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El bosque genealógico: |
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la aceptación de nuestra diversidad |
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Las presentes líneas describen la experiencia que hemos vivido en el seminario "Ciudadanía e Identidad" y dan un sentido de fondo a las herramientas de trabajo que este cuaderno presenta: por una parte, una propuesta educativa que ya hemos aplicado con satisfacción en nuestras aulas; y, por otra, una serie de recursos para grupos adultos que quieran animarse a seguir nuestros pasos. Proponemos una comprensión enriquecedora de nuestra diversidad cultural e invitamos a una experiencia de aceptación y reconocimiento de la pluralidad de nuestras pertenencias. Nuestras palabras recogerán una experiencia particular en la que hay mucho de intuición y de posibilidades vislumbradas... |
1. La experiencia del seminario "Ciudadanía e Identidad"
El seminario "Ciudadanía e Identidad" nos convocó a personas con recorridos vitales variados, con identidades culturales diversas, con sensibilidades políticas que bien pueden reflejar la pluralidad ideológica que define nuestra sociedad. Provenimos de ciudades y pueblos representativos de la complejidad sociolingüística vasca, y hay quienes han preferido expresarse en euskera y quienes lo han hecho en castellano... La variedad y la diferencia se nos han presentado, casi desde el momento de conocernos, más como oportunidad que como obstáculo. Y esta disposición ha facilitado sin duda nuestro recorrido.
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Ha sido Eibar el lugar en el que nos hemos venido encontrando, un escenario que ha acogido las tradiciones culturales y políticas que vertebran la historia de nuestro país. Fábricas y paisaje rural, barrios que remontan las laderas y un río soterrado por el asfalto... En esta síntesis de nuestra geografía hemos vivido la experiencia que ahora queremos dar a conocer. Buscábamos un espacio de reflexión que nos permitiera mirar con serenidad los acontecimientos que vivimos en nuestra tierra, y nos ayudara a racionalizar nuestras reacciones y las que percibimos en nuestro entorno. |
Nos animaba también la búsqueda de un espacio de encuentro, la exploración de acuerdos y consensos que, en el transcurrir cotidiano de nuestras vidas, no suelen encontrar el clima y los cauces necesarios |
Pero nos animaba también la búsqueda de un espacio de encuentro, la exploración de acuerdos y consensos que, en el transcurrir cotidiano de nuestras vidas, no suelen encontrar el clima y los cauces necesarios. Es frecuente en nuestro país que las conversaciones políticas sigan unas reglas que hemos venido inconscientemente asumiendo, unas normas latentes para evitar tensiones e incomodidades: medir con quién se habla y hasta dónde conviene expresarse. La búsqueda de espacios de comunicación, escucha y reflexión constituía una sentida necesidad con la que todos nos acercábamos.
¿Qué itinerario hemos recorrido? Nos asomamos, en primer lugar, a los últimos doscientos años de nuestra historia para constatar que no existe un relato consensuado ni una comprensión compartida de nuestra realidad. Ante nosotros aparecieron las heridas que han hecho que nos posicionemos unos junto a otros y frente a otros. Este recorrido por la historia revelaba la presencia de una relación problemática entre el derecho a la diferencia -ligado al concepto de identidad- y la universalidad e igualdad -vinculadas a la ciudadanía-.
Nos propusimos entonces profundizar en esta relación, acercándonos a la reflexión ética y la teoría política, y dirigiendo la mirada hacia otras latitudes que pudieran iluminarnos. Mientras tanto, la actualidad política evidenciaba que las ideas que debatíamos latían de manera muy significativa en las diferentes propuestas y en las críticas que suscitaban. La articulación entre el derecho a la diferencia y la ciudadanía universal ha constituido, por tanto, el hilo conductor de nuestra reflexión.
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Pero se nos pidió algo más. La metodología del seminario nos invitaba también a compartir una experiencia personal: el relato de nuestra propia identidad. Un texto de Amin Maalouf[1], Identidades asesinas , en el que el autor examina la construcción dinámica de sus identificaciones, nos aportaba el modelo sugerente con el que orientar nuestra propia elaboración. A partir de la herencia recibida -en este país donde la complejidad viene entrelazándose desde las generaciones que nos preceden- hemos ido integrando los elementos que definen nuestra identidad. Herencia e integración, adquisición de nuevos elementos y reacción ante las amenazas y faltas de reconocimiento que han podido aparecer por el camino... |
Pero se nos pidió algo más. La metodología del seminario nos invitaba también a compartir una experiencia personal: el relato de nuestra propia identidad |
La configuración de este bosque de genealogías ha sido, sin duda, la experiencia más rica y sorprendente de nuestro seminario. Y la que justifica, en buena medida, la convicción con la que animamos a seguir estos pasos.
2. Bastantes dificultades y una sorpresa
La dificultad de los temas que se nos proponían para la reflexión era evidente desde el primer encuentro. Nadie desconocía que carecemos de una historia compartida y que las interpretaciones sobre nuestra realidad son tantas y tan variadas como las sensibilidades entre las que convivimos. Incluso percibimos en nuestro entorno una extendida sensación de decepción: ¿para qué hablar con quienes piensan y sienten diferente? Hablamos con quienes comparten nuestra propia interpretación, para reafirmar convicciones, o expresar la perplejidad y el desengaño. Pura catarsis. Callamos para convivir, para evitar tensiones con tantas personas con las que compartimos lazos familiares y toda suerte de relaciones sociales.
No es poco haber reflexionado juntos, de manera libre y abierta, personas de tan variada sensibilidad. No es poco haberlo hecho aunque el diálogo nos haya llevado, en muchas ocaciones, a la mera constatación razonada de nuestras diferencias. Sin embargo, estas dificultades las hemos sentido juntos, y juntos también hemos llegado a formular los mecanismos que se instalan en el lenguaje de la reflexión y las ideas. Nos hemos descubierto cautelosos ante el contraste, en actitud defensiva cuando los textos nos hablaban en términos con los que no acabábamos de identificarnos. Desde una sensibilidad nacionalista, las palabras 'individuo' y 'estado' reclaman inmediatamente la presencia de los 'pueblos' y las 'naciones'... Desde una sensibilidad no nacionalista, los términos 'comunidad' y 'territorio' levantan rápidamente la sospecha de egoísmo colectivo o de invasión de la libertad de los individuos. No es que no sean importantes los matices, o que nuestras formulaciones no requieran del aporte crítico de otras sensibilidades... Lo que nos estaba ocurriendo era que el mero sonido de ciertas palabras cerraba el texto y su mensaje. En lo ideológico tendemos a la rigidez.
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Sin embargo, y ésta ha sido nuestra sorpresa, ningún vestigio de esa rigidez se manifestaba cuando escuchábamos el relato de identidad de las personas del grupo. Y somos muy distintos: nuestros orígenes, identificaciones y elecciones aparecían como un mosaico vivo de los debates históricos que habíamos mantenido. |
Sin embargo, y ésta ha sido nuestra sorpresa, ningún vestigio de esa rigidez se manifestaba cuando escuchábamos el relato de identidad de las personas del grupo |
Estaban allí, ante nuestros ojos, en nuestros abuelos, en los acontecimientos que habían vivido nuestras familias y en las opciones que habíamos ido asumiendo. Sin embargo, había cambiado nuestra forma de escuchar el sonido de las palabras. Dejábamos al otro ser lo que era, prestábamos atención a las palabras que elegía para entender su recorrido y sus elecciones, captábamos la experiencia de su búsqueda y la riqueza de su complejidad... Mientras las ideas nos distancian y nos delimitan -no deja de resultar llamativa la terminología de frontera con la que nos autocalificamos: 'nacionalista'/ 'no-nacionalista'-, el relato de nuestras identidades permitía experimentar nuestra semejanza como seres humanos vulnerables y en búsqueda.
Ésta ha sido nuestra sorpresa. Construir país: ¿no era precisamente esto lo que estábamos haciendo, vincularnos unos a otros, aceptar lo que somos creando lazos de reconocimiento?
3. Orientación de nuestra propuesta
El recorrido que hemos relatado, con sus dificultades y descubrimientos, ha ido abordando desde diferentes perspectivas el conflicto entre nuestras identidades culturales y las aspiraciones políticas que, en buena parte, quedan a ellas vinculadas. Al aparecer el término 'conflicto' creemos conveniente clarificar los presupuestos éticos de los que partimos.
La necesidad de distinguir entre dos conflictos diferenciados a) Para un determinado sector social, el término 'conflicto' no resulta adecuado para definir nuestra realidad y se tiende a desterrar su utilización. El problema que vivimos en nuestra tierra se reduciría estrictamente a que un grupo de la sociedad -el mundo de ETA y sus ramificaciones- no acepta las reglas del juego democrático constitucional, generando una violencia terrorista que no debe ser calificada de política. Un comportamiento coordinado de la ciudadanía y el trabajo de las instituciones públicas serían los instrumentos para derrotar el terrorismo sin ningún tipo de concesión. Nos situamos en esta última posición porque la distinción entre conflictos permite expresar con claridad una doble evaluación moral:
Un acercamiento a la realidad social y política de nuestro país revela con claridad que no comprendemos de la misma manera el término 'conflicto'. Siguendo a Xabier Etxeberria[2], describimos las concepciones que pueden detectarse para enunciar, a partir de ellas, nuestras propias convicciones:
b) Avanzando en esta misma dirección, hay quienes aceptan que existe también una conflictividad entre los nacionalistas vascos y los no nacionalistas. Pero tienden a trasladar la responsabilidad del conflicto al nacionalismo vasco, cuya interpretación del problema y actuación política estaría estimulando la continuidad del terrorismo de ETA. El nacionalismo vasco sería excluyente y proviolento por su propia naturaleza, y a él deberían enfrentarse todos los demócratas constitucionalistas para vencerlo electoralmente.
c) En las antípodas de las posiciones anteriores, otro sector de nuestra sociedad destaca que el conflicto inicial sería el que enfrenta al Estado dominador -español y francés- con Euskal Herria. Este dominio quebrantaría los derechos legítimos de la nación vasca y habría generado una reacción defensiva con todas sus manifestaciones de violencia. En este espacio social conviven diferentes percepciones de la violencia, desde su justificación como violencia defensiva, hasta distanciamientos éticos que mantienen sin embargo la comprensión reactiva del fenómeno de ETA.
d) Hay un último sector que entiende que es necesario distinguir entre dos conflictos diferenciados: el conflicto violento del terrorismo y el conflicto de las identidades nacionales. Aunque ambos elementos se solapen en la autocomprensión de ciertos sectores de nuestra sociedad, se subraya la conveniencia de separarlos cuanto se pueda, tanto en los planteamientos y diseños políticos como en su evaluación moral. Aquí se situaría un amplio sector de nacionalismo vasco que, no solamente no asume la estrategia violenta, sino que la rechaza y combate de manera expresa, y también personas que, afirmando su identidad también española, asumirían la legitimidad de la autoafirmación nacional vasca, aun cuando disientan de las vías y procesos políticos del nacionalismo.
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Llevamos años percibiendo nuestro conflicto identitario con cansancio, como un problema enquistado,como cauce por el que drenamos todas las dificultades de la convivencia y la política... |
Así mismo, las víctimas inocentes reclaman de todos nosotros firmeza y unidad en la deslegitimación de la historia de la violencia: supondría una nueva agresión hacia ellas todo planteamiento que considerara que su sufrimiento estuvo en algún sentido justificado. Esta misma sensibilidad que nos debe unir exige también que las respuestas coactivas del Estado queden escrupulosamente en el marco del respeto a los derechos humanos.
2. Si la violencia queda en el terreno de la inmoralidad, resulta en cambio completamente legítima la defensa pública de proyectos políticos que parten de un conflicto entre identidades culturales diferenciadas. Durante décadas se ha esgrimido contra el terrorismo de ETA que cualquier proyecto político era defendible mediante la palabra. El enrarecimiento partidista de los últimos años ha empañado lo que nunca tenía que haber dejado de ser un espacio común afianzado. Parece saludable, en nuestras circunstancias, reconocer la conflictividad identitaria que viene acompañándonos en la historia reciente y enfocarla del modo más humanizador del que seamos capaces. Porque los conflictos forman parte de la configuración social del ser humano y es en su resolución donde nos jugamos desplegar lo mejor de nosotros mismos o destruirnos.
La riqueza de nuestra diversidad: un reto educativo y social
Nuestro conflicto identitario tiene que dejar de ser el lastre con el que hemos de convivir. Llevamos años percibiéndolo con cansancio, como un problema enquistado del que nos desahogamos con los cercanos y los íntimos, como cauce por el que drenamos todas las dificultades de la convivencia y la política... ¡Qué complicados somos! ¡Qué difícil entendernos! ¡Qué lío de bilingüismo! ¡Qué asco de país y qué tranquilos viven otros! Recientemente, el programa de EITB Vaya semanita ha abierto la posibilidad de reírnos de nosotros mismos y acoger nuestro carácter obsesivo como otro más de nuestros rasgos idiosincráticos. Son muchas las personas que confiesan una sensación liberadora con las peripecias de los Santxez... Es como si un sentimiento social larvado comenzara a buscar su salida hacia la superficie.
La experiencia que queremos transmitir se enmarca en en este contexto de oportunidades. Y nuestra mirada se ha dirigido a la realidad cotidiana de nuestras aulas. Compartimos aquí dos reflexiones que nos han acompañado durantes estos años:
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En nuestro seminario hemos experimentado que el encuentro con el diferente ofrece un camino para aceptar nuestra historia personal, asumir y formular nuestras propias parálisis semánticas e ideológicas, y construir desde el reconocimiento otra imagen de lo que en verdad somos. Reconocer lo que de verdad somos: todo un reto para el diseño de proyectos educativos que aborden con ilusión la curación de nuestras heridas. Hemos comenzado ya a reírnos un poco y a desdramatizar nuestras obsesiones. Puede ser el momento, porque, en palabras de Imanol Zubero, "frente a la talibanización de quienes se empeñan en amontonar sus afiliaciones hasta reducirlas a una sola, la mayoría de las vascas y de los vascos llevamos años degustando la diversidad de nuestras pertenencias. Y no deberíamos renunciar a ninguna de ellas. Salvo que absurdamente pretendamos ser, cada vez más, lo que no somos"[3].
2. Y una segunda reflexión que, al menos a nosotros, nos ha ofrecido ánimos. No tenemos por qué seguir abordando nuestro conflicto identitario con la mala conciencia de quien contempla su propio ombligo, con la culpabilidad que produce sentirse anclado a cuatro hayas mientras es en el mundo donde se debaten las auténticas tragedias. Los problemas globales se nos muestran profundamente vinculados al reconocimiento de las identidades y a sus heridas. Nuestra aparente debilidad puede convertirse en aportación a un mundo que se agrieta y que busca una nueva configuración. Una resolución humana y enriquecedora de nuestro conflicto identitario podría constituir una experiencia exitosa en la que otros también se reconocieran. Tenemos una responsabilidad ante el mundo. Europa se lo repite una y otra vez.
El relato de nuestras identidades: aceptación, reconocimiento y representación "Hacia 1980, ese hombre habría proclamado con orgullo y sin reservas: "¡Soy yugoslavo!"; preguntado un poco después, habría concretado que vivía en la República Federal de Bosnia-Herzegovina y que venía, por cierto, de una familia de tradición musulmana."
El trabajo que hemos llevado a cabo con nuestros relatos de identidad ha ido transcurriendo por tres momentos: la aceptación, el reconocimiento y la representación. Los describimos con la prudencia de quien expone una experiencia particular, pero también con la convicción de que pueden orientar a las personas que emprendan el mismo itinerario.
a) La aceptación
Dice Amin Maalouf que, a veces, las palabras que resultan más claras son las que más engañan. 'Identidad' parece ser una de ellas. "Todos creemos que sabemos lo que significa y seguimos fiándonos de ella incluso cuando, insidiosamente, empieza a significar lo contrario"[4]. En el punto de partida de Identidades asesinas -a cuya lectura animamos con una serie de orientaciones en este cuaderno de trabajo- Maalouf nos refiere una imagen familiar: el documento de 'identidad'. En él figura nuestro nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento, fotografía, firma y, a veces, la huella dactilar: toda una serie de indicaciones que demuestran, sin posibilidad de error, que el titular del documento es tal individuo y que no hay, entre los miles de millones de seres humanos, ningún otro con el que pueda confundirse. Mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico a ninguna otra persona.
La identidad va constituyéndose por infinidad de pertenencias: la nación o grupo étnico y lingüístico, la tradición religiosa, la adscripción política, la familia, la profesión, el ámbito social... La lista resulta casi infinita y puede acabar abarcando el equipo deportivo del barrio, o el grupo humano con el que se comparten preferencias o dificultades. Aunque todos estos elementos caractericen a un gran número de individuos, nunca se da la misma combinación en dos personas distintas, y aquí es justamente donde radica la riqueza de cada una de ellas.
Pero conviene resaltar un hecho importante: entre todas estas pertenencias, algunas tienden a ponerse en primer lugar, y se resaltan socialmente de manera tan primordial, que podemos acabar percibiéndolas como nuestra "identidad"... Puede ser la confesión religiosa, la clase social, la nación... Una mirada panorámica sobre la historia de la humanidad confirma el mecanismo. Parece ser, además, que la amenaza agudiza el componente aglutinador de alguno de estos rasgos identitarios. Merece la pena recoger uno de los ejemplos con los que Maalouf hilvana la reflexión:
Situémonos en la ciudad de Sarajevo; fijémonos en un hombre de la calle, de unos cincuenta y tantos años; hagamos mentalmente la encuesta que el autor nos propone:
"Si lo hubiéramos vuelto a ver doce años después, en plena guerra, habría contestado de manera espontánea y enérgica: "¡Soy musulmán!" Es posible que se hubiera dejado crecer la barba reglamentaria. Habría añadido enseguida que era bosnio, y no habría puesto buena cara si le hubiésemos recordado que no hacía mucho que afirmaba orgulloso que era yugoslavo."
"Hoy, preguntado en la calle, nos diría en primer lugar que es bosnio, y después musulmán; justo en ese momento iba a la mezquita, añade, y quiere decir también que su país forma parte de Europa... ¿Cómo querrá definirse nuestro personaje cuando lo volvamos a ver en ese mismo sitio dentro de veinte años? ¿Cuál de sus pertenencias pondrá en primer lugar? ¿Será europeo, musulmán, bosnio...? ¿Otra cosa? ¿Balcánico tal vez?"
"No me atrevo a hacer un pronóstico. Todos esos elementos forman parte efectivamente de su identidad. Nació en una familia musulmana; por su lengua pertenece a los eslavos meridionales, que no hace mucho que se agruparon en un mismo Estado y que hoy vuelven a estar separados; vive en una tierra que fue en un tiempo otomana y en otro austriaca, y que participó en las grandes tragedias de la historia europea. Según las épocas, una u otra de sus pertenencias se "hinchó", si es que puede decirse así, hasta ocultar todas las demás y confundirse con su identidad entera. A lo largo de su vida le habrían contado todo tipo de patrañas. Que era proletario, y nada más. Que era yusgoeslavo, y nada más. Y, más recientemente, que era musulmán y nada más; hasta es posible que le hayan hecho creer, durante unos difíciles meses, ¡que tenía más cosas en común con los habitantes de Kabul que con los de Trieste!"[5]
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Las páginas de este ensayo nos han estimulado y aportado el modelo con el que elaborar el relato de nuestras identidades. Y ha sido un ejercicio de aceptación. Las pertenencias que parecían más determinantes han ido dejando paso a otros matices: herencias, elecciones, adquisiciones... Hemos reconocido, en algunos momentos, cómo la amenaza y la incomprensión han podido agudizar ciertos rasgos y amortiguar otros. Una búsqueda que hemos compartido, acogiendo la complejidad de nuestra historia y su dinamismo. |
entre todas estas pertenencias, algunas tienden a ponerse en primer lugar, y se resaltan de tal manera, que podemos acabar percibiéndolas como nuestra "identidad"... |
Es, quizás, la misma búsqueda de David, el personaje de Bernardo Atxaga en Soinujolearen Semea, cuando vuelve su mirada sobre el Gordeleku de la casa familiar, el viejo escondrijo construido en las guerras carlistas, que acogió a los perseguidos por la guerra civil, refugió a David cuando no quiso formar parte del homenaje franquista, y acabó sirviendo a los primeros comandos de ETA y utilizándose, al final, como zulo en sus secuestros. Un mismo lugar, un mismo espacio que condensa sus mejores sueños y sus peores pesadillas.
Parece que hay que comenzar por este ejercicio de aceptación.
b) El reconocimiento
Hablábamos de nuestra sorpresa al comprobar cómo se desvanecía la rigidez, tan presente en el diálogo ideológico, cuando escuchábamos los relatos de identidad de los miembros del grupo. No estábamos debatiendo; no resultaba fácil echar mano de los propios recursos dialécticos para pasar a contestar, con la adecuada educación, la tesis que no estábamos dispuestos a aceptar.
La persona que teníamos delante estaba transmitiendo experiencias personales, muchas veces ligadas a la familia y a vínculos profundamente afectivos; las palabras eran las que eran y las historias nos llevaban por sus propias sendas. Por muy distintos que hubieran sido nuestros recuerdos, nos quedábamos sin palabras.
Y el silencio era ya reconocimiento. Inicialmente, al menos, se paralizaba el automatismo de nuestra susceptibilidad ante la connotación de las expresiones. En algún momento "mágico" -los educadores sabemos que existen- fue posible que el sonido de ciertas palabras provocara un nuevo eco.
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Alguien llegó a decir que escuchaba por primera vez la palabra "España" sin sentir que se reabrían sus heridas. Acababa de hablar una persona que había relatado al grupo las conversaciones que de niño mantenía con su abuelo: había recibido una historia trágica de España, teñida de ilusiones y fracasos, una herencia que se había hecho propia, en la adolescencia, con los autores del 98 y buenas dosis de poesía social y música de Paco Ibañez... Reclamaba una "España" más allá del recuerdo del franquismo. Quien habló primero y quien habló después tuvieron una experiencia de reconocimiento. |
En algún momento "mágico" -los educadores sabemos que existen- fue posible que el sonido de ciertas palabras provocara un nuevo eco |
En otra ocasión, alguien que habitualmente se expresaba en castellano en las sesiones sintió la necesidad de comenzar a comunicarse en euskera, aunque viera limitada su capacidad de participación. Había escuchado a una persona relatar el menosprecio recibido por hablar en una lengua que había configurado el paisaje completo de su infancia. Ante aquellas palabras, comenzar a comunicarse en euskera era el único modo de acercarse a sus heridas.
c) La representación
Silencio y, quizás, un gesto de acercamiento ante las palabras recién escuchadas. Política de sentimientos, política del reconocimiento... Aquí nos hemos quedado. Sin embargo, algunas preguntas nos siguen acompañando: ¿No será necesario construir nuevas palabras que representen mejor la diversidad y la aceptación que hemos experimentado? ¿Podremos seguir manteniendo, sin cierta vergüenza, los mismos términos y las mismas parálisis mentales cuando intentemos otra vez dar cuenta de nuestra realidad y nuestra historia?
Estas preguntas cierran la presentación de nuestro cuaderno. Sabemos que una nueva representación de lo que somos tendrá que nacer de todas las sensibilidades que en este país habitan fragmentadas.
El bertsolari Jon Sarasua, en su invitación a abordar nuestra diversidad desde una ética "ecológica" -una ética del cuidado de lo que existe y es- nos propone un camino y lanza el tema:
"...etika honetatik, euskararen alde egotea, gazteleraren alde egotea da, euskara maitatzea gaztelera maitatzea da. Hizkuntzak ez dira, elkarren kontra dauden elementuak."
"... desde esta ética, estar a favor del euskara es estar a favor del castellano, amar el euskara es amar el castellano. Las lenguas no tienen por qué vivir enfrentadas".[6]
Tendremos que buscar nuevas palabras.
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Centro Social Ignacio Ellacuría |
[2] Xabier Etxeberria, Conflicto en el País Vasco y comunidad eclesial, ponencia inédita.
[3] Imanol Zubero, De la pluralidad al pluralismo, Bake Hitzak nº51.
[4] Amin Maalouf, op.cit. pp. 19-20.
[5] Ibid, p. 23.
[6] Jon Sarasua, Kulturaren zurrunbiloan, en Euskalgintza sindikalgintzan txertatu, Manu Robles-Arangiz Institutua, Dokumentuak nº3, Abril de 2003.
