Bienaventuranzas: liberación y gratuidad – Jornadas de reflexión y oración

Análisis de actualidad - Enero 2006 (II)



Convocados por el Sector Social de la Compañía de Jesús en Loiola y la CVX, hemos compartido unos días de oración y celebración en torno al pasaje evangélico de las bienaventuranzas.
Bienaventuranzas: liberación y gratuidad. Para una generación de creyentes socializada en el compromiso, la militancia y el voluntarismo, el valor de la gratuidad resultaba especialmente significativo. En esta línea avanzaban las propuestas de reflexión y los testimonios ofrecidos.

No se trataba de invitar a personas expertas en espiritualidad y teología. La orientación ha sido, más bien, la de ayudarnos con alguna ponencia y testimonios aportados por los propios miembros del grupo. Hacer visible lo que vivimos, lo que nos preguntamos, lo que vamos descubriendo... Las notas que siguen intentan recoger algunos momentos y palabras. Ese tipo de palabras que suenan elocuentes porque se acercan a las fibras de la vida.

El texto de las bienaventuranzas nos extraña. Bienaventurados los pobres...  Pero ¿son realmente dichosos los pobres? El riesgo siempre presente de la utilización alienante de la fe, la palabra fácil, el pudor que produce hablar de la pobreza desde nuestra estabilidad nos provocaban una actitud de contención y de prudencia, y en algunas personas de abierta rebeldía... ¿Son dichosos los pobres, los sufrientes concretos que señalaba Jesús y que continúan siendo mayoría en el planeta? Las bienaventuranzas sintetizan la paradoja y la subversión del evangelio. No pueden dejar indiferentes.

Y es que, como se señaló desde la ponencia inicial, el texto conecta con la literatura sapiencial que busca el camino de la felicidad en el esfuerzo moral. Pero también con la literatura apocalíptica y la experiencia del exilio que constata con desgarro que los justos no siempre alcanzan la felicidad en esta vida. Chocamos con la lógica de las bienaventuranzas; se nos resiste su sentido; sentimos que nos estamos desviando al centrarnos en nuestra pobreza elegida y privilegiada, y descuidando la desgracia que se acumula en tantas y tantas cunetas de la vida... Tocamos el
misterio del Reino.

Sin embargo aquí radica la
originalidad de las bienaventuranzas de Jesús. En primer lugar, hacen visible la “realidad realmente existente” y nos enfrentan con el dolor de los sufrientes reales. Jesús habla de pobres con una concisión notable: los desheredados, hambrientos  y afligidos. En un mundo acostumbrado a volver el rostro, dotado de potentes mecanismos especializados en enmascarar la realidad, las bienaventuranzas desvelan lo que con tanta frecuencia intenta encubrirse. En segundo lugar, invierten la realidad. Pero no como utopía, sino en un lugar y un espacio bien concretos: las manos de Jesús que anuncian y liberan a los oprimidos; nuestras manos en cada gesto de liberación en la historia. Y, por último, nos hablan de un Dios de los pobres que actúa desde la debilidad.

Ante esta lucidez primera, aparecían
nuestras propias vidas. Si el sufrimiento y la escasez han pasado por nosotros/as, lo habrán hecho como anécdota. Pero en nuestra oración, al reconocernos débiles y pobres, al sentirnos vulnerables y ponernos en sus manos, descubrimos nuestra verdad y nos hacemos más cercanos a las personas. Crece sorprendentemente nuestra capacidad para acoger, haciendo brotar a nuestro alrededor la dignidad y la libertad. Alguien habló de una experiencia de pobreza personal, de un sentimiento de carencia casi completa. La cercanía y el cariño recibidos hicieron que su dignidad no sucumbiera. Es la experiencia de comunidad. El proyecto de fraternidad, justicia y paz al que los sufrientes reales nos siguen convocando. El proyecto en el que los afligidos son consolados, y los hambrientos saciados. Esperanza histórica, teñida de tensiones y de pasión, de cansancios y también de sueños.

En este proyecto hay un componente ineludible de
tarea. Esfuerzos, opciones, compromisos, coherencias... También incomprensiones sociales y rechazos que pueden llevarnos a incómodas debilidades y al desencanto. Quizá sean nuestra versión contemporánea de la persecución. A esta tarea estamos moldeados: muchas interpretaciones de la excelencia personal, del magis ignaciano, de la exigencia para poner a punto nuestros talentos... Exigencias y exigencias. Es nuestra historia y también nuestra interpelación: ¿Realmente estamos construyendo desde nuestra debilidad o desde nuestra grandeza? ¿Cuánta dependencia de los logros y éxitos tangibles, del reconocimiento de nuestra entrega, del afán de preeminencia se nos acaba colando por los poros inconscientes de nuestras vidas, tareas e instituciones?

Por eso necesitamos la dimensión del don. El regalo gratuito, la felicidad recibida. La liberación que muchas veces proviene de quienes no lo esperábamos. Pedimos a Adelaida, Eduardo y Blanca Esther que nos relataran el testimonio de su experiencia. No buscábamos gestos excepcionales ni heroicos. Desde distintos espacios y geografías – la comunidad de Loiolaetxea, El Salvador o la pastoral penitenciaria –han apostado por acercarse a la suerte de personas olvidadas y excluidas. Les pedimos que pusieran “historia” o “intrahistoria” a las palabras liberación y gratuidad.

Y escuchamos
palabras de esperanza. Nos hablaron de una convivencia con personas que sacaban lo mejor de una misma; del sorprendente sentimiento de ser perdonada sin merecerlo... Nos hablaron de unas vidas “sin fotos” –sin ningún apoyo familiar y social-  que relativizan nuestras propias heridas y dificultades... De la experiencia de ir perdiendo peso para quedarse sujeto a una sola ancla. De seguir siendo capaces de sufrir y de vivir, libres de mitos y absolutizaciones.

Ofrecemos el testimonio que
Adelaida Lacasta nos relató. Su experiencia en la comunidad de Loiolaetxea y sus palabras son el mejor acercamiento a ese camino de gratuidad y liberación que buscamos en las jornadas.




Loiolaetxea, relato de una bienaventuranza

Adelaida Lacasta
30 de diciembre de 2005 

Esta es mi historia, mi historia menuda y anónima.
Me atrevo a compartirla con vosotros y vosotras por si diera luz a alguna de vuestras tinieblas, por si pusiera palabra a algo de lo que habéis vivido o sentido. Pero más me gustaría que hubieran estado entre nosotros los verdaderos preferidos de Dios:
el que pelea por rehacer su vida con la mujer que le esperó todos estos años mientras estaba en prisión, el que extranjero en tierra de todos madruga cada mañana para enviar dinero a su familia al otro lado del estrecho, el que intenta luchar contra la droga que mata su cuerpo poco a poco pero que le ayuda a olvidar la miseria y el dolor de su corazón…
Dios está cerca de ellos.


DE DÓNDE PARTÍA


Llevaba una vida “tranquila”, como la de otra mucha gente, transcurría por los caminos andados y conocidos, bien asfaltados, seguros, con las preocupaciones cotidianas, sin sobresaltos. Era una persona honesta, cumplidora, responsable, buena trabajadora, buena hija y hermana, amiga fiel. Una vida austera por opción, pero con lo necesario, con lo que yo consideraba y justificaba imprescindible, nunca pasé hambre, ni necesidad física, nunca tuve frío ni dormí en la calle, siempre pude moverme y cruzar fronteras, nunca me faltó familia o personas que me quisieron y me consolaron en mis tristezas y soledades, amé y fui amada, aprendí y disfruté con lo aprendido, estudié lo que me gustaba y fui admirada y reconocida por mi trabajo, entregada a mis enfermos y a mis compañeros, exigente conmigo misma pero cómoda y segura después de tantos años en esa dura profesión, cuidándome de no herirme, justificado mi compromiso en atender a los enfermos.

Pero algo faltaba en mi vida, esa vida tan correcta, tan arreglada, tan asegurada, tan medida, tan modélica,... esa vida tan sin vida. Una y otra vez me removía al asomarme a un mundo de tanta injusticia y desigualdad, la realidad de dolor de tanta gente, el sufrimiento de pueblos y continentes enteros, pero también el de personas sin nombre en las esquinas de nuestras calles, alcohólicos entre cartones, jóvenes en los bajos de los camiones o ahogados en las aguas del Estrecho…

Intuía que mi felicidad, el auténtico camino a mi libertad estaba en los márgenes de esos caminos, junto a esa gente, en los senderos y veredas desconocidos, inseguros y arriesgados, a contracorriente, allá donde se terminaba el asfalto, a la intemperie,… Entre los que sufren, entre los pobres, con los débiles, con los que no tienen futuro, con los llamados pecadores, con los olvidados y despreciados por la sociedad.


UNA INVITACIÓN


Y quiso Dios bendecirme una vez más, y puso Loiolaetxea en mi camino. Y acogí, no sin miedo ni dudas ni resistencias, la invitación. Algo más fuerte que yo me movía a dejar mi comodidad y mi seguridad, a no aceptar los consejos sensatos y razonables de mi familia y mis amigos. Y tuve la osadía de cruzar la frontera de lo “políticamente correcto” para vivir una nueva vida bajo el mismo techo que hombres desconocidos, comer a la misma mesa y dormir bajo el mismo techo que presos, toxicómanos, sinpapeles, alcohólicos, gente de la calle… y caminar con ellos hacia lugares desconocidos, incómodos, ásperos, sucios, inseguros… Pero desde la misma noche que me asomé por primera vez, tuve la certeza de que junto a ellos andaba mi verdadera vida, mi libertad, mi felicidad, me sentía como en casa.


A UN CAMINO DE GRATUIDAD…


Cada mañana me levantaba para ir al hospital. En la cocina me encontraba con los que madrugaban para ir al taller o al trabajo. Yo tengo muy mal despertar y solían hacerme reir mientras tomábamos un rápido vaso de leche y pan con aceite. De vuelta por la tarde siempre había alguien que entraba o salia de casa, y yo entre ellos, quería dejarme tocar y rozar por sus vidas, mezclarme, me dejaba decir y cuestionar. Con ellos y gracias a ellos tenía que ser yo misma, no valían disfraces. Ya no valían privilegios ni títulos ni conocimiento. Mi tiempo ya no era mío, me pedían ser más que estar, escuchar más que decir, me miraban y yo me dejaba mirar, me hacían mejor, sacaban lo mejor de mí misma.

Una y otra vez confirmaba mi deseo: era con esta gente con quien quería madrugar, desde dónde ir al trabajo, con quién quería compartir la cena y el descanso. Fui haciendo mías sus ocupaciones y preocupaciones, sus dificultades económicas, la lejanía de sus familias, la identidad perdida. Poco a poco fui haciendo mías sus vidas, con todo su dolor, pero también con toda su fuerza e intensidad, con toda su capacidad para disfrutar, para reir, con todo su coraje, y su lucha, y su dignidad recuperada .

Empezaba a no haber buenos y malos, sociales y asociales, libres y presos. Y así fui creciendo en sencillez, en misericordia, en cariño, en capacidad de escuchar, de perdonar, en dejarme yo también querer y perdonar, en saberme vulnerable como ellos, en intentar ver y sentir desde el otro, en buscar el bien del otro y no el mío, no sólo en casa con ellos, sino que invadía también otros espacios de mi vida, mi relación con los enfermos, con mi familia... Era otra mirada diferente del mundo.

Lo que no sabía entonces es que ese camino estaría también transido por tanto dolor, por el sinsentido, por la dificultad, por el cansancio… antes de alcanzar la felicidad prometida. Qué difícil mantenerme cuando empezaron a ser míos el sufrimiento y la preocupación de mis amigos, cómo poder acompañarles en las dificultades sin sentir yo también el dolor del fracaso y la impotencia de no poder cambiar algunas cosas, la soledad y el cansancio de ser para los demás, el vértigo de a veces no ver el horizonte. No veia en qué ayudaba esto tan pequeño y tan cotidiano en lo qué andábamos en la transformación del mundo.

Loiolaetxea me ponía cara a cara con mis propias heridas, las que ya creía curadas, mis fracasos, mi necesidad de sentirme querida y reconocida, mi exigencia de cariño y aliento, y paradójicamente mi dificultad para dejarme querer y agradecer. Mi sentimiento de culpa por saberme peor que muchos de los que pasaban por casa, y mi rabia al sentirme perdonada sin merecerlo. Mi continua tentación de abandonar Loiolaetxea para no seguir doliéndome, por orgullo, porque veia y sentía que a pesar de todo el mal que hacía se me daba una nueva oportunidad.

Tiempo de mantenerme ahí, en mi primera opción, tiempo de crecer en humildad y aprender a estar en servicio sin esperar reconocimiento, tiempo de agradecer lo recibido una y otra vez gratuitamente.

Porque ahí, en ese vacío, es donde Dios comenzó a sembrar semillas de liberación, de bienaventuranza.


… Y DE LIBERACIÓN

La fuerza y el aliento lo encontré en los rostros, y las palabras , y las vidas de los que pasaban por casa. Su resistencia, su coraje, su alegría a pesar de todo, su amor a la vida... eran mi verdad. Me acogieron así como soy, una de tantos, también con mi cansancio y mi fragilidad, dejé de intentar esforzarme por estar bien para ellos. Ellos no me querían bien, me querían como soy. Y me entregué. A la misma altura, de igual a igual, pecadora, indigna de ellos, dónde esperaba dar recibía, dónde creía enseñar aprendía, dónde iba a alegrar recibía consuelo y cuidado.

Sigo sintiendo como ese primer día que me asomé, como esa primera noche que dormí bajo ese techo: Loiolaetxea en mi vida ha sido y es una verdadera bendición de la que no me siento digna.

Necesito como el aire vivir junto con los que la sociedad desprecia. Necesito decirles y que me digan. Necesito que ese sea el hogar y la gente desde la que miro el mundo. Es ahí, paradójicamente, entre presos, entre toxicómanos, entre alcohólicos…entre hombres y mujeres heridos como yo, donde se me regala la vida.

Necesito vivir, caminar y luchar junto a vosotros, los que tenéis hambre de justicia y sed de paz, los que hacéis de la misericordia vuestra palabra y vuestro gesto, los que madrugáis para acompañar al taller o al trabajo al que llevaba años sin horarios, los que pensáis y caviláis como transformar las estructuras de injusticia, los que simplemente perdéis el tiempo en los patios de la cárcel junto a los presos, los que sentís la presencia y la fuerza del reino de Dios en lo aparentemente pequeño y silencioso.

A pesar del dolor y la dificultad, ahí está nuestra felicidad y nuestra bienaventuranza compartida.