Entre el 26 y el 31 de enero se ha celebrado el V Foro Social Mundial en la ciudad brasileña de Porto Alegre. Una vez más se han dado cita decenas de miles de personas de todo el mundo bajo el lema “otro mundo es posible”. Una ojeada rápida por la prensa local, nacional e internacional nos hace ser conscientes de que la repercusión mediática del evento parece haber sido menor que en otras ediciones. Quizá en esta ocasión, pasados los entusiasmos iniciales, las luces y las cámaras han vuelto su atención prioritaria a Davos, donde últimamente los más ricos y poderosos del mundo hacen gala de su filantropía. Apropiándose del discurso de la reducción de la pobreza y de la lucha contra el hambre, aunque sin ninguna determinación política de sustancia aparte de algunos más o menos espectaculares donativos, el Foro Económico Mundial de Davos, como personificación de las elites globales, evidencia que el Foro Social Mundial (FSM) inquieta y genera preocupación en dichos sectores.
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A pesar de esta pretendida invisibilización del FSM, éste está más vivo que nunca y continúa albergando un torrente de vitalidad y energía transformadora sin precedente en las últimas décadas. En esta quinta edición han sido once las líneas temáticas que han agrupado los cientos de talleres, seminarios y sesiones que han tenido lugar al amparo del foro. “Derechos humanos”, “arte y creación”, “economía solidaria”, “ética y espiritualidad” o “democracia internacional” son algunos de los once ejes mencionados en torno a los que se ha estructurado el debate. |
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Y todo esto, ¿para qué?
Cualquier participante que haya tenido que dar cuenta sobre lo que sucedía en el FSM, y más si se trataba con los medios de comunicación, más temprano que tarde se tenía que enfrentar al cuestionamiento por la utilidad del evento. “¿Qué se consigue con esto?” actúa a modo de mantra entre quienes, curiosamente, no se interrogan del mismo modo sobre el Foro de Davos. Es como si a los hombres de negocios y estrellas del show-business se les diera por supuesta su licencia para reunirse a hablar de “sus asuntos” y los demás, para hacer lo mismo pero con medios infinitamente más modestos, tuviéramos que legitimarnos en resultados y acciones concretas, eficaces e inmediatas. No obstante, si tenemos que hablar de la utilidad o, mejor, sentido del FSM hemos de resaltar una doble dimensión.
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Una dimensión simbólica y de anticipación: la irrupción del FSM es a juicio de muchos el acontecimiento de organización política más relevante de los últimos 20 años. El FSM vino a certificar el eclipse del “pensamiento único” neoliberal, contraponiendo su “otro mundo es posible” al “no hay alternativas” propio de aquél y que aún hoy defienden los beneficiarios del status-quo. El propio proceso y formato organizativo del foro es reflejo de un nuevo modo de hacer las cosas. En definitiva, el FSM supone el nacimiento y consolidación, fruto de muchos de brotes pre-existentes que van confluyendo, de una nueva cultura política, que no sólo se predica sino que ya está presente en el propio proceso del foro. ¿Qué rasgos caracterizan a esta nueva cultura política? Hay dos que destacan especialmente. El primero es la horizontalidad y la inclusividad democrática. Es un “no” a las vanguardias elitistas que marcan la agenda y un “sí” a los procesos inclusivos, desde abajo, en los que las propuestas nacen de la base y se discuten por todos. Es el proceso frente a la dictadura del eficacismo y de los resultados inmediatos. Es la red frente a la pirámide jerárquica.
El segundo rasgo es la importancia fundamental que se otorga a la transformación subjetiva. Que la nueva cultura política pueda prosperar va a depender de que cada uno y cada una cambiemos nuestras claves personales y, como alguien señaló con claras connotaciones religiosas, “que el FSM acontezca dentro de nosotros”.
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Una dimensión práctica y de propuestas operativas. Aunque el FSM como tal no hace propuestas concretas, su espacio es el idóneo para que surjan alianzas y estrategias comunes entre diferentes actores que toman parte. De este modo se facilita la generación de campañas concretas abiertas a más grupos de los que alcanzarían de otro modo. Por ejemplo, en este FSM de 2005 uno de los temas que más ha resonado ha tenido que ver con el lanzamiento de campañas para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Campañas con metas concretas, focalizadas y a corto plazo (tan corto como julio de este año, con la reunión del G8 en Escocia), a la que se han adherido más de mil organizaciones y redes internacionales. Y éste es un solo ejemplo, pues las alianzas y acuerdos para la acción que emergen en el FSM son numerosísimas. Pero no se puede decir que sean propuestas de el FSM.
Una tensión de fondo Ambas dimensiones apuntadas anteriormente son importantes, pero no se puede ignorar que es precisamente entre ellas dos donde se produce la tensión más significativa y, probablemente, el debate más de fondo en relación al FSM. Existe un sector, que va cobrando fuerza y visibilidad, defensor de que el FSM se convierta en una fuerza política que incorpore un programa de acción concreto. Los más radicales en esta línea podrían llegar a compartir el consejo que Hugo Chávez remitió al foro, al decir que éste debía generar una “estrategia de poder”. Para éstos el reto consiste en priorizar algunas acciones y propuestas para que sean asumidas por todos los participantes.

Sin embargo, otro sector importante, donde encontramos a buena parte del núcleo fundador del foro, aboga por mantener y potenciar el carácter de espacio abierto y de símbolo de la “alterglobalización” que tiene el FSM. Para ellos, los retos principales tienen menos que ver con estrategias de poder que con solventar algunas contradicciones internas que se van generando: necesidad de mayor presencia, voz y visibilidad de grupos marginados y excluidos, mayor presencia de África, evitar que el foro sea dominado por las organizaciones más fuertes y ricas, mayor apertura y transparencia en los procesos de su Comité Internacional, descentralización y localización para que no se produzca la identificación con una ciudad, etc. En definitiva, velar por que el FSM no reproduzca algunos patrones de exclusión propios del sistema que critica.
La manifestación más clara de esta tensión ha tenido lugar estos días a cuenta del manifiesto de doce puntos concretos que presentaron diecinueve intelectuales bien importantes (Ramonet, Pérez Esquivel, Tariq Ali, de Sousa Santos, Petrella, entre otros). Otros muchos miembros notables de la organización se negaron a suscribirlo, pues el procedimiento utilizado no se amoldaba al espíritu del foro, al tratarse de una iniciativa de un grupo de elite, mayoría de “hombres descendientes de europeos”, como señaló una participante, generada sin participación. Francisco Withaker, de Justicia y Paz Brasil y uno de los fundadores del foro, les animó a que colgaran su manifiesto en el “mural de propuestas” del FSM 2005, junto a tantas otras propuestas realizadas durante estos días. De este modo, rebajaba la importancia de un documento al que Ignacio Ramonet, uno de sus promotores, denominó pretenciosamente “el consenso de Porto Alegre”.
Es más que probable que esta tensión se mantenga en el FSM. Ojalá sea una tensión resuelta creativamente y que, más que dividir, haga crecer el espacio de esperanza que es el FSM.
La presencia eclesial en el FSM
Más propio que hablar de “la” presencia eclesial en el FSM sería referirse a las muy distintas presencias de las iglesias en el foro. En efecto, desde la militante cristiana trabajando en un movimiento social, hasta la delegación de Caritas Internacional, pasando por las comunidades eclesiales de base, las iglesias se hacen presentes en el foro recuperando uno de los principios eclesiológicos, el de la unidad en la diversidad, que quizá más se ha resentido por las tendencias centralizadoras oficiales en los últimos años. Estas presencias en el foro nos hablan de unas iglesias vivas y diversas en sus modos y sensibilidades.
Por otra parte, muchas veces los y las cristianas nos preguntamos por cuál es nuestra aportación original en estos espacios sociales. Es una pregunta importante que nos hace pensar. También solemos reflexionar en torno a cómo podemos acompañar todo este movimiento. No obstante, quizá la pregunta pertinente en este momento sea la siguiente: ¿qué podemos aprender y cómo podemos no quedar descolgados de este proceso? El obispo brasilero Dôm Demetrio, presidente de la Caritas de su país, recordó a los católicos participantes en el FSM que tan importante como el espíritu que aportamos es aquel que encontramos, recibimos y nos sale al paso en todos los participantes. Para muchos cristianos el FSM tiene mucho de acontecimiento salvífico: es el espacio de la fraternidad y en la medida que nos acerca y nos pone en contacto con Dios, tiene un elemento sacramental.
Es de desear que la iglesia no se quede rezagada del proceso del FSM, y no llegue tarde, como pasó otras veces en la historia, a las luchas por la libertad y la justicia. Millares de cristianos, comunidades y organizaciones de matriz eclesial ya están empujando en esa dirección: en la de unirse con todas las personas de buena voluntad que trabajan por la justicia, y en la de dejarse interpelar en sus estructuras y modos organizativos por toda esta corriente y cultura que supone un nuevo modo de ser y estar en el mundo.
Miguel González, miembro de la ONG Alboan
Febrero de 2005
Las fotos que aparecen en el artículo son del propio autor
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