Xabier Etxeberria: Sociedades multiculturales

Xabier Etxeberria
Sociedades multiculturales

Ed. Mensajero, Colección Alternativas
Bilbao, 2004









Sociedades multiculturales parte del dato de nuestra diversidad: el ser humano ha evolucionado en múltiples culturas diferenciadas y, querámoslo o no, la multiculturalidad define un rasgo constitutivo de nuestra humanidad. Para el autor, el hecho de nuestra ‘tribalidad’ –la pertenencia comunitaria que nos constituye– no es identificable al ‘tribalismo’ –la afirmación excluyente de nuestra identidad–. Como toda realidad humana está sometida a la ambivalencia de los riesgos y las posibilidades. Desde esta perspectiva ética, Xabier Etxeberria apuesta por la potenciación de su riqueza, y aborda una clarificación de nuestros derechos y deberes ante el fenómeno de las sociedades multiculturales.

Enmarcada en una colección divulgativa y dirigida a un público no especializado, esta obra consigue de manera loable un importante objetivo: ofrecer un mapa claro y ordenado de prácticamente todas las cuestiones relacionadas con la multiculturalidad y la reafirmación identitaria que nuestro momento histórico está viviendo. El ensayo vertebra tres grandes temáticas:

  1. Apoyándose en los resultados de las ciencias sociales, analiza los conceptos de identidad y cultura y aborda las relaciones entre las diversas culturas. A partir de las posibilidades que de hecho se han establecido históricamente y continúan estableciéndose, el autor lleva a cabo una evaluación de las estrategias político-sociales que generan o fomentan tales relaciones.  
  2. La descripción del hecho de la multiculturalidad y sus problemas nos abre a la reflexión ética. El análisis sobre los derechos y deberes que se derivan de nuestra igualdad en dignidad da paso al complejo problema de la justicia transcultural –los derechos humanos necesarios, pero concebidos también como expresión cultural particular que se despliega histórica y dialécticamente–.
  3. La reflexión sobre los princicipios se aplica a las realidades multiculturales que estamos viviendo: las sociedades plurinacionales, las sociedades pluriétnicas y con inmigración y las sociedades (post)coloniales. Diversas situaciones que requieren también respuestas diversas.

Incluso aquellas personas que hayan realizado ya un esfuerzo de lectura y reflexión, encontrarán en la obra una valiosa ubicación de los problemas y un pensamiento matizado que ofrece con honestidad intelectual una respuesta serena y razonada. Sintetizar esta mirada panorámica con la argumentación de las propias convicciones resulta un logro muy estimable en un ensayo de apenas ciento cuarenta páginas.  

Es probable que este esfuerzo de condensación obligue a una lectura atenta y reposada. Pero aquí radica su valor. Pensamos en todos aquellos educadores que se enfrentan diariamente a las dudas y percepciones distorsionadas de sus alumnos, en quienes sentimos una responsabilidad de sensibilización, en quienes quisiéramos, en fin, disponer de una respuesta esperanzadora ante una realidad que se nos muestra más como conflicto que como posibilidad de humanización.

Nuestro cuaderno de trabajo El bosque genealógico: la aceptación de nuestra diversidad  propone este ensayo como una buena oportunidad para la formación personal y la reflexión compartida. Como orientación para esta tarea, destacamos tres tesis que nos han resultado especialmente estimulantes:

1. Identidades y culturas: la apuesta por identificaciones complejas

La antropología cultural actual parece concluir que las culturas resultan inconmensurables: no es posible establecer jerarquizaciones valorativas. Las diferencias más profundas se producen en el nivel simbólico –la concepción de la realidad y el valor de la propia existencia–. Por otra parte, las culturas no son estáticas, sino que transcurren históricamente. Este dinamismo cultural puede ser provocado por el disenso interno o por la relación con otras culturas.

Socializarnos en una cultura permite que lleguemos a ser lo que somos. En nuestro proceso de personalización necesitamos el sentido de la realidad, los valores y el referente de identidad que nuestra comunidad cultural nos aporta.

Sin embargo, la valoración de la riqueza acumulada en el devenir de una comunidad no tiene por qué llevar a negar la relación creativa que puede darse entre las culturas. No tiene que abocarnos necesariamente a una concepción “esencialista” que protege la propia cultura como depósito que debe ser a toda costa preservado. Es posible una concepción “procesual” en la que los individuos recreamos constantemente nuestra realidad cultural, una recreación que puede ser liberadora hacia el interior y solidaria hacia el resto de comunidades. Esta concepción “procesual” acoge el aprecio por la herencia que nos constituye y, a la vez, la capacidad de los individuos de apertura y creatividad.

Se trataría de no vivir tanto “identidades” sino “identificaciones”. Estas “identificaciones complejas” amplían el horizonte de nuestro crecimiento humano, y al establecer lazos más abiertos –por nuestra realidad profesional, aficiones, intereses o causas sociales– nos ponen en contacto con otras pertenencias etnoculturales. Las personas con identificaciones complejas resultan las más adecuadas para potenciar el interculturalismo.

2. El valor del reconocimiento

La historia de la relación entre las culturas desvela que un mal reconocimiento de la identidad cultural acaba siendo interiorizado, y produce heridas que, aunque puedan tardar en aparecer, acaban por manifestarse. Muchas de las personas que asumieron “voluntariamente” la cultura dominante en los procesos de asimilación buscaban una identificación con los rasgos que socialmente eran reconocidos. Hicieron suya la cultura dominante, no por un acto autocrítico con la propia tradición, sino por la necesidad básica humana de sentirse reconocidos.

Hoy en día entendemos la dignidad de la persona como sujeto de autonomía y capacidad de construirse a sí misma. Pero esta construcción no puede llevarse a cabo en el vacío: necesitamos el mundo de elecciones significativas que nuestra cultura ofrece y sobre las que podemos ejercer nuestra libertad. La autonomía personal es, así, necesariamente contextual.

Nuestro deber hacia la autonomía personal se convierte, de este modo, en deber hacia el reconocimiento de las pertenencias culturales. Este deber de reconocimiento tiene que conjugar las necesarias “protecciones externas” –la autonomía de los grupos culturales con respecto al exterior para preservar su supervivencia y posibilitar su desarrollo–, con las “restricciones internas” –la garantía de la libertad de todos los miembros del grupo cultural y su derecho a la disidencia– .

El reconocimiento constituye un claro deber moral para construir la identidad cultural como dignidad. Entre nosotros, resulta también urgente esta “política de reconocimiento”.

3. Posibilidades del plurinacionalismo

El pensamiento del autor se sitúa entre dos posiciones que considera insuficientes:

  • Negación del plurinacionalismo. Tras la colonización, los únicos sujetos del derecho de autodeterminación son las naciones-estado existentes. Las pretensiones soberanistas de las minorías no encuentran un camino legal en el derecho internacional. Sus aspiraciones pueden orientarse tan sólo a la conquista de mayores cotas de autogobierno. Este planteamiento, si se contempla con la suficiente perspectiva histórica, acaba premiando a las naciones y culturas que han afirmado fácticamente su soberanía. 
  • El Estado postnacional. Lo nacional se percibe como peligro para el desarrollo de la ciudadanía y se reserva al ámbito privado de la sociedad civil. En la propuesta de Habermas, la cultura política común se vertebraría en torno al procedimentalismo democrático y los derechos humanos plasmados en la Constitución. En este espacio compartido, todas las subculturas convivirían en pie de igualdad y su reproducción pasaría a depender de la voluntad de sus componentes. Sólo de esta manera podríamos avanzar hacia una comunidad mundial. Reconociendo el esfuerzo universalista de la propuesta, este enfoque no tiene en cuenta la historia de asimetrías en la que se han desarrollado las culturas nacionales: algunas lenguas y pertenencias han recibido el impulso y la legitimación del sistema escolar, la administración y el prestigio social; otras, en cambio, han resultado invisibilizadas.   

El autor defiende el derecho de autodeterminación por razones de principio, y no sólo remediales –es decir, en circunstancias donde la opresión evidente de otra cultura no permitiera otro remedio–. Pero exhorta a que se ejerza este derecho de forma cofederal y teniendo en cuenta el protagonismo equitativo de las naciones implicadas. Se abriría así un camino que reconocería los procesos históricos que algunas minorías han asimilado como agravio y falta de reconocimiento, pero que, a la vez, permitiría avanzar hacia soberanías compartidas tan necesarias en el contexto de la globalización.


Es una iniciativa de la Provincia de Loyola de la Compañía de Jesús en colaboración con CVX Bilbao y la Compañía de María
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