Análisis de actualidad (I) - Julio 2005
El pasado viernes concluía la cumbre del G-8 en Gleneagles, Escocia. Dos eran las iniciativas con las que el primer ministro Tony Blair convocaba a los jefes de gobierno de los países más poderosos: la ayuda a África y el cambio climático. La Llamada global contra la pobreza, conciertos masivos de solidaridad y una multitud de foros sobre el calentamiento del planeta han precedido a los encuentros. En la entrega de junio hablamos de nuestra responsabilidad con el continente africano y analizamos el informe que había preparado la Comisión para África auspiciada por el primer ministro británico. Ahora abordamos el cambio climático. No son cuestiones tan diferenciadas: En el fondo, quienes tienen menos responsabilidad están pagando y van a pagar en el futuro las peores consecuencias.
El escritor británico Ian McEwan prevenía en un reciente artículo sobre el riesgo que corría el movimiento ecologista de caer en “una religión de fe lúgubre”[1]. En lugar del catastrofismo y pesimismo en los que algunos grupos ecologistas parecen instalarse, McEwan ensalzaba el pragmatismo con el que la comunidad internacional está acordando mecanismos para resolver el problema medioambiental: Los países impulsarán aquellas medidas que les resulten rentables; los empresarios invertirán si ven en ello una oportunidad de negocio; el interés propio y la codicia serán siempre los resortes humanos capaces de potenciar un medio ambiente más sano. ¿Podemos quedarnos tan sólo con un derecho internacional que se fundamente en nuestras debilidades y defectos? Las medidas legales deberán ser diseñadas, sin lugar a dudas, con toda la inteligencia y pragmatismo que una realidad compleja y global requiere. Pero nos equivocaremos si no enmarcamos el problema del cambio climático en la dimensión de injusticia que conlleva. Sus consecuencias están afectando, y afectarán aún más, a las poblaciones vulnerables que hoy viven ya con angustia la escasez de agua. Y la injusticia no parece resolverse con dosis mayores de codicia. Como decía hace unos años el Informe al Club de Roma, el desarrollo sostenible exige, más que productividad y nuevas tecnologías, el desarrollo de nuestra “madurez, compasión y sabiduría”[2].En estas líneas, nos fijaremos especialmente en quienes están pagando la factura de nuestro modelo de desarrollo, voraz y devastador. Desde su situación analizaremos el protocolo de Kioto y la situación en la que ha quedado tras la cumbre escocesa del G-8. Y concluiremos con algunas claves transmitidas en la espiritualidad cristiana para vivir y compartir los bienes de la Tierra con madurez, compasión y sabiduría.
1. El calentamiento de la tierra y el protocolo de Kioto
A lo largo del siglo XX la humanidad se ha ido haciendo consciente del daño que nuestros sistemas de producción y consumo infligen a la Tierra. La primera experiencia de crisis adquirió una enorme importancia durante los años 50 y 60, cuando el desarrollo de los arsenales de armas termonucleares puso de manifiesto que, por primera vez en la historia, el ser humano tenía la capacidad para destruirse como especie, destruyendo simultáneamente toda la biosfera.
Después fuimos tomando conciencia de que los recursos naturales disponibles eran limitados. Esta evidencia alcanzó a preocupar seriamente a la población de los países desarrollados con las crisis del petróleo de los años 70. Una civilización basada en gran medida en este combustible fósil descubrió que sus reservas no eran ilimitadas y que se encontraban concentradas en países que, si se coordinaban, podían controlar su precio.
En paralelo con estas dos crisis, se fue desarrollando la tercera: La naturaleza presenta unas capacidades limitadas para asimilar los residuos que en ella vertemos. Así, la atmósfera acaba generando la lluvia ácida, debido a las enormes emisiones de óxidos de azufre y de nitrógeno que en ella llevamos décadas vertiendo. También ha sido rebasada la capacidad natural para absorber las emisiones contaminantes que derramamos en ríos, lagos y océanos, con lo que se ha degradado, de forma grave, la calidad de una parte muy importante del agua existente en el planeta. La Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992 –un hito en la historia de la sensibilización ecológica– trasladó a las agendas políticas un fenómeno preocupante a escala global: el cambio climático producido por el efecto invernadero. La acumulación en la atmósfera de gases emitidos por fuentes naturales y humanas –procesos industriales y vehículos–, aumenta la capacidad de ésta para absorber la radiación solar, y acaba provocando un incremento de la temperatura media de la atmósfera terrestre. Este fenómeno tiene impactos muy importantes en el clima, generando la desertificación de áreas hoy cultivables o reduciendo las reservas de agua dulce debido a que los glaciares y el hielo de los polos acabarán por fundirse.
Pagan las consecuencias quienes tienen menos responsabilidad
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Organización Meteorológica Mundial crearon en 1998 el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático –IPCC, en sus siglas en inglés–, una red de expertos a quienes se encomendó la tarea de valorar la información científica y buscar las estrategias adecuadas. En sus últimos informes, el IPCC advierte que los impactos más importantes se producirán en los recursos de agua y en la producción de alimentos, especialmente en las regiones tropicales y subtropicales.
La mayoría de la población empobrecida de la Tierra habita en estas regiones y busca sus recursos en una agricultura de subsistencia. Pensemos tan sólo en el África subsahariana: Según datos del PNUD, al sur del Sahara 65 millones de hectáreas productivas se han hecho desierto en los últimos 50 años y la salinización daña ya el 25% de las tierras de regadío... El cambio climático afectará también a la salud de muchas personas vulnerables; el deterioro y escasez de agua tiene graves consecuencias sanitarias: cólera y dengue. Por otra parte, las poblaciones pobres se encuentran más desprotegidas ante las catástrofes que puedan derivarse del cambio climático, puesto que cuentan con menos mecanismos de previsión, disponen de peores infraestructuras, y carecen de recursos financieros y técnicos para los procesos de reconstrucción.
Pero no estamos hablando sólo de vaticinios. Las consecuencias del calentamiento están afectando ya a poblaciones enteras que se ven obligadas a desplazarse para sobrevivir. Auténticos “refugiados por el cambio climático” que se cuantifican en millones de personas. Pondremos algunos rostros: “En el Sahel, noroeste de Kenya, la precipitación media anual ha descendido un 25% en los últimos 30 años y desde 1960 han tenido lugar cinco importantes sequías, cada una de ellas más severa en intensidad y duración que la anterior. Esta situación ha diezmado dramáticamente a la tribu Turkana, cuya forma de vida se basa en el pastoreo nómada y, por lo tanto, depende de los pozos de agua que encuentra a su paso”.[3]
Sin embargo, los gases con efecto invernadero proceden de la quema de combustibles fósiles –petróleo, carbón y gas natural– que son la base de la actividad industrial, el transporte y la generación de electricidad. En otras palabras, el calentamiento de la Tierra proviene de la actividad de los países industrializados, mientras que sus consecuencias están afectando a quienes menos responsabilidad tienen en la contaminación. Desde esta perspectiva debemos mirar hacia Kioto.
El protocolo de Kioto
En la ciudad japonesa de Kioto se firmó en 1997 el primer tratado internacional encaminado a paliar el cambio climático. Se trata de un compromiso para que los países industrializados reduzcan sus emisiones de gases con efecto invernadero en un 5,2%, respecto a los niveles que emitieron en 1990, para el período 2008-2012. Con la reciente firma de Rusia el protocolo ha entrado en vigor, al haber sido ratificado por al menos 55 países cuyas emisiones representan el 55% del total.
Pero los límites a los que se han comprometido los países pueden ser superados en virtud de los llamados “mecanismos de flexibilidad”. Los describimos en síntesis puesto que tienen su importancia para cualquier valoración[4]:
a) Compra-venta de derechos de emisión. Los países que hayan reducido sus emisiones más allá del compromiso adquirido, podrán vender sus derechos de emisión a los que contaminen más de lo acordado. Se establece por tanto el principio por el cual el que contamina paga que puede estimular la búsqueda de tecnologías limpias.
b) Mecanismos de desarrollo limpio. Un país puede contabilizar como reducción de emisiones propias aquellas que consiga mediante la implantación de tecnologías limpias en otros países.
c) Reforestación. La plantación de árboles también queda contabilizada como reducción de emisiones por la capacidad de los bosques para fijar los gases invernadero.
A pesar de esta voluntad por cuantificar y comprometer medidas, el protocolo queda muy debilitado por la ausencia en su ratificación de países como EEUU –responsable del 36% de las emisiones de 1990– y China e India, con un gran crecimiento de población y progresiva industrialización. Las razones de estas significativas ausencias nos llevan ya al análisis y la valoración.
Avances y juego de intereses
Resulta innegable el valor del protocolo firmado en Kioto. Por primera vez, y el movimiento ecologista lo llevaba reclamando mucho antes de la Cumbre de Río, un grupo muy importante de países se ponen de acuerdo en medidas concretas para paliar el cambio climático. La incorporación del principio el que contamina paga incentivará, en pura lógica de mercado, la investigación y desarrollo en tecnologías limpias. Países inmersos en procesos de industrialización podrían incorporar sistemas más respetuosos con el medio. Y, además, este principio encierra también un componente simbólico: La consideración en el precio de los productos de sus efectos contaminantes comienza a ser interiorizada por los agentes económicos y la población. Se trata de un avance en nuestra sensibilización que abrirá nuevas posibilidades.
Pero tenemos que hablar también de serias limitaciones. Los compromisos adquiridos en el acuerdo aparecen muy ligados a los intereses de cada país. No puede presentarse el protocolo de Kioto como una historia de buenos y malvados: los países firmantes como sensibles al problema medioambietal y dispuestos a la renuncia de beneficios, y los no firmantes como insensibles y centrados exclusivamente en sus intereres a corto plazo. Aunque algunas simplificaciones así nos lo quieran hacer ver.
Los acuerdos alcanzados en Kioto parecen coincidir sospechosamente con las estrategias energéticas de cada país. Reino Unido abandonó el carbón como fuente energética y apostó por la energía nuclear; al igual que Francia, cuya fuente de producción de electricidad es nuclear en un 80%. La limitación de emisiones de gases invernadero apenas afecta a sus políticas energéticas. Es fácil alcanzar acuerdos cuando no se arriesga gran cosa. La ratificación de Rusia es también significativa: El protocolo le otorga un permiso de emisión en el 2012 del 100% de lo que emitía en 1990, con lo que puede salir muy beneficiada económicamente de la venta de sus derechos de emisión... Miremos ahora hacia los países que no han suscrito el acuerdo: China e India están experimentando un rápido crecimiento para el que necesitan recursos energéticos que esperan obtener de sus reservas de carbón. La ratificación del protocolo supondría para estos países un serio obstáculo en su desarrollo. Lo mismo ocurre con EEUU, cuya producción de electricidad se sigue basando en un 54% en el carbón...
En este contexto se comprende mejor el sentido de los mecanismos de flexibilidad que se formulan en el protocolo. Los países más poderosos podrán seguir contaminando gracias a la posibilidad de comprar derechos de emisión. Podrán, mientras tanto, investigar en tecnologías limpias que serán canjeadas por emisiones de gases, y en un futuro cercano resultarán altamente rentables. El movimiento ecologista ha señalado que el porcentaje de reducción de emisiones debería ser al menos de un 20% para neutralizar los efectos del calentamiento. Se imponen formas de vida menos despilfarradoras de energía. Y detrás de nuestro consumo siempre hay energía. Nuestra concepción de la vida –consumo, transporte, modelos de urbanización– aparere claramente cuestionada y los pasos son tímidos. En tal sentido, algunos especialistas han considerado el protocolo útil como slogan político, pero muy poco operativo en la medida en que apenas nadie sale perjudicado[5].
Resulta paradigmática la postura de China e India. ¿Qué podemos decir desde Europa a estos dos gigantes demográficos que están siguiendo los pasos de nuestro crecimiento? ¿Qué legitimidad tenemos para imponerles renuncias que ni nosotros hemos realizado ni parecemos muy dispuestos a realizar?
¿Una etapa post-Kioto?
En la cumbre del G-8 celebrada la semana pasada en Escocia se pusieron en escena las limitaciones señaladas. Se intentó acercar a algún tipo de compromiso a la administración norteamericana, pero la cumbre finalizó emplazando para noviembre a un proceso de reuniones entre los firmantes y los países que no han firmado el protocolo. Los compromisos parecen desvanecerse y la prensa ha acuñado ya la expresión etapa post-Kioto. Hemos valorado la firma del acuerdo de Kioto como un hito importante en la historia de los compromisos internacionales, pero también es cierto que sus resultados serían poco eficaces si no consiguiesen comprometer a los grandes países emisores...
Se confirma que la lógica del mercado se muestra incapaz, por sí sola, de resolver los grandes retos medioambientales. Ante problemas globales como el cambio climático, seguimos respondiendo con mecanismos economicistas y tecnocráticos: Internalicemos los costes del impacto medioambiental de nuestras actividades, y el mercado –la sabia mano invisible– se irá encargando de transformar nuestro sistema en algo más sostenible. Siempre a su ritmo y con sus condiciones, que siempre se presentan ineludibles.
Pero un desarrollo justo –para todas las personas que compartimos el planeta–, y sostenible –para todas las personas que lo habitarán en el futuro– no vendrá de la capacidad exclusiva del mercado para dirigir nuestros intereses y aprovechar inteligentemente nuestras ambiciones. De hecho, la incorporación de la preocupación ecológica a la agenda internacional ha sido fruto del esfuerzo persistente de la sociedad civil más sensibilizada con las consecuencias destructivas e injustas de nuestro estilo de vida. Y resulta muy esperanzador la fuerza que esta nueva conciencia está alcanzando y su capacidad de presión sobre el poder político y las instituciones. Iremos construyendo un derecho internacional basado también en valores compartidos y en nuestras mejores virtudes. Por eso son necesarias también otras palabras.
2. Recibir la creación: Una nueva relación con la Tierra
La teología debe adentrarse en los grandes problemas que emergen en la conciencia de la humanidad y recrear la sabiduría de la fe para ofrecernos, más que respuestas intelectuales, convicciones íntimas que confirmen nuestras apuestas y esperanzas. La nueva conciencia ecológica ha estimulado aportaciones desde la teología política, el ecofeminismo y la teología de la liberación. Concluimos nuestra reflexión con algunas de sus invitaciones[6]:
a) Una nueva imagen de Dios y del mundo. Muchas personas que no son creyentes están descubriendo una experiencia de religación en el cultivo de una espiritualidad de admiración y cuidado de la naturaleza, de toda manifestación de la vida. Los cristianos hablamos de su sacramentalidad, su capacidad de ser signo y presencia del Espíritu. Sin embargo, una larga tradición teológica nos ha presentado a Dios como un ser tan absoluto, tan perfecto y trascendente, que acababa prescindiendo del mundo. Y esta distancia entre Dios y su creación ha ayudado a consolidar una mentalidad que entiende la naturaleza como fuente de recursos, objeto de dominio y propiedad privada de la que podemos abusar cuanto queramos. La crisis medioambiental señala este pecado de nuestra historia occidental.
Algunas aportaciones, como las de Leonardo Boff, nos han presentado a Dios dentro del proceso del mundo, y al mundo dentro del proceso de Dios. Todo lo que ocurre en el mundo afecta a Dios, y todo lo que acontece a Dios afecta también al mundo. En la contemplación de la Encarnación de los Ejercicios Espirituales, Ignacio nos invita a detenernos en la compasión que la naturaleza y el ser humano suscitan en el corazón de Dios, compasión que desencadena su compromiso con el mundo, con su salud y salvación.
El ser humano puede acoger esta invitación o desentenderse de ella. Que no suene a frase abstracta: Es la pura realidad del protocolo de Kioto. Esta nueva imagen de Dios y su creación nos devuelve a la interpelación fundamental: Dios corre un riesgo a manos humanas, al igual que en Jesús de Nazaret los seres humanos mataron a su Dios en el cuerpo de una persona. De nuevo tenemos ese poder. Somos más conscientes que nunca de las consecuencias que nuestra acción tendrá sobre el futuro del planeta y sobre las víctimas de nuestra ceguera.
b) La relevancia cultural de la gratuidad. Han sido las autoras ecofeministas las que han subrayado el valor de la gratuidad y la sabiduría de acoger la diferencia, lo que nos viene de fuera y se nos regala –frente a la cultura patriarcal de imposición, control y dominio de la diferencia–. En la reivindicación de estos valores, abogan por tener frente a todo ser vivo la reverencia que exige un tú personal. E invitan a educar nuestra relación con la alteridad, con las otras personas y seres vivos, para impedir que se despliegue en nuestro interior la tendencia a clasificar, manipular, apropiarse y destruir impersonalmente.
El cultivo de la receptividad, de la reverencia hacia lo que no soy yo, resulta imprescindible en nuestra cultura y ante nuestros retos. Los compromisos y medidas que tenemos que activar ante los problemas medioambientales encuentran su fundamento de justicia en los millones de seres humanos a los que privamos de dignidad y derechos. En la cuestión del cambio climático, nos debe primordialmente mover la solidaridad con quienes están pagando las peores consecuencias. Las medidas efectivas pasan por cambios culturales y la transformación de nuestros estilos de vida. Y es aquí donde el agradecimiento y la receptividad tienen una extraordinaria relevancia: Una nueva relación con la Tierra que cuida con responsabilidad lo encomendado, será capaz de afirmarse como una cualidad humanizadora. Una espiritualidad que sabe agradecer y disfrutar de los bienes recibidos, será capaz de vencer la locura consumista y presentar la apuesta por la austeridad como un valor atractivo para las personas. No decimos que sea fácil. Pero poca gente niega el vacío que se esconde tras tanto envoltorio de celofán.
c) Y una nueva esperanza. La valoración que hemos hecho de los acuerdos de Kioto desvela las contradicciones y tibiezas en los compromisos. El pesimismo es una gran tentación intelectual, porque puede rodearse de muchos datos que lo avalen. En este sentido, el movimiento ecologista debe cuidar con esmero que sus mensajes no generen catastrofismo en la población. Si se pide que renunciemos a nuestro bienestar por personas lejanas o que aún no han nacido, y, a la vez, se transmite que es casi imposible modificar el curso de los acontecimientos, es probable que se acabe favoreciendo un consumismo aún más desenfrenado: Al fin y al cabo...
Una vida de seguimiento a Jesús de Nazaret, en medio del mundo, se enfrenta con frecuencia al tema de la esperanza. No podemos mirar al mundo con ingenuidad, ni prescindir de los procesos de la historia para lograr cualquier transformación... La esperanza cristiana no es un “optimismo mofletudo” –Metz– que rehuye la complejidad. Acoge la tristeza, los fracasos y la suerte de las víctimas, pero frente a la desesperación frustrada o agresiva, trabaja con serenidad y desencadena procesos que nos acercan a la salvación esperada. Porque en cada paso es capaz de percibir y celebrar la presencia del Espíritu en la historia. Esta esperanza puede ser una de las mayores aportaciones del cristianismo a la nueva cultura ecológica: Aprender y enseñar a disfrutar de una creación recibida, celebrar el camino hacia la fraternidad, y mantenerse con serenidad en procesos que van a exigir buenas dosis de perseverancia y generosidad.
|
Centro Social Ignacio Ellacuría |
[1] Ian McEwan, Tenemos que hablar del cambio climático, El País, 8 de mayo de 2005
[2] D. Meadows, Más allá de los límites del crecimiento, El País-Aguilar, Madrid, 1992, 23
[3] Greenpeace e Ingeniería Sin Fronteras, Ayuda oficial al desarrollo en energía, 2005, citado en Intermón-Oxfam, Global express nº 10, ¿Nos salvará Kioto?
[4] Seguimos la exposición de Francisco Castejón, La entrada en vigor del protocolo de Kioto, en Página Abierta, abril 2005
[5] Por ejemplo, Antón Uriarte, Una visión heterodoxa del protocolo de Kioto, en Hika, mayo de 2005
[6] Para un mayor desarrollo remitimos a Javier Arellano, Ecología en perspectiva salvífica, Cuadernos de Teología Deusto, nº 23, Bilbao, 2000
Enlaces de interés
|
|
Francisco Castejón |
|
|
Antón Uriarte |
|
|
José Luis Barbería |
|
|
Intermón Oxfam |
|
|
Joan Carrera, José I. González Faus |
|
