ANÁLISIS DE ACTUALIDAD - NOVIEMBRE
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Pues bien, antes de la “fe y justicia” de la CG 32, en El Salvador, ya habían ocurrido muchas cosas. En 1972 los jesuitas tuvieron que abandonar la dirección del seminario por poner a producir las novedades de Medellín. En 1973 el Colegio Externado San José fue encausado oficialmente por el gobierno de la república por “enseñar marxismo” y “poner a los hijos en contra de sus padres”. En 1972 Rutilio Grande, con otros tres jesuitas, en Aguilares, zona campesina, denunció a los opresores, “hermanos caínes” los llamaba, y defendió a los campesinos, y en 1977 fue asesinado. Contra la UCA ya en 1971 comenzaron ataques fuertes y burdos: había denunciado el fraude electoral del 72, la opresión de la oligarquía y el ejército, y la estructura injusta del país, todo ello universitariamente, con estudios bien fundamentados sobre el tema. En 1976 explotó la primera de veinticinco bombas en el campus. La “fe y justicia” había comenzado.
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Con limitaciones y algunos errores, suponía una novedad radical dentro de la Compañía de Jesús, y no era fácil entenderlo. En Roma Arrupe no fue bien informado y pienso que tampoco fue bien asesorado, y quería frenar la nueva dirección que tomaban los jesuitas. Sugirió, por ejemplo, que el Padre Ellacuría se quedase en Madrid trabajando con Zubiri, lejos de El salvador. Y un año después de comenzar la maestría en teología, a finales de 1974 nos advirtió muy seriamente de la posibilidad de cerrarla. Fueron, pues, relaciones muy tensas con el Padre Arrupe, aunque creo que siempre con honradez de parte y parte. Pero todo cambió alrededor de 1976, y de ello pude tener experiencia de primera mano. Permítaseme, por ello, un recuerdo muy personal. |
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El Padre Arrupe nunca nos pidió, como suele ser habitual, "prudencia", lo que normalmente significa dar marcha atrás, abandonar a la gente, cobardía. |
A finales de junio de 1976, para mi sorpresa, Arrupe me llamó a Roma, pues quería hablar con un teólogo de la liberación, antes de hacer un viaje por América Latina. Durante una semana nos reuníamos un rato todos los días, 11 horas en total. Arrupe preguntaba y comentaba sobre muchas cosas, pero salía a cada paso el tema de “fe y justicia”, como problema importante en sí mismo y en relación con la provincia centroamericana. Ya he recordado algunas cosas importantes que pasaron. Varios de nosotros lo tomamos como un revivir la fe y la vocación, y muy novedosamente nos sentirnos parte de un pueblo pobre y oprimido. Pero también se generó una fuerte división y confrontación internas. Y hacia fuera, ya he dicho que arreció la difamación y la persecución. Ese era el contexto real de nuestras conversaciones, y Arrupe, obviamente, escuchaba con interés. Pero lo que más me llamó la atención es que hablaba con toda paz de todas estas cosas. Creo que, con mejor información, comprendió mejor las cosas. Se alegraba de los pasos que habíamos dado en Centroamérica, y las persecuciones le convencieron de que aquello debía ser cosa de Dios. Nos seguía advirtiendo de los peligros y los errores, y lo hacía como era su deber. Pero en la conversación fraternal se alegraba sobre todo de que pusiéramos a producir la “fe y justicia”. Los jesuitas creo que también llegamos a apreciar sus advertencias y críticas, y procuramos asumirlas.
Por coincidencia, esos días en la curia estaban entonces preparando los trámites para elevar a Provincia lo que era Vice-provincia independiente centroamericana. Y ocurrió algo que me emocionó. En la carta que acompañaba al cambio de status, Arrupe quería “pedir perdón” a los jesuitas de Centroamérica por las tensiones que había habido. Sus asistentes le disuadieron, pero, si no en el lenguaje, sí mantuvo el mensaje: había habido “malos entendidos”, pero la alegría es que se habían superado. Con mejor información, y con honradez e inmensa humildad Arrupe cambió su relación con nosotros, de lo que el P. Ellacuría hablaba con sencillez y con gran gozo. Espero que algo de esa honradez y humildad se contagiase también a nosotros.
Lo que acabo de recordar muestra la honradez y delicadeza de Arrupe, pero también explica cómo abordó él la lucha por la “fe y justicia”. Con cartas y reflexiones, ciertamente, pero sobre todo impulsándonos a seguir. De hecho seguimos adelante, procurando no caer en exageraciones ni errores. Desde 1976, que yo recuerde el Padre Arrupe nunca nos pidió, como suele ser habitual, “prudencia”, lo que normalmente significa dar marcha atrás, abandonar a la gente, cobardía. Tampoco nos pidió abandonar la teología de la liberación, tal como procurábamos enseñarla y ponerla a producir. No nos pidió plegarnos a las directrices de algunos jerarcas -que no faltaban- cuando eran contrarias a Medellín, lo que a nosotros, y sobre todo a él, le ocasionó muchos problemas. Desde entonces, la relación con el Padre Arrupe fue entrañable. Nos habíamos entendido, creo que profundamente. El nos ayudó con su modo de proceder, y quizás El Salvador también le ayudó a entender lo que él había promovido y guiado en la CG 32: la lucha crucial por “la fe y la justicia”. Como ocurre en el evangelio, creo que lo que más nos iluminó -y pienso que también a él- fue la cruz. Cuando empezaron a explotar bombas en nuestra casa, en la UCA y en el Colegio Externado, Arrupe nos escribió una carta y nos animó a seguir. Y con uno de esos gestos tan suyos, envió un donativo de cinco mil dólares como diciendo: “reparen cuanto antes los destrozos y sigan trabajando”.
En 1977 en Aguilares fue asesinado el Padre Rutilio. En el mes de junio todos los jesuitas fuimos amenazados de muerte por la Unión Guerrera Blanca si no salíamos del país en treinta días. Las calles se llenaban de octavillas: “Haga patria mate un cura”. Tampoco esto le asustó. “No salgan. Sigan en sus puestos”, vino a decir. Y él mismo quiso venir a visitarnos, pero los asistentes no se lo permitieron por los riesgos que eso suponía. Por lo que sé, siempre actuó así, en El Salvador y en todo el tercer mundo. En Nicaragua, en medio de inmensos problemas eclesiales, defendió “el apoyo crítico” de los jesuitas al sandinismo. Y la persecución no le arredró en absoluto. “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio”, dijeron los jesuitas en la CG 32, en las palabras más clarividentes, creo, que hemos dicho en muchos años. Así lo vio Arrupe.Pienso que para él ver surgir una Compañía un poco más parecida a Jesús de Nazaret y con numerosos mártires por la justicia fue una causa de alegría.

En dos cosas insistió siempre. Una era seriedad en el trabajo teórico y en la praxis de la fe y la justicia. La otra era la fundamental: el sensus Christi, la fe en el misterio de Dios: “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan inseguros”, dijo en medio de grandes turbulencias. No puso su corazón con ultimidad en nada que no fuese Dios. Lo que le asustaba no era el marxismo, sino no poner a Dios en el centro de nuestra vida y misión.
En una de las conversaciones del año 1976, el Padre Arrupe me preguntó si no me importaba que él me leyera una poesía que había hecho a Jesucristo el día del Corpus. Me quedé impactado y en silencio. Después le dije que sí, por supuesto. No recuerdo lo que decía en aquella poesía. Lo que sí recuerdo hasta el día de hoy es lo que sentí por dentro: “aquel hombre amaba de verdad a Jesucristo”. Hombres así son los que ayudan a estar en la lucha crucial de nuestro tiempo.
Para terminar, unas palabras “de santo a santo”. Monseñor Romero, en 1979, agobiado de serios problemas con las curias, fue a hablar y a consolarse con el Padre Arrupe. A la salida, dijo de él: “es un hombre muy santo”. Años después ya muy mermado de salud, en una entrevista que dio en la enfermería el periodista le preguntó por su recuerdo de Monseñor Romero. Y contestó: “era un santo”.
Esos días el Padre Arrupe estaba retirado en la enfermería de Roma, ya muy débil, pero se le notaba el cariño que sentía cuando le hablaban de los jesuitas centroamericanos. En agosto de 1989, pude visitarlo y me despedí de él diciéndole: “Padre Arrupe los jesuitas de Centroamérica le queremos mucho”. Se emocionó. El 16 de noviembre, el hermano Bandera, su enfermero durante 24 años, de la mejor manera que pudo, le comunicó la muerte de Juan Ramón y sus hermanos. Contó que el Padre Arrupe lloró.
Jon Sobrino
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