Con ocasión de la muerte del Papa

Análisis de actualidad - Abril 2005 (II)

Os ofrecemos dos artículos en este análisis de actualidad:

  1. El primero, Retos eclesiales tras un largo pontificado, escrito por Manuel Reus sj, profesor de Teología en la Universidad de Deusto, que presenta cuatro campos en los que deberá seguir profundizando la Iglesia del próximo Papa.

  2. Por su parte, Inpresioak, de Marisabel Albizu, religiosa de la Providencia, nos acerca algunos aspectos que han quedado al descubierto en estos días de exceso mediático.


Retos eclesiales tras un largo pontificado

La Iglesia, como siempre en su milenaria historia, tiene que hacer frente a una serie de retos en el futuro próximo. La labor de un Papa no agota la tarea de la Iglesia, pero en una sociedad jerárquica y centralizada, como es la Iglesia católica y tras el largo y rico pontificado de Juan Pablo II, en el que lleno de carisma se ha redoblado el prestigio papal, sin duda alguna la figura del obispo de Roma juega un importante papel en el quehacer eclesial. No tenemos aún suficiente perspectiva para valorar este poliédrico pontificado. Sin duda, el Papa ha sido el gran líder, en un mundo carente y necesitado de liderazgo. Nos basta quedarnos con el testimonio de Juan Pablo II como hombre de Dios. Nos lega la experiencia de una fe profunda y coherente, que en tiempos en que soplan vientos de secularización, supone un testimonio indudable de misticismo. Su acción se resume en su proclama inicial: ¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo.

Los desafíos eclesiales cristalizan en su capacidad para desarrollar su misión. La respuesta no depende únicamente de la acción del Sumo Pontífice, sino de la vida y testimonio del conjunto de la comunidad eclesial, así como de numerosos factores y condicionantes culturales, sociales, políticos y religiosos. La principal tarea no consiste en construir una Iglesia ideal y utópica, sino en responder de forma realista a su misión principal, el anuncio de la Buena Noticia de la Misericordia de Dios. En un mundo con cambios tan acelerados y ante un mapa religioso inestable, se trata de articular una Nueva Evangelización, en línea con la tradición misionera de la vida eclesial. Para poder llevar a cabo esta tarea debe la Iglesia responder a cuatro grandes desafíos que estructuran su presente y futuro misionero: 1) La inculturación en el mundo moderno o posmoderno, secularizado y tentado de nihilismo. 2) La opción preferencial por los pobres, donde la vivencia de la fe supone la promoción de la justicia. 3) El diálogo interreligioso como colaboración y convivencia entre las religiones. 4) Una estructura eclesial construida desde el modelo de la comunión.

1.     La Iglesia y el mundo moderno

Sin duda la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno no está apaciguada. La realidad de la secularización y la indiferencia religiosa son síntomas de un grave desencuentro que empuja a plantearse en radicalidad una nueva evangelización. Los creyentes han de saber moverse en medio de sociedades plurales, donde las religiones han perdido el monopolio de las ofertas de sentido. La relación de la Iglesia con la laicidad es una asignatura pendiente, que no está reñida con su empeño evangelizador. La actitud de condena o sospecha ante el mundo moderno debe ser sustituida por un amor evangélico a los hombres y mujeres. Esto exige un nuevo esfuerzo de inculturación de la comunidad cristiana en estos contextos urbanos y globalizados. Se espera un talante de diálogo en que se valore el pluralismo, la libertad, la democracia, el nuevo papel de la mujer, una nueva antropología de la sexualidad. Sin duda, la gran tentación del mundo moderno es reducir la religión al ámbito de lo privado. La Iglesia debe hacer frente a esta situación con su empeño evangelizador. Pero el reto no consiste en restaurar un modelo de cristiandad por el que influía política  y socialmente. El talante evangelizador ha de estar preñado por la actitud de diálogo, de ofertar propuestas de humanización desde su experiencia religiosa, que ayuden a desarrollar y proteger la dignidad humana.

La labor de Juan Pablo II ha estado guiada por la defensa de la dignidad humana. Pero quizás sus raíces eslavas y su experiencia de los distintos totalitarismos, como el nazismo y el comunismo, le llevaron a añorar un régimen eclesial de cristiandad. Su empeño por la libertad quedó herido al no entender los derroteros secularizadores, incluso en su amada patria Polonia, tras la caída del telón de acero. Su promoción de los Derechos Humanos y de los procesos democráticos quedaba cuestionada por la falta de libertad dentro de la institución eclesial. Su empeño por dialogar con los jóvenes se encontraba con la deserción masiva por los jóvenes de la institución eclesial. Su defensa apasionada de la vida se bloqueaba ante su rígido magisterio en materia sexual y en el papel de las mujeres dentro de la Iglesia. Estos contrastes desafían hoy a la Iglesia a encontrar caminos adecuados para poder hacer posible su misión evangelizadora.

En este complejo pontificado se han alcanzado logros que hay que preservar, la defensa de la paz y condena de la guerra, el apostar por medios de acción multilaterales con instituciones como la ONU, la acción decidida por la libertad y los Derechos Humanos, la defensa de la vida, la denuncia de nuevas idolatrías, así como la oposición a privatizar la fe.

Muchas de las intuiciones e indicaciones del Concilio Vaticano II siguen siendo válidas, o están aún por desarrollar. La implementación de un Concilio es tarea de lustros y siglos. El Concilio apunta a que la Iglesia presente y proponga la experiencia de Dios de Jesucristo, no como algo que aconteció, sino como un acontecimiento que sigue aconteciendo. Se trata de recrear la experiencia del Fundador, haciéndola accesible a los hombres y mujeres de este mundo moderno. No se trata de acomodarse al mundo, pero sí de hacer accesible esta experiencia de salvación. Si algo hemos aprendido del posconcilio, es que la simple modernización de la Iglesia no basta para realizar su misión. Pues la secularización, la indiferencia religiosa, las tendencias nihilistas de la cultura actual suponen un reto que pide algo más que la simple modernización. He ahí un desafío difícil e ineludible.

2.     La opción preferencial por los pobres

La universalidad de la Iglesia católica ha contribuido a un enriquecimiento del cristianismo, a la construcción de una Iglesia cada vez más policéntrica y cada vez menos identificada con el cristianismo europeo y occidental. La experiencia y acción de las comunidades cristianas en continentes marcados por la pobreza y la injusticia han producido que la tradicional acción eclesial en favor de la caridad y la acción social, se articule en recobrar la opción preferencial por los pobres como núcleo esencial de la fe cristiana. La explicitación de la lucha por la justicia, la elaboración de una teología de la liberación que nace de la experiencia lacerante de la marginación y la injusticia, la encarnación en contextos de pobreza y marginación son desafíos a los que se pretende dar respuesta en la vida cristiana.

Juan Pablo II ha desarrollado un magisterio en materia social rico y sólido. Su lucha ante el materialismo marxista ha ido unida a su denuncia de un capitalismo deshumanizador. Su reflexión sobre el trabajo, la propiedad, la riqueza y la pobreza han enriquecido una Doctrina Social de la Iglesia actual y vigorosa. Su denuncia de los ídolos de siempre, que siguen produciendo víctimas, aciertan en el diagnóstico sobre los procesos de deshumanización que nos siguen rodeando. Ha contribuido a elevar la categoría de pecado estructural como una de las claves de toda moral cristiana.

Pero, de nuevo, los miedos del Pontífice le llevaron a realizar condenas inexplicables de la praxis y la teología de muchas comunidades cristianas comprometidas en procesos de liberación. El intento de domesticación de esta teología y de esta praxis se ha llevado a cabo con condenas de teólogos y, sobre todo, con la imposición de una jerarquía episcopal muchas veces insensible a estas realidades. Es verdad que la misma teología de la liberación se encuentra hoy en proceso de redefinición, no sólo por los obstáculos internos de la Iglesia. La nueva realidad social, tras el hundimiento de los países comunistas, la idealización de las supuestas comunidades de base, el traslado indebidamente realizado de diagnósticos válidos en unos contextos de subdesarrollo a otras sociedades más desarrolladas, el olvido de las mediaciones culturales y religiosas que llevaban a un reduccionismo en lo social, todo esto son hechos que hacen en la actualidad repensar la articulación de una teología de la liberación que de verdad ayude a restablecer la opción preferencial de los pobres en la Iglesia.

La dimensión social de la acción evangelizadora no es una dimensión más, se encuentra en el núcleo de su vivencia de fe. Intenta articular los propósitos y quehaceres de todas las comunidades e instituciones cristianas. Hay que apuntar que existe el peligro de caer en los mismos riesgos que apuntábamos con la moral sexual. La tentación de reducir todo a lo social, de moralizar en exceso la vida cristiana, son realidades que el hombre moderno rechaza y que no responden al mensaje evangélico. Pero el desafío de la injusticia, de la pobreza, el subdesarrollo, sigue constituyendo uno de los retos más ineludibles, y también difíciles con los que se encuentra la Iglesia de hoy. Poder hacer de la Iglesia un lugar donde el pobre se sienta en casa.

3.     El diálogo interreligioso

La globalización y la multiculturalidad nos hacen experimentar, como nunca, el pluralismo religioso y la convivencia entre las religiones. Sin duda nos encontramos en el inicio aún de un tipo de relación entre las diferentes religiones que aparece como prometedor, aunque no exento de dificultades. El encuentro entre religiones, el diálogo teológico, la colaboración por actuar a favor de la paz, la justicia, los Derechos Humanos, la conservación de la naturaleza, la dignidad humana, son acciones esperanzadoras, pero en muchas de ellas todavía nos encontramos en una fase muy inicial.

Sin duda, las acciones y gestos de Juan Pablo II han sido proféticos en esta materia. Sus encuentros de oración con otros líderes religiosos, la reconciliación con el judaísmo, el acercamiento al Islam, su magisterio ecuménico y sobre todo la petición de perdón por los atropellos cometidos en este campo por parte de la Iglesia. Esta realidad mueve a la Iglesia a un mayor esfuerzo de incultuaración, a deseuropeizar  la fisonomía del cristianismo. La teología ecuménica se ha de desarrollar con mayor empeño y vigor, flexibilizando la estructura eclesial, intensificando los encuentros entre los diferentes cristianos y fortaleciendo los diálogos teológicos. El mismo papel de la figura del obispo de Roma se ha apuntado como una de las cuestiones claves en que se han de dar pasos decisivos para recorrer un camino ecuménico responsable y audaz.

4.     Una Iglesia de comunión

La influencia de un pontífice se reconoce más en su labor como cabeza de la Iglesia, como obispo que nos preside en la caridad. Es inevitable que el cristianismo se institucionalice, como todo movimiento carismático. Pero la forma de institucionalización cambia a lo largo de la historia. La institucionalización ha de ayudar no a proteger poderes, privilegios e intereses, sino a poder hacer accesible a los hombres y mujeres de un tiempo histórico la experiencia de Dios, en este caso la que nos proporciona Jesucristo. Los hombres religiosos de todas las épocas saben que han de experimentar su fe en el interior de las instituciones religiosas, pero son plenamente conscientes que estas instituciones son relativas y susceptibles de reforma y cambio. La institucionalización de la Iglesia peca de los riesgos de toda institución moderna, la burocratización, el predominio de una racionalidad técnica y eficaz, la sobrevaloración de la mediación institucional, proporcionándole incluso una legitimación teológica, el control ortodoxo de la doctrina y las conductas. Es más, la Iglesia como institución sufre el desprestigio de toda institución moderna, su crisis es en parte la misma que todas las grandes instituciones en la modernidad.

El Vaticano II ha dejado diseñada una eclesiología de comunión que descansa sobre la consideración de los creyentes como pueblo de Dios y articula la relación entre las iglesias en la colegialidad. Este diseño eclesiológico está hoy bloqueado, ya que el pontificado de Juan Pablo II ha intensificado la tendencia de eclesiastización del cristianismo, con una divinización de lo que son meras estructuras institucionales. Sin duda su uso de los viajes, de los Medios de Comunicación Social y de su carisma supone una actualización y utilización de los modernos medios de evangelización. Pero el miedo a la inestabilidad, al pluralismo, a que la Iglesia entrase por derroteros de inseguridad y se sientiese acomplejada, le han llevado a reforzar una eclesiología más propia del Concilio Vaticano I, basada en la estructura jerárquica, la centralización y la ortodoxia. Es más, cuando parecía que el culto de la personalidad parecía desterrado tras la muerte de Pio XII, ha resurgido con fuerza en este último pontificado. El final de este Papa quizás haga urgente replantearse la cuestión de la dimisión del Papa o la de poner un límite de edad para el ejercicio de este ministerio.

Esta situación no sólo incide en la estructura eclesial, sino en las posibilidades que tiene la Iglesia en responder, desde la evangelización, a los retos anteriormente desarrollados. La falta de un desarrollo de la sinodalidad en el interior de la Iglesia como complemento de la jerarquía, el poco poder otorgado a los Sínodos, la descalificación de las conferencias episcopales, el centralismo curial, el proceso de nombramiento de los obispos, la prohibición de una opinión pública dentro de la Iglesia, son serias lagunas en una Iglesia que se entiende a sí misma como misterio de comunión. La falta de libertad en la discusión teológica ha llevado a procesos de descalificación de teólogos, carentes de toda garantía jurídica y eclesial.

El gran reto de esta Iglesia de comunión está en construir una Iglesia que sea mucho menos clerical y esté centrada en la realidad del laicado. Este proceso será lento y gradual, pero es inevitable que se den pasos decididos en esta dirección. Se han dado pasos, como los ministerios laicales, el apoyo a una mayor participación de la mujer, el crear estructuras de mayor corresponsabilidad. Pero las exigencias del momento piden quizás una mayor audacia en la configuración de una Iglesia laical. Sin duda, debe seguir existiendo el ministerio ordenado, pero quizás mucho menos clericalizado, ni restringido únicamente a varones célibes.

El espíritu sigue soplando donde quiere y como quiere, y el surgimiento de Nuevos Movimientos eclesiales suponen una riqueza para el carisma de la Iglesia. Pero el riesgo se encuentra en que se articulen desde un esquema clerical y jerárquico, y no colaboren a estructurar una Iglesia centrada en el Pueblo de Dios. Es un signo desconcertante la aparente marginación y desconfianza que ha sufrido la Vida Religiosa en el pontificado de Juan Pablo II. Su intervención de control y descalificación en el gobierno de la Compañía de Jesús sigue siendo un signo inquietante y paradigmático frente a esa realidad profética y carismática que constituye la Vida Religiosa al interior de la Iglesia.

El desbloqueo de la eclesiología apuntada por el Concilio Vaticano II sigue siendo uno de los grandes desafíos ineludibles del nuevo pontificado que se va a iniciar.

Todos estos desafíos apuntados señalan las luces y las sombras en el largo pontificado de Juan Pablo II, sin duda éste ha sido mucho más rico y complejo de lo aquí apuntado. Falta todavía perspectiva histórica para una adecuada valoración. Hemos apuntado los desafíos con los que se enfrenta la Iglesia al final de este pontificado. Retos serios y difíciles, pero la Iglesia los afronta con esperanza, pues la labor evangelizadora de la Iglesia está guiada y sustentada por el Espíritu Santo. Hoy nos sentimos urgidos por entender y configurar caminos para una Nueva Evangelización, ya que la experiencia del Dios de Jesucristo empuja a la Iglesia a seguir anunciando el evangelio. Es su única tarea. Terminamos con una frase de uno de los grandes obispos de este pontificado, creemos que enmarca de forma realista la labor de la Iglesia en el presente y en el futuro: “La Iglesia no satisface expectativas, sólo celebra Misterios” (Cardenal Martini).

 

Manuel Reus s.j.
Profesor de Teología, Universidad de Deusto
Abril de 2005




Inpresioak

Igande arratsalde honetan hitzen eta irudien jarioa oraindik ez da isildu. Eta egun batzutan ez da isilduko ere. Horregatik ezer esateak atrebentzia kutsu bat badu ere, ez nau horrek idaztera mugitzen, “kidetasunak” baizik. Eta harridurak.

Eliza Katolikoko kide izanik, Aita Santuaren heriotzak ez nau axolagabekerian uzten. Are gutxiago nire oroimen kontzienteen artean Juan Pablo II.ena lehenengo Aita Santua izanik eta horregatik nire lehen “heriotz pontifikala” egun hauetakoa izanda. Etorkizunari erreparatu aurretik, bitxikeri askorekin topo egin dut asteburu honetan.

Ez nuen pentsatzen 26 azken urteetan mundua hain aldatuta zegoenik. Baina hala da. Karol Wojtyla Vatikanora heldu zenetik gaur arte, munduko antolakuntza, harremanak, asko aldatu dira, baina baita, behintzat mendebaldean bizi garenon bizitzak, ere. Gure ohiturak, gure ekintzak, gure estiloa, gure ideiak, gure ziurtasunak, gure zalantzak... zeharo aldatuta daude. Aldaketa guzti hauek gutxika-gutxika, norbaitek egunero zertxobait aldatuko baligu bezala, joan dira azaltzen gure bizitzetan. Egon dira bai une deigarriak, egon dira ere gertaera azpimarragarriak, baina aldaketa ez da bakarrik “goi mailako” bizitzan adierazi, baizik eta egunerokotasunean ere izan du bere adierazpena. Eta hasiak dira esaten analistak, hauetariko aldaketa batzuk behintzat, Juan Pablo II zenaren eskutik heldu zaizkigula. Eta Poloniako herriak badu zer esanik, eta, hor ere, jarioa hasi baino ez da egin. Askatasuna eta demokraziaren suspertzailetzat dute Juan Pablo II.ena.

Baina badago, eta ez dakit Juan Pablo II.aren garaiaren ezaugarri baten adierazpen bat izan daitekeen, edo kontraesanak, edo behintzat kontrasteak, ezaugarri unibertsalagoa diren. Era batera edo bestera, oso deigarria izan da nola jokatu duen, bere Aita Santu izanaren garaian, bizitza pribaturako kriterio estuen gonbidapena, eta bizitza publikorako, edo giza bizitzarako, kriterio aurrerakoien proposamenekin. Gure gizarteak erabiltzen duen kontrako konbinaketa izanda, hain zuzen. Baina bai Polonian eta baita gure gizartean ere badaude, batzuk kontraesana bezala ikusten duguna, proposamen alternatibo gisara jasotzen dutenak. Eta zentzu horretan asko harritu nau ere ikusi eta entzundako mendebaldeko gazte ponpoxoek Erromako gotzainari eskaini dizkioten mirespen hitzak.

Ez dut argi Vatikanotik irteten den proposamena Ebanjelioarekiko lotura zuzena gordetzen duenik. Gizartearekin izandako elkarrizketa ostean aurkeztutako proposamena gustukoena izango nuke. Baia ni ez naiz elizako doktorea, ezta “doktoresa” ere.

Argi dut, ordea, Jesusen Ebanjelioak gizakiontzat Berri Ona izan behar duela. Poloniarrentzat, ponpoxoentzat eta beste guztiontzat, baina batipat, pobreentzat, ezinduentzat, tristeentzat, baztertuentzat. Eta hauei oraindik ez diegu entzun. Crónica de una muerte anunciada honetan ez dute tokirik izan. Vatikanoko protokoloak ez ditu aurreikusten, eta protokolo mediatikoari ez zaio interesatzen.

Etorkizuna ate joka dugu Elizan. Jesusengandik Jaungoikoagan fededun izaten ikasten dihardugunok, jakin badakigu, etorkizuna Jaungoikoaren esku dagoela. Hori da gure konfidantza, eta egun hauetan ere, gure itxaropena. Gustatuko litzaidake bai, Vatikanotik kanpo edo Vatikano barruan egongo garen fededun guztiok, Elizak duen altxorrik preziatuena fideltasunez eta zintzotasunez aldarrikatuko bagenu une paregabe honetan ere: Jaungoikoa guztion Aita-Ama izanik, mundu hau anai-arrebatasunean eraikitzen jarraitu behar dugula. Eta Eliza ere bai.


Marisabel Albizu
Probidentzia Kongregaziokoa
2005.eko apirila