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Juan Antonio Guerrero y Daniel Izuzquiza |
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Un profesor de antropología filosófica –Juan Antonio Guerrero– y un educador de educadores de menores en riesgo en el Pozo del Tío Raimundo –Daniel Izuzquiza–, ambos compañeros jesuitas, han colaborado en la elaboración de esta obra dedicada a la exclusión social.
La tesis central sobre la que construyen todo el discurso no puede sino considerarse un acierto que señala la línea argumentativa del volumen:
la exclusión social no sólo atañe a los excluidos, sino que afecta al conjunto de toda la sociedad. Decididamente nos indican que el problema es de todos y no sólo de las personas así consideradas “excluidas”, si bien son ellas quienes sufren las peores consecuencias de una sociedad que calificarán de enferma.Los dos primeros capítulos están dedicados a describir el perfil de la exclusión en nuestros días. Abundan los cuadros explicativos y la claridad en la exposición. Llegan a afirmar que hemos pasado de la discriminación de determinados colectivos, a su segregación. Definitivamente, hay “personas que sobran”. Ya no se trata de explotación, sino de exclusión. Y señalan algunos personajes-tipo que frecuentan este estado: los que no tienen nada que hacer, como los parados, los que no son nadie, como los yonkis, y los que no tienen a nadie, como los sin techo. Seres humanos entre los que se mezclan quienes teniendo trabajo carecen de papeles, como los inmigrantes, quienes habiendo sido alguien son desestimados en la actualidad, como los ancianos, y quienes cuentan con su gente pero se encuentran en los aledaños de una sociedad selectiva, como los gitanos. Ambos capítulos están escritos con cuidado y cariño, con profundidad y concisión.
A continuación critican determinados modos de ayuda por contraproducentes, aludiendo a la compasión y la solidaridad para reconocer en ellas un modo adecuado de reconocimiento y acompañamiento de las personas excluidas. E introducen también una interesante consideración de las “necesidades” humanas, siempre crecientes, sobre las que se precisa un debate social serio, pues de otro modo, el mundo se convertiría en insostenible. También aluden a la educación como un intento insuficiente de responder al problema, pues conduce a querer resolver la cuestión desde fuera, sin plantearnos nuestro modo de vida: “Es bastante sospechoso querer cambiar el mundo sin moverse uno mismo, plantearse soluciones y lanzarse a la actividad humana como si el problema fuera de otros... El problema está en nuestra forma de vida enferma y nos afecta a todos”.
En los siguientes capítulos nos obligarán a reflexionar acerca de los presupuestos sobre los que se asienta nuestro modo de vida. Criticarán el error antropológico del sistema liberal, que se basa en la satisfacción de las necesidades –siempre subjetivas e insaciables–, y señalarán la insuficiencia del discurso conservador, del socialdemócrata, del neoliberal y el de los Nuevos Movimientos Sociales. Hablarán por fin de una esclavitud económica de la que no podemos salir.
A pesar de ello invitan a pensar que otro mundo es posible, señalando algunas vías, como la ciudadanía inclusiva, las comunidades de solidaridad y el cultivo de los terceros lugares, espacios inclusivos, hogares fuera del hogar, de intercambio de intimidades, de vinculación y sentido de pertenencia.
Libro claro, que invita a pensar sobre nuestro modo común de vida y que centra el problema de la exclusión en sus raíces antropológicas sin considerarlo como una cuestión en sí misma que necesitara exclusivamente de respuestas asistenciales o de ingeniería social.
Sin embargo,
se echa en falta una cierta esperanza en el análisis. Son demasiadas las tendencias descalificadas y las vías cortadas, pero todas ellas probablemente posean intuiciones positivas, si bien cuenten con límites. Se agradecería un ejercicio de rescate de lo que de bueno tienen tantas concepciones de nuestra actual sociedad, pues probablemente en su trasfondo se aprecien señales de cambio y nuevos puntos de partida. La mucha crítica desmotiva y desmoviliza. Si la novedad y el futuro no alienta ya en el presente, difícilmente podrá abrirse nunca camino
