Os decía que no me gusta definirme por el trabajo, y la verdad es que tampoco me gusta la separación que muchas veces hacemos entre vacaciones y trabajo. Parece que las vacaciones son para disfrutar y el trabajo para sufrir. Es igual que cuando hacemos separación entre lo sagrado y lo profano. Nunca he entendido bien muchas de las separaciones que nos vienen impuestas. Cada vez me descubro más yo mismo tanto viviendo la oración como orando la vida y esto me hace vivir muy esperanzada y confiadamente.
Siempre deseo que mi actitud sea la de optar por la vida, esté trabajando, descansando o viajando, esté con mi gente o con personas que acabo de conocer, esté haciendo deporte o acompañando a algún amigo que lo necesita, o disfrutando con la cuadrilla en la fiesta de algún pueblo. Intento que mi actitud sea respetuosa y comprometida, honesta y sincera.
Intento ir siempre de cara, ser paciente, no juzgar, esperar, confiar, escuchar, y tender la mano a quien la necesita, y especialmente, a los desheredados de la tierra.
La verdad es que no soy el tío más feliz del planeta cuando me voy de vacaciones ni tampoco el más desgraciado cuando vuelvo. Igual que estoy convencido que ni los días buenos son tan buenos ni los malos son tan malos. Lo que sí siento es que estaría triste si perdiera ese optar por la vida, ese amor por la vida.
También os digo que soy trabajador por cuenta ajena, y que tengo un sueldo y un horario, y que cumplo mi horario. Tan mal me parece no cumplir el horario por defecto como por exceso, incluso si tuviera que pronunciarme creo que me parece más grave lo segundo.
Continúo en actividades como voluntario y me siento contento de seguir manteniendo cierto gusto por la gratuidad. Normalmente desconecto bien del trabajo y suelo volver con ilusión al inicio de semana o tras volver de vacaciones. No espero con ansiedad las vacaciones pero sí con muchísimas ganas y me gusta hacer planes durante todos los meses del año, a veces los puedo hacer más largos y otras veces no tan largos.
Creo que definiría estos diez años como apasionantes y apasionados, y mi deseo es que en mi vida siga habiendo esa pasión en el día a día. He tenido momentos mejores y peores, y lo mejores no han sido tan buenos ni los peores han sido tan malos. En todo este tiempo he podido conocer y sigo conociendo a muchas personas de las que no me siento muy diferente. Yo también tengo tristezas, fracasos, alegrías, ilusiones, esperanzas, mis movidas, mis refugios, personas que me apoyan, personas que me decepcionan…
Algunas veces he dicho que estoy enamorado de las personas con las que trabajo, y que deseo estar dispuesto a acompañarles tanto en sus alegrías como en sus fracasos. Quizás, paradójicamente, es en esos momentos de fracaso en los que más invitado me siento a recorrer mi propia vida con pasión y con coraje, invitado a arriesgarme a caminar, e invitado a creer que las dificultades son punto de partida.
Estos años me han enseñado a relativizar muchas cosas, a disfrutar de las personas, a disfrutar de Dios, a quererme a mí mismo, a cuidarme, a cuidar mi entorno, a escuchar, a ser más confiado y a ser más sensible. Me han enseñado a valorar las oportunidades que he tenido y todo lo que tengo, y quizás me están ayudando a no conocer en carme propia el síndrome de la vuelta al trabajo.