Fracaso, éxito y esperanza en la experiencia pascual

Análisis de actualidad - Abril 2005 (I)

1.     La experiencia pascual como éxito frente a fracaso

Muchas veces se ha presentado la experiencia pascual como una experiencia de éxito frente a un fracaso. El éxito del Dios de Jesús frente al fracaso de la cruz. O el fracaso de los “malos” frente a la fuerza de la verdad del “bueno”. Volvemos estos días a asomarnos a la experiencia pascual desde esta sociedad que estamos construyendo (o soportando según la cuota de protagonismo que hayamos podido arañar en ella) confrontados continuamente por el éxito. Perseguidos, rodeados, urgidos, presumidos o acomplejados por el éxito familiar, profesional, social, personal, deportivo… y por qué no también apostólico.

Los grandes paradigmas, los diferentes imaginarios colectivos, nuestra educación, nuestras comunidades cristianas y nuestros acompañamientos están llenos de marcadores en los que medir el grado de éxito que vamos alcanzando como personas, como familias, grupos sociales, etc. Algunos de estos marcadores (que apuntan hacia una sociedad exitosista, o cuya ideología dominante es el “exitosismo”) podrían ser:

  • La estabilidad de pareja y familia.
  • El reconocimiento recibido del entorno afectivo de la familia, los amigos/as y los compañeros/as del trabajo.
  • La visibilización social en nuestros hijos/as de los sueños o frustraciones que nos quedaron pendientes.
  • La tranquilidad blindada frente a mi propia conciencia y proyecto (que tengo que defender a cualquier precio) para mantener un buen nivel de autoestima.
  • La realización entendida como ascenso profesional medido en la nómina y el escalafón.
  • La productividad y el estrés de ser imprescindible en mi empresa, en mi entorno laboral o de misión.
  • El coche, la vivienda y la segunda vivienda.
  • Los créditos bancarios.
  • Las vacaciones y los viajes.
  • La juventud o la apariencia juvenil.
  • La salud leída en el cuerpo y la belleza. 

En esta Pascua de 2005 podríamos plantearnos cuánto de esta ideología ha empapado ya nuestra experiencia pascual, nuestra espiritualidad y nuestra praxis personal y comunitaria, y cuáles de estos indicadores se nos han colado también para relacionarnos con Dios, para medir la presencia de Jesús en nuestra vida. La presión “exitosista” interpreta resurrección, consolación, paz, esperanza, equilibrio, estabilidad o realización persona desde esta clave de éxito; éxito espiritual, éxito comunitario, éxito apostólico o éxito religioso. Pero la experiencia pascual de seguimiento de Jesús (el resucitado es el crucificado y no otro) nos plantea siempre una sospecha: aquellos/as que el evangelio y sus parábolas presentan como protagonistas del Reino nunca superaron, y tampoco superan o superamos hoy, esos marcadores de éxito. Es más, si alguna lógica está alejada de ella, esta es la lógica pascual que nace de integrar las caídas, enfrentar el fracaso y colocar en primera fila a los y las fracasadas, enaltecer lo pequeño y presentar la responsabilidad sobre la vida del hermano y la hermana como un compromiso ineludible. Miremos, o mejor contemplemos, algunas historias pequeñas de personas verdaderamente “pascuales” con las que compartimos la vida aquí en Loiolaetxea[1].


2.     Algunas historias pascuales

No existir en el corazón de los demás

Pablo tiene hoy 38 años. Ha vivido desde los 14 en correccionales, cárceles, centros de acogida y también en la calle. Es el tercer hermano de dos chicos y dos chicas que se criaron siempre con su madre, o a veces contra su madre y algunos de los compañeros de su madre. Una noche hace ya 5 años perdió a un colega del trapicheo en un suicidio y casi al tiempo a otro con una sobredosis. Tuvo la certeza de que él era el siguiente y pudo dudar durante noches si no habría otra salida, si no era suficiente ya la desaparición de sus dos colegas. Se armó de algo más que valor e inició los primeros contactos con un Proyecto terapéutico. Recuperó el contacto con una pequeña comunidad de acogida y comenzó otra vez el camino… una vez más solo y seco frente a una etapa nueva donde llevaba, como siempre, las de perder. No tenía historia familiar para recuperar, no tenía amigos “positivos” y los negativos no eran amigos sino colegas, no tenía ya mucha salud, el nudo de los sentimientos era ya demasiado pesado y la negación de sus valores le habían mermado en confianza y autoestima. No se quería y nadie le quería, o al menos eso pensaba con claridad.

Pablo ha luchado durante estos cinco años contra su propia muerte, y no solo la muerte física de los picos, las sobredosis, los contagios o las palizas, sino una muerte mucho peor, la muerte de no existir en su propio corazón y en el corazón de los demás: en el de su madre, en el de sus hermanas o en el de sus compañeros de trabajo. Incluso en el de las personas de la comunidad de acogida que hoy somos su familia. Hace quince días tuvo una recaída después de año y medio desde la recaída anterior. Pasó una semana en la calle, perdió el trabajo, nos perdió a nosotros… Otra vez sintió algo más que valor y al octavo día apareció nuevamente en el Proyecto Terapéutico. Ayer me dijo que nos había dado mucho cariño cada día durante estos últimos meses porque se veía muy flojo, pero que nosotros le habíamos robado, se lo recibíamos pero no se lo devolvíamos. Y que esa impotencia le llevó al consumo, porque él ya no se permite la violencia y tampoco se había atrevido a confrontarnos su situación por miedo a perder el poco de cariño que, aún a pesar de la asimetría, le devolvíamos.

Hay muchas maneras de leer esta recaída. Algunos dirán que ya está otra vez en las andadas, otras que nunca logrará llevar una vida normal, que casi sería mejor que no lo volviera a intentar. Yo digo, después de escucharle ayer, que nuevamente merece la pena su apuesta, y que quiero apostar con él, y que ojalá tuviéramos el corazón lo suficientemente “fracasado” como para seguir apostando tantas veces como haga falta. No quiero tirar la toalla si Pablo todavía no la ha tirado.

El fracaso de abandonar para triunfar

“Yo no me siento mejor ahora que estoy bien y tengo más cosas. Cuando tengo más cosas me siento peor porque sé que la gente con la que he vivido en la calle y la gente de mi país sigue estando mal. Ahora que estoy mejor me siento peor”. Omar tiene 19 años y es de un pequeño pueblo de Marruecos en los Atlas centrales. Es bereber y lleva desde los 9 años trabajando en los invernaderos de Agadir primero, en las calles de Casablanca después y estos últimos años entre Barcelona y Donostia. Tiene un hermano con desequilibrios psíquicos muy fuertes que ha quedado en la casa con sus padres ya mayores, otra hermana casada en Rabat, otro hermano casado en Beni-Malal y otro pequeño que está en este momento en Tánger buscando la manera de cruzar el estrecho entre la carga de algún camión de exportaciones.
           
Después de dos años peleando por los papeles para poder trabajar con contrato y poder regresar a visitar a su familia a Marruecos está pendiente de recibir cualquier día de estos la resolución solicitada el mes pasado. Vive con otros dos chicos en un piso de alquiler donde comparten tareas comunes y responsabilidades, pero donde tienen también habitación propia y espacio y tiempo de intimidad después de años de calle, centros de menores, hacinamiento en pisos subalquilados, etc. Paradójicamente ahora que empieza a tener lo mínimo material para vivir, y que ha encontrado también una estabilidad para poder pensar en algo más que el día a día, no se siente bien. Algo en su expectativa no se está cumpliendo. Sabe que su éxito es en realidad una supervivencia, la punta del iceberg del fracaso de personas y grupos a los que él quiere, de los que salió, y a los que un día de este verano volverá sin saber muy bien cómo situarse o qué compartir. Es el éxito individual que subraya el fracaso social. Quizá está asustado al experimentar que podría disfrutar más de su nueva situación si retirara de su vida el fracaso y a los fracasos y fracasadas que lleva en el corazón.

El cariño que descubre la mentira del maltrato

Carolina estaba cansada de la inactividad de una larga condena en una macro-cárcel de las de nueva construcción en medio de la llanura castellana donde llevaba ya 3 años presa. Estaba también allí, en otro módulo, su pareja, el padre de sus seis hijas, con el que mantenía vises íntimos cuando él quería o necesitaba, porque también mantenía ese tipo de encuentros con otras mujeres del Centro Penitenciario. Tenía un pequeño destino limpiando las bandejas de las comidas, y allí coincidía apenas cinco minutos cada día con el interno de otro módulo, un chico colombiano algo más joven que ella, que le dejaba las bandejas sucias y se llevaba las limpias para la cena. El chico la miraba con simpatía, le sorprendía su alegría. Ella mantenía la distancia, como le había tocado hacer siempre con todos los chicos por miedo a su pareja. Con los días los cinco minutos de encuentro se fueron haciendo para los dos cada vez más importantes: reían, comentaban los sueños de la noche anterior y dibujaban despiertos la vida más allá de las rejas evocando a sus familias, los hijos, la música, sus barrios…

Con seis meses de destino a Carolina le ofrecieron cambio a otro servicio mejor y con una pequeña remuneración, pero ella no quiso aceptarlo. Las compañeras de chabolo le dijeron que estaba loca si perdía esa oportunidad, pero ella no lo dudó. Ahora, ocho años después, recuerda todavía con claridad cómo aquel colombiano preso le había hecho sentir una persona valiosa, especial, por primera vez en muchos años; cómo la había escuchado, piropeado, animado y apoyado, y cómo después de aquellos meses de destino de bandejas no volvió a aceptar mas maltratos por parte de su pareja, ni más vises íntimos con él. Dice que aquella mirada tierna de su compañero de destino le descubrió el fracaso de quince años de relación, el dolor del vacío, la angustia de haber dedicado media vida a una persona que no le dio nada y que le quitó mucho. Pero en el descubrimiento de aquel fracaso empezó a luchar por la novedad de la ternura, del encuentro, de la relación que da y recibe. No sabe nada de ese colombiano, cree que le expulsaron al cumplimiento de las tres cuartas partes de la condena. Carolina dice que le debe todo lo bueno de la vida que ahora lleva.
 

3.     Fracaso humano para poder vivir humanamente

El éxito que nos proponemos socialmente (y también al interior de nuestras comunidades) aleja, separa y contiene una semilla de deshumanización. El éxito rara vez tiene tamaño humano. La espiritualidad del éxito, de la consolación de los gigantes y de los enanos, la espiritualidad de la autoestima mal medida, excluye dimensiones muy importantes de nuestra propia realidad y lo que es peor excluye cientos, de miles y de millones de personas que respiran por heridas incurables, sienten desde dimensiones atrofiadas por el sufrimiento, viven aplastados en los límites, o en los márgenes afectivos y sociales. Al contrario, las historias que acabamos de contemplar son las verdaderas historias pascuales: las que pudiendo destruir humanizaron; pudiendo separar desde el odio y la envidia, o desde la prepotencia, acercaron. Las historias que predisponen a las personas a resucitar y a ser resucitados. Quizá las únicas historias que son capaces de mantener el pulso a la esperanza, las que de verdad contagian la fe y la caridad, que es la verdadera experiencia pascual.

Podemos plantearnos que existe una espiritualidad pascual, profunda, si el fracaso se ilumina en compañía, en comunidad. Eso supondría aceptar dicha dimensión en nuestra propia historia de salvación, y aceptar el encuentro con los y las demás en esas experiencias que muchas veces aparece como un paisaje desolado pero que son portadoras de una potencialidad enorme de cambio, de transformación, de denuncia del anti-reino y de construcción y reconstrucción del Reino. Los fracasos nos ocultan las grandes certezas, pero nos acercan a las esperanzas que nos movilizan y a los encuentros que nos comprometen. Los encuentros pascuales que contemplamos estos días en el evangelio.

Martín Iriberri

Abril de 2005


[1] Loiolaetxea es una comunidad de vida en la que el autor comparte techo junto a otros jesuitas, personas laicas que también viven allí, así como personas inmigrantes y otras que proceden de la cárcel. En total conviven unas 20 personas.