Reseña biográfica de Ignacio Ellacuría [1]


En Ellacuría encontramos una inteligencia
apasionada por la justicia.
Pero no se trata de un interés entre otros,
en Ellacuría no hay en primer lugar un interés teórico
ni tampoco una pasión por la libertad,
sino en la medida en que eran camino o consecuencia
de la búsqueda y realización de la justicia.
 


Juan Antonio Senent de Frutos

Fue en Portugalete, Bizkaia, donde nació Ignacio Ellacuría, un 9 de noviembre de 1930, en el seno de una familia de cuatro hermanos. Recibió la educación primaria en el mismo Portugalete, pero su bachillerato lo realizó en Tudela, Navarra, en el Colegio de los Jesuitas.

Muy joven, a la edad de 16 años, ingresó en Loyola en el Noviciado de la Compañía de Jesús. Y dos años más tarde se ofreció como voluntario para ir a El Salvador, al noviciado de Santa Tecla, donde tuvo por maestro al P. Miguel Elizondo. El P. Elizondo era un hombre abierto, avanzado para su tiempo y de profunda espiritualidad, que supo aligerar las rigideces de la vida religiosa de aquel momento histórico, para confrontar a sus novicios con Jesucristo por medio de los Ejercicios. Quiso también adaptarlos a la peculiaridad de la cultura Centroamericana, permitiendo incluso que jugaran al fútbol sin sotana, algo impensable en su tiempo.

En 1949 marchó a Quito a estudiar humanidades y filosofía, junto a otros muchos compañeros jesuitas suyos de la Provincia Centroamericana. Si la biografía de un hombre pudiera recogerse a través de sus encuentros con seres humanos que le han influido y dejado una profunda huella, en esta etapa ecuatoriana de Ignacio deberíamos destacar la figura de dos personas: el P. Aurelio Espinoza Pólit y el P. Ángel Martínez. Del primero, autoridad mundial en humanidades, recibió la pasión por enseñar desentrañando la vida que se colaba por las tesis filosóficas clásicas, a veces tan frías, y con la creatividad que agita la literatura griega. El segundo, un poeta navarro destacado en la lírica nicaragüense, le impactó por la síntesis personal entre su pensamiento y su obra: “por eso estoy deseando más y más cartas suyas, que me dicen muchas cosas que también son mías, pero que yo no sé decirlas si usted no me las despierta dentro”[2]. En 1955 abandonó Quito con su título de licenciado en filosofía, para continuar con una nueva etapa de formación, esta vez el “magisterio”, que realizó en el Seminario de El Salvador.

En 1958 continúa con sus estudios, esta vez teológicos, en Innsbruck, Austria. Nunca habló con gran entusiasmo de aquella etapa, exceptuando su valoración de Karl Rahner, profesor en aquel entonces de dogmática, asesor del Concilio Vaticano II y figura señera de la teología católica del s. XX. De él aprendió el valor teológico central de la cristología y la necesidad de unir la investigación teológica a la realidad humana. El sentido de la teología para Rahner no es servirse a sí misma, sino ofrecer relevancia vital, ser portadora auténtica de Buena Noticia, a cuyo servicio se encuentra, algo que Ignacio no olvidaría. En 1961 fue ordenado sacerdote en Bilbao.

Ese mismo año visitó a Xavier Zubiri por primera vez en Madrid, a quien pediría que dirigiera su tesis doctoral en filosofía, algo a lo que accedió excepcionalmente. Ignacio veía en él “un modelo de juntura entre lo clásico y lo moderno, entre lo esencial y lo existencial”[3]. Su tesis doctoral llevará por título La principialidad de la esencia en X. Zubiri. Durante aquellos años de 1962 a 1965 Ellacuría se convirtió en un interlocutor insustituible para Zubiri, más tarde continuador de su obra y, junto a Diego Gracia, su mejor alumno. Zubiri necesitaba de Ellacuría para publicar sus obras e impartir cursos. Su conversación y contraste le confirmaban y animaban: “Me resulta imprescindible e insustituible. Nadie como usted está tan compenetrado conmigo, y sólo en usted tengo depositada mi plena confianza”[4]. Desde 1967, en que ingresó en la sociedad de Estudios y Publicaciones que le pagaba el viaje, viviendo ya en El Salvador, pasaba todos los años entre dos y cuatro meses en Madrid junto a su maestro, estudiando y ayudándole a publicar. Fruto de aquellos años llegó la trilogía Inteligencia sentiente, Inteligencia y logos, Inteligencia y razón. A la muerte de Zubiri, en 1983, Ignacio asume la dirección del Seminario X. Zubiri y queda como heredero intelectual de su obra.

Completó su formación jesuítica en Dublín, donde realizó su tercera probación y que le permitió pronunciar su profesión solemne el 2 de febrero de 1965 en Portugalete. En 1967 se incorpora a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, UCA. En 1973 publica Teología política, que lo sitúa en el entorno de la teología de la liberación, y que lo confirma como intelectual comprometido con la realidad, como pensador que pretende unir reflexión e influencia social. En 1976 asume la dirección de la revista ECA, Estudios Centroamericanos, desde la que hablará con valentía sobre la realidad del país. Uno de los momentos clave se produjo con la publicación de un artículo que llevaba por título A sus órdenes, mi capital[5], dirigido al Presidente Molina, en el que criticaba al Gobierno por haberse echado atrás en su reforma agraria: “el Gobierno ha cedido, el Gobierno se ha sometido, el Gobierno ha obedecido. Después de tantos aspavientos de previsión, de fuerza, de decisión, ha acabado diciendo: A sus órdenes, mi capital”. Aquel artículo costó a la UCA la supresión de la ayuda económica que recibía del gobierno.

En 1977, en la ofensiva contra religiosos que se desató en el país –todos los jesuitas son amenazados de muerte desde el 12 de marzo de 1977–, cayó asesinado el jesuita Rutilio Grande, un acontecimiento decisivo para el compromiso de Monseñor Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, que se convertiría en la voz más crítica y más escuchada del país y que sería abatido por las balas el 24 de marzo de 1980. La vida de Romero, su conversión a la causa de los pobres por obra de la fe, impactó enormemente en Ellacuría, nuevamente estremecido por una vida entregada a la denuncia profética y al desvelamiento de la verdad.

En 1980 comienza una larga guerra civil de 12 años, con un enfrentamiento continuo entre el FMLN -Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional- y el Gobierno. Desde 1981 Ignacio plantea públicamente una salida negociada al conflicto salvadoreño, una pretensión que no abandonaría hasta su muerte. Pronto publicaría también Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, en 1984, en la que propone un papel para la Iglesia.

En 1985 participa, junto al Arzobispo Rivera Damas, en el canje de la hija del Presidente Duarte por 22 presos políticos y 101 heridos de guerra. Este papel mediador le proporciona una capacidad inédita de diálogo e influjo con las partes en contienda. Ese mismo año abre en la UCA la Cátedra de la Realidad Nacional en la que invitaba a personalidades políticas, religiosas, sindicales... a opinar sobre temas candentes. Este auditorio multiplica el alcance de su voz. Cuando él interviene, la sala se llena. Así pasa a adquirir una relevancia pública cada vez mayor, reclamado en Congresos extranjeros y frecuentemente presente ante las cámaras de televisión.

En aquel tiempo desarrolla su tesis sobre la tercera fuerza, criticada por la guerrilla revolucionaria al considerar que pretendía desinflar su vitalidad y abrir la puerta al reformismo capitalista. Él abogaba por una fuerza que rompiera con el esquema de explotación y opresión, acabando así con la injusticia estructural a la que respondía con violencia el movimiento revolucionario.

A mediados de 1989 asciende al poder Cristiani. Con su llegada se abren esperanzas de un cambio en la postura del Gobierno en relación al diálogo. Ellacuría llega a afirmar en un artículo de la revista ECA que “se va consolidando en el gobierno la línea civilista de Cristiani, frente a la línea militarista de D’Aubuisson y la línea escuadronista de cabeza clandestina”[6]. Sin embargo, por primera vez comenzó a decir que ahora sí podía pasar, refiriéndose al asesinato, algo que no había considerado posible en 1980, cuando se desató la violencia que segó la vida de Romero y que se saldó con varias bombas explotadas en la Universidad y un ametrallamiento en  la residencia  de los jesuitas con más de 100 impactos. La relación de ARENA –partido de Cristiani– con EE. UU. era diferente a la anterior etapa, y ahora se podían producir acontecimientos que anteriormente el gigante del Norte no habría permitido.

A primeros de noviembre Ellacuría recibió en Barcelona el premio de la Fundación Comín y regresó a la UCA el 13 de noviembre. La guerra había invadido la ciudad. Allí enseñó a sus compañeros el dinero recibido que llevaba en el bolsillo. Aquel lunes estaba presente en la comunidad la noche en que los soldados la catearon. No interpretó que aquel cateo supusiera un reconocimiento previo. Pensó que no debían ocultarse para no sugerir que hubieran hecho algo malo. Pero se equivocó. El 16 de noviembre el propio Ejército Nacional entró en la Universidad, donde lo asesinó, junto a todas las personas que estaban en la comunidad aquella noche, sus compañeros jesuitas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Armando López, Juan Ramón Moreno, y Joaquín López y López, así como Elba Julia Ramos, que trabajaba en la comunidad, y su hija Celina.

Su vida es expresión de un intelectual para la liberación, como expresión histórica de la Buena Noticia anunciada por el Evangelio, en el que la causa de los pobres, en contra de los oligarcas, militares y poderosos, tenía prioridad sobre el avance del conocimiento. Un compromiso que le costó la vida.

Centro Social Ignacio Ellacuría

Abril de 2004


[1] Esta reseña es deudora fundamentalmente del libro Jon Sobrino, R. Alvarado (Eds), Ignacio Ellacuría, “aquella libertad esclarecida”, Sal Terrae, Santander, 1999.
[2] Carta a Ángel Martínez, julio de 1954, en Escritos filosóficos, I, San Salvador, 1996.
[3] Carta del 3 de octubre de 1961.
[4] Carta de 29 de enero de 1967.
[5] ECA (1976), 637–643.
[6] ECA (1989), 633.
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