Gestos y gastos

Análisis de actualidad (II) - Julio 2005

Del 6 al 8 de Julio se ha reunido el G8, el selecto club de los países más ricos y poderosos del mundo. Entre los principales puntos de la agenda se encontraban la dramática situación de África y el alarmante cambio climático. Sólo gracias a largos años de trabajo y concienciación invertidos por las organizaciones ciudadanas de solidaridad internacional ha sido posible que estos temas sean abordados en este foro.

Las incipientes, aunque ambiguas, señales positivas lanzadas por los principales líderes antes de la cumbre se han visto empañadas y desplazadas por la tragedia de los atentados en Londres. Es demagógico relacionar unívoca y directamente pobreza y terrorismo. La pobreza y la inseguridad están conectadas, pero los lazos que las unen son más complejos, sutiles y difíciles de clarificar en sus relaciones causales. Lo que está claro es que esta violencia, más allá de su tremenda inhumanidad, nos aleja de la posible solución. Las lógicas del miedo y la seguridad fomentadas por los poderosos, y reforzadas por la violencia, legitiman las tendencias más conservadoras y cierran los espacios para que la sociedad trabaje a favor de los cambios políticos y económicos necesarios para erradicar la pobreza.

Sin embargo, desde el punto de vista afectivo y moral, la crueldad y la inhumanidad experimentadas en la cercanía (Londres, Madrid, Euskadi, etc.) nos deben capacitar para entender el sinsentido de los millones de vidas truncadas por la pobreza. El sufrimiento no se puede comparar. El respeto nos exige acoger el dolor por cada muerte como único. Debemos cultivar nuestro corazón para que nos duelan de igual manera la tragedia cercana, que nos hace sentirnos vulnerables, y el genocidio silencioso y lejano que mata a los pobres. Lo peor que nos puede pasar es que el dolor y el miedo encierren más a las sociedades ricas en sí mismas. Por eso debemos seguir vigilando y forzando las decisiones de los gobernantes. Esa es la manera de tomarnos en serio el dolor.

Los acuerdos alcanzados por la cumbre del G8 se sitúan dentro del contexto de la campaña de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Se trata de alcanzar, para el año 2015, ocho objetivos ligados a la erradicación de la pobreza. Los siete primeros han sido definidos con indicadores que permiten evaluar su evolución. Sin embargo, el octavo, precisamente el que recoge los compromisos de los países ricos, entre los que destaca la necesidad de una financiación adecuada de los procesos de desarrollo, no ha sido concretado. El propio G8, al dar cifras, elude explicitar los mecanismos concretos que hacen posible mejorar la situación.

A pesar de esa indefinición, los Objetivos de Desarrollo del Milenio se han convertido en el gran discurso capaz de movilizar a las instituciones hacia la erradicación de la pobreza. Al tratarse de un discurso amable y con fuerte respaldo social, gobiernos y grandes empresas se han sumado con entusiasmo a la tarea de hacer de estos objetivos el nuevo icono mediático al que ligar su imagen. ¿Compromiso sincero o fortalecimiento de la propia legitimidad? Demasiado pronto para saberlo, pero tendremos que avanzar y poner los medios para que en cualquier caso su compromiso llegue a ser efectivo.

Esa es la responsabilidad que asumimos las organizaciones de la sociedad civil. Millares de organizaciones en el mundo se han movilizando para hacer oír su voz en las jornadas previas a la cumbre. El “llamado global contra la pobreza” se ha concretado en campañas nacionales: “Haz de la pobreza historia” (Gran Bretaña), “Sin excusas” (Francia) y, entre nosotros, “Pobreza Cero”.

Muchas de las organizaciones que participamos en estas campañas estamos convencidas de que sólo es posible avanzar en la construcción de un mundo más justo, libre y fraterno si se consigue una amplia plataforma de acuerdo y colaboración donde participen todos los actores que tienen algo que aportar: gobiernos, instituciones internacionales, ONG, sindicatos, movimientos sociales y empresas.

Pero estas organizaciones no somos ingenuas. Somos conscientes de que durante las últimas décadas, las banderas enarboladas por las organizaciones sociales han sido muchas veces secuestradas y adulteradas hasta terminar convertidas en un producto más de consumo, perdiendo así su potencial transformador. Por eso, a la vez que ofrecemos nuestra colaboración, manifestamos que no estamos dispuestas a que el trabajo y el dolor de millones y millones de personas acabe siendo un producto más del mercado, ni a que se usen sus vidas para dar brillo a la clase política o a las grandes corporaciones transnacionales. Tenemos la responsabilidad de tener nuestros ojos y nuestros corazones vigilantes para que los dirigentes mundiales cumplan con sus compromisos y no se utilice el nombre de las personas pobres en vano.

Esta actitud comienza por la política doméstica. Debemos pedir a nuestros gobernantes que sean serios y se adhieran a las prácticas de los países más comprometidos. Más allá de sumarse al festival de gestos de buena voluntad que a lo largo de este año poblará la agenda, es deseable que asuman sus responsabilidades de acuerdo a los parámetros internacionales de calidad.

Por ejemplo, en Euskadi llevamos años con una cierta autosatisfacción por nuestro nivel de solidaridad y compromiso con el 0,7 %. Por desgracia, la cifra se utiliza con cierta ligereza. La mayoría de las veces el porcentaje está referido a los presupuestos operativos de las instituciones y, sólo en algunos casos excepcionales, a los presupuestos totales. En ningún caso se toma la referencia internacional del 0,7% del PNB (superior a las anteriores) como criterio de medida del esfuerzo conjunto de las administraciones vascas. Unos cálculos sencillos muestran que entre todas ellas, incluyendo las transferencias vía cupo a las políticas comunes de cooperación del Estado, no se dedica más del 0,33 % del PNB vasco para cooperación al desarrollo. Esa es nuestra situación real.

Sabemos que alcanzar los compromisos internacionales supone un esfuerzo importante para el conjunto de la sociedad. Si nos tomamos en serio los gestos de estos días, deberíamos ser capaces de establecer un calendario y los mecanismos necesarios para lograr lo que se afirma que es un deber moral. Así, a los gestos le deben acompañar gastos, de lo contrario no pasarán de ser meras operaciones de imagen.

En algunos foros de discusión sobre políticas de cooperación, las personas responsables de las áreas económicas de las administraciones públicas suelen defender que la propuesta de alcanzar el 0,7 del PNB es una locura, un lujo que nuestra sociedad no se puede permitir. Ante esa argumentación, resulta interesante recordar las palabras de Simone Weil, activista política, pensadora y mística: “La muchedumbre de los seres privados del poder no tiene la posibilidad de elevarse hasta lograr la posesión de ese poder, si no hay alguna complicidad en las filas de los que mandan. Pero no hay tal complicidad, salvo entre los locos. Porque la locura de amor, cuando se ha adueñado de una persona, transforma completamente las modalidades de la acción y del pensamiento. Y cuanta más locura hay abajo, tanta más posibilidades hay de que aparezca arriba, por contagio, la locura.”

Por eso es necesaria la participación de todas las personas, desde abajo, cuidando unas de otras.

 

Javier Arellano
Director de ALBOAN