Y sin embargo, 136 años después de tu nacimiento y 57 tras tu muerte violenta tu filosofía de vida, amasada de pensamientos y acciones, convicciones y compromisos, me sigue llegando al corazón como una interpelación que intenta suscitar en cada persona lo mejor que Dios ha puesto en su interior: la capacidad de amar incondicionalmente, de amar renunciando a la violencia para no herir nunca al adversario – nunca enemigo – y de amar hasta el límite de dar la vida por las otras personas (Jn 15, 13).
Tu mensaje y tu vida llegaron a estar tan ligadas como tú mismo llegaste a unir fines y medios. Sólo se puede construir la justicia verdadera y la paz duradera a través del camino de la no-violencia. ¿Cuánta falta nos hace recordar palabras como éstas en un mundo radicalmente injusto y, por ello, lleno de violencias de todo tipo?
Intento repasar mi vida y me encuentro profundamente necesitado de esa convicción, interiorizada y encarnada en mi propia persona y en la de cada vez mayor número de personas. Sólo así iremos recorriendo un camino de reconciliación interior. Un proceso que vaya eliminando esas violencias íntimas que nos mantienen desagarrados por dentro. Un camino en el que, creciendo en capacidad de afrontar los conflictos de nuestro corazón, seamos más útiles para la utopía de la fraternidad, no por más sabios o por más comprometidos, sino por más auténticos, más reconciliados y con mayor capacidad para la empatía.
Porque esa transformación interior que tú trabajaste toda la vida, no la entendías sólo como un ejercicio de ascesis y de meditación, al servicio de una vida personal más profunda y menos coyuntural. Así afirmaste:
“Tenemos que conseguir que la verdad y la no-violencia sean asunto no sólo de prácticas individuales, sino de la práctica de grupos, comunidades y naciones” [3]
La extensión de esa cultura de no-violencia activa, comprometida y arriesgada para quien apuesta por ella puede alcanzar a colectivos amplios. Para ello, resulta de vital importancia la educación formal (escuelas y colegios) e informal (familias, grupos de tiempo libre, medios de comunicación social, etc.). Sólo con la contribución de todos estos agentes educativos podemos aspirar a una sociedad en la que la resolución de la inevitable conflictividad se produzca sin el recurso a ningún tipo de violencia.
Unas nuevas generaciones socializadas en la resolución no-violenta de cualquier conflicto podrán exigir de sus medios de comunicación social, de sus organizaciones, de sus representantes políticos y de sus administraciones públicas el progresivo e imparable despliegue de la cultura de paz en las relaciones interpersonales, en las sociales o en las políticas. Comenzando por las expresiones más trágicas: las injusticias globales que condena a la miseria a millones de personas. Siguiendo por esas otras que me son hoy físicamente más cercanas, como son el terrorismo de ETA o el originado por el fanatismo islámico. Sin olvidar todas esas realidades dramáticas y cotidianas que tienen que ver con la violencia doméstica, la precariedad laboral o la xenofobia con la que tratamos a las personas inmigrantes.
No se trata, en ningún caso, de tolerar la injusticia. No defendiste la pasividad frente al conflicto. No aceptaste el apartheid en Sudáfrica, la discriminación según el sistema de castas en la India o el colonialismo inglés. Pero recuperaste lo mejor de las tradiciones emancipadoras que en la humanidad se han dado: enfrentarse a todas esas situaciones u otras que puedan exigir una intervención liberadora oponiendo a la fuerza del que oprime la debilidad del oprimido, a su violencia la indefensión, a su cultura de muerte una cultura de vida, renunciando a entrar en su dinámica de destrucción y confrontándole con su propia conciencia. A nivel personal, colectivo y estructural.
Hay quien opina que toda esta estrategia que exige medios humanos, no-violentos y coherentes con los fines perseguidos es el sueño de alguien que murió, a la postre, asesinado. Hijo de una India que alcanzó la independencia fraccionándose en dos (hoy con Bangla Desh en tres) por no conseguirse un único país en el que musulmanes e hindúes pudieran convivir en paz. Pero ¿existe otra filosofía de vida mejor? Más allá de eficacias a corto plazo, ¿existe otra estrategia que pueda ser reconocida como plenamente humana y humanizadora?
Acabo esta carta recordando palabras tuyas que hoy sigue siendo necesario que nos repitamos una y otra vez.
“Si somos verdaderos seguidores de la verdad y de la no-violencia, Dios nos concederá la inteligencia necesaria para resolver los problemas. Tal adhesión a la verdad y a la no-violencia presupone la voluntad de comprender el punto de vista de nuestro adversario. Tenemos que hacer un sincero esfuerzo por entrar en su mente y comprender el punto de vista de nuestro adversario. Eso es lo que quiere decir que la no-violencia camina directamente hacia la boca de la violencia. Si estamos pertrechados con esta actitud mental, podemos esperar la propagación de los principios de la cultura de la no-violencia” [4]
Me despido desde esta tierra que tanto necesita de que esa cultura vaya perneando todos sus poros y contaminando todas las conciencias.
Pedro Luis Arias Ergueta
[1] Young India, 25 de agosto de 1921, p. 267.
[2] Harijan, 1 de mayo de 1937, p.93.
[3] Harijan, 2 de marzo de 1940, p.23.
[4] Harijan, 13 de mayo de 1939, p.12.