias, austeras, desprendidas, nos empuja a utilizar únicamente los recursos básicos, de modo tal que quede para los demás; con lo que se muestra condición necesaria para la realización de la justicia, para que haya para todos, para que todos puedan satisfacer sus necesidades. Y además, nos muestra que en ello no hay que ver un sacrificio molesto, sino algo que acogido con el sentido que tiene, es también vía para nuestra plenitud y felicidad.
Pertenece igualmente al camino de meditación la disposición a la no superficialidad, a ir al fondo de la realidad, a construir con bases sólidas todos los procesos de vida interior. Quien está abierto a la meditación integral, proyecta esa misma actitud a su relación con los demás y con la Naturaleza. Lo que significa que no sólo es espontáneamente sensible a las circunstancias de desventaja, opresión, marginación y expolio con las puede encontrarse, que no se contenta con respuestas espontáneas que satisfacen momentáneamente el sentimiento de compasión, sino que se esfuerza por ir al fondo del problema, por conocer las causas de la injusticia y las vías eficaces para afrontarla. Ello le lleva a descubrir inevitablemente las dimensiones estructurales, tanto de la opresión como de la liberación. Expresado esto en el lenguaje de la medicina: no podemos pretender curar una herida superficialmente, dejando la infección dentro. La curación total exige un examen de las causas de la enfermedad (un buen diagnóstico), y tomar medidas que permitan al organismo caminar hacia su recuperación porque se afrontan esas causas (una buena terapia).
Esto significa que quien se entrega a la meditación comprometida se preocupa de acercarse a análisis rigurosos y fiables de la situación social en sus diversos niveles (desde los locales a los globales), que le orientan el sentido de la acción; y sabe además situar su compromiso (aquel al que se sienta vocacionado) al interior de organizaciones que tienen bien presentes las dinámicas estructurales de la opresión y el cambio. Determinadas iniciativas de ayuda y cooperación que pueden resultarnos muy satisfactorias porque son palpables, pueden ser contraproducentes si no se hacen desde un cierto tipo de concienciación y en la línea de empujar hacia la transformación estructural a la que dichos análisis apuntan. Aquí también, con frecuencia, hay que practicar un cierto desprendimiento, al que la meditación tan bien nos prepara.
En realidad, los grandes místicos de todos los tiempos, esto es, aquellos que han cultivado con intensidad la meditación, han hecho esta síntesis que aquí estoy proponiendo, ciertamente condicionados por su tiempo en lo relativo al modo de entender tanto la lectura de la realidad como el compromiso. Así, encontramos una Teresa de Jesús que redacta las últimas Moradas (las que expresan mayor profundidad en el camino contemplativo) en el momento en que se encuentra en la mayor actividad.
Y que por eso precisamente, esto es, desde su experiencia, hace esta sugerente afirmación: “Creedme que Marta y María (las dos hermanas del Evangelio que simbolizan los polos activo y lo “pasivo”-receptivo, respectivamente) han de andar juntas para esperar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dándole de comer”. E igualmente, desde la tradición budista, en conexión con su gran corriente de la compasión, estamos viendo hoy aparecer maestros que tratan de establecer fuertes conexiones entre transformación personal y transformación sociopolítica. A este respecto, es interesante la sugerencia de algunos de sintetizar, con impregnación meditativa, el tradicional subrayado de la no violencia en el budismo con el firme acento a favor de los procesos de liberación presentes en las tradiciones liberadoras del cristianismo.
De las consideraciones precedentes se desprende que una de las cosas que aporta la meditación a la acción comprometida es el “cómo” de esa acción. Quita de ella la agitación y la ansiedad que nos quema, la hace menos fatigosa, más objetiva, y por todo ello más respetuosa con el otro (el que medita tenderá siempre a la acción no violenta) y más eficaz.
Por último, en esta conciencia de la imbricación entre meditación y compromiso, tampoco hay que olvidar que la solidaridad que nos liga a los otros no se expresa únicamente en el momento de la acción, se vive también en el momento de la contemplación. Porque situada ésta en su enmarque holístico, integral, incluso haciéndose –como debe ser- en el silencio interior y en el retiro, quien la hace es una persona que, como se dice en el pensamiento oriental, se vive a sí misma como una especie de “nudo” de una red a través de la cual se relaciona con todas las demás. O dicho desde la experiencia y el lenguaje cristianos: quien medita y mientras medita, si asume esta perspectiva integral, se vivencia a sí mismo como formando parte del Cuerpo Místico de Cristo. Solidarios, pues, en la contemplación y contemplativos en la acción: a eso tendríamos que apuntar.

